De cómo me hice amigo del portero

Como el programa EcoPerfect de la lavadora tarda un huevo, voy a escribir un rato.
Siempre me he llevado bien con porteros, recepcionistas y personal de limpieza de los sitios donde he trabajado. Supongo que por motivos familiares y, bueno, porque normalmente hacían un trabajo más necesario que el mío. Me dan mucha rabia la gente que se indigna porque la señora de la limpieza le ha movido un papel de sitio, o le ha desconectado una pantalla, ¡porque ha estado limpiando! Yo soy un acumulador natural de trastos, útiles o no, y uno no puede pretender que los que se encargan de que la mierda no se nos coma los vuelvan a dejar como estaban. En esta mi (ya no tan) nueva empresa, al firmar el contrato, tuve que firmar unos cuantos papeles más, conforme no me podía instalar el eMule en el PC, que tenía derecho a una tarjeta para comer fuera sujeta a nosecuantasmil reglas y, precisamente, que mi mesa debía estar impoluta, sin ningún papel a la vista.

Y ya llevo casi mes y medio aquí. En el proceso de selección más largo de mi vida tuve que hacer tres entrevistas, la primera, que me dio la impresión de que fue un desastre, con una empresa externa de cazadores de cabezas. La tercera con el jefe de departamento. Pero la que nos…, bueno, la que me interesa es la segunda. Como entonces estaba trabajando en Sant Cugat, bueno, y porque me lo propusieron ellos, la entrevista era a las seis y media de la mañana. Buena hora para tener a un entrevistador contento, y más si, por culpa de calcular mal el tiempo de trayecto, llegas un poco tarde y despeinado. Lo de despeinado no es culpa del metro, es de la autodeterminación de mi pelo y de la lasitud de mi gobierno sobre él. Lo bueno de llegar tarde (tampoco fue tan tarde, 10 minutos, creo) es que llegas corriendo y despejado, y preguntas al portero, rápido, donde está mi futura empresa. El portero dice que es la primera planta, me hace subir a un ascensor que daría para un post entero, y me avisa que a esa hora no va a haber nadie. Y, efectivamente, después de estar un buen rato tocando el timbre: no hay nadie. Intento llamar al cazador de cabezas, pero tampoco me contesta. Por suerte, los lavabos están fuera de las oficinas, así al menos la visita serviría para algo. ¡Pos mu bien! Le mando un SMS al jíbaro diciendo que no hay naide y bajo por las escaleras. El portero, muy amable, se pone a charlar conmigo, hasta que cae en la cuenta de que la empresa tiene oficinas en dos plantas –más tarde, releyendo un email, vería que estaba muy bien especificado que la entrevista era en la cuarta planta. Me tranquiliza diciéndome que les diría a mis futuros que era culpa suya, que me había indicado mal, y que yo había llegado absolutamente puntual.

Al acabar la entrevista y salir (tardísimo) para Sant Cugat, el buen señor de la entrada me dijo que tranquilo, que el puesto era mío, que nos volveríamos a ver. Yo seré de ciencias, pero siempre creo en estas señales, estos gestos. Así que, gracias señor portero por hacer que me contraten. A ver cuánto duramos por aquí, saludándonos cada día con una sonrisa.
Qué bonito…

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