New adventures in lo-fi

¡He recuperado la rueda de mi bici!

Lo cierto es que el día que me la robaron –me di cuenta a la hora de desayunar–, cuando fui a buscar los restos de la bici al salir del trabajo, me encontré clavada en el muñón delantero una nota de la Guardia Urbana. Bueno, debía ser de la Urbana, aunque solamente decía: “Rueda robada (buena observación), pregunta en la Guardia Urbana del Eixample. Yo no tenía ni idea de dónde estaba ese cuartel, así que llamé a un teléfono de información (010). Me dieron una dirección (Rocafort con Gran Vía), y como estaba algo lejos, y tenía el Decathlon al lado, fui primero a este último, a ver cuánto me costaría la broma. La broma serían 10 euros por la cubierta + 20 por la llanta + 8 por la cámara y una cinta para pegarla + 10 de mano de obra. 58 euros contra los 75 que costó el trasto. Me dijeron que la tendrían arreglada a las 9 de la noche y, como tenía dos horas, decidí dejarla allá, e ir al cuartel de los pitufos. Si había suerte (yo lo dudaba), y me devolvían la rueda, me daría tiempo a decirles a los decathletas que no hacía falta reparar nada.

Pero la dirección aquélla, Rocafort-Gran Vía, efectivamente daba cobijo a seres uniformados, pero no con gorra azul, sinó con barretina de Mossos de Esquadra. Y los mossos sí estaban bien informados, y me dijeron que el cuartel de los urbano está en la calle Nàpols, cerca de la estación de Francia, de l’Arc de Triomf, y de unas cuantas tiendas friquis.

Esto pasó el viernes. Hoy he ido a trabjar en bicicleta, llegando algo tarde porque, como me desperté con tiempo de sobra, dejé que éste corriera demasiado. Pero normas son normas, y tenía que ir en bici. Esta vez pregunté al guardia de seguridad, que si podía meter la bici adentro. Me dijo que vale, si pasaba por el detector de metales (trabajo en el institut català de la salut), y no pitaba, sí que podía… Así que parece que el “segurata” es coleguita, y mi “biciclata” estará segurita a mi vera, debajo del ordenador.

Pues eso, al salir de la feina me dirigí, perdiéndome un poco como es de rigor, al Arco ése y, preguntando, encontré la calle Nápoles y el cuartel. Até la bicicleta plegándola antes, para asegurar las dos ruedas, el cuadro y el sillín, y pasé a enseñar la nota a un guardia de recepción. Después de mirarla con cara rara, y consultar con nosecuantos policidas, me enseñaron una “reconose ustesta rueda” (perdón, estoy leyendo cómics de Makinavaja). Yo la reconocí, más o menos por la medida, y la forma –no sé, todas las ruedas me parecen iguales–, pero como estaba precintada (es genial, nunca había visto una rueda precintada), tenía que volver a discutirlo con el pueblo barrufet, hasta que decidió que tenía dejarle mi DNI, y firmar una especie de albarán de entrega. En fin, que tenía una bicicleta con tres ruedas, y había tirado el dinero…

Y ahora el problema era volver a casa con una bicicleta de tres ruedas. Si no hubiera salido tan tarde, me habría llevado una cuerda, para atarla de alguna manera, pero sin cuerda, lo único que se me ocurrió fue encajarla entre mi mochila y mi espalda, estirando al máximo las cintas. En fin, que parecía una especie de Follet Tortuga en bicicleta que, en el momento en que se disponía a partir, se encontró con alguien que hacía cinco años que no veía.

Después de despedirme, y los yaquedaremos de rigor, aproveché que estaba donde estaba, para ir a la tienda Gigamesh, a mirar los saldos de libros de las editoriales Minotauro y La factoría de ideas/Puzzle. Por el camino me di cuenta de que el eje de la rueda me iba a destrozar la espalda, y que tendría que inventar otra cosa. Acabé comprando tres libros :”El sueño de la razón” de Juan Miguel Aguilera, “Elemental, querido Chaplin” de Rafael Marín y “La estación de la calle Perdido” de China Miéville. De éste último tengo la segunda parte por leer, también de otro saldo, tacaño que soy; y casi compro también “En un lugar del tiempo”, de Richard Matheson, pero no llevaba mucho dinero, y casi que mejor otro día que no lleve la concha a cuestas.

Para poder volver a casa con la espalda en condiciones (el final de la espalda, ya sé que hasta que no se acostumbre, seguiré sufriéndolo) , me metí un tuperware entre la chaqueta y la camiseta, de modo que el pincho del eje quedaba dentro, más o menos, del envase, y hala, a consolar a Ari, preparar una cena instantánea a las tantas, y encontrar esas ondas de algún vecino altruista que me ha permitido escribir este post.

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