Sueño de una noche de fin de verano

Después del trabajo, debe ser viernes, he quedado con una conocida para ir a ver “algo” en el centro de Barcelona. Salgo del curro, salgo del metro y voy caminando al punto de encuentro que, por lo que recuerdo, debería estar entre Plaça Catalunya y Barceloneta. Allá está ella, nos saludamos y me dice que no ha llegado nadie más. No sé muy bien quién más iba a venir, pero ya se ocupa ella de llamar por teléfono. Cuando cuelga, resuelve que hay que reunirse con el grupo, para lo que hay que volver a tomar el metro.

Bajamos a la estación y, cuando ella valida su billete, me doy cuenta de que la mía no tiene viajes. Tengo que ir a comprar otra pero ella (por algo he dicho que es conocida y no amiga) ya no está, ha seguido adelante. Ahora la cosa se complica… Cuando voy a picar la tarjeta, una chica se monta en mi espalda, por lo que tengo que coger a mi gata, que parece que había estado ahí todo el tiempo. Intento hablar con la chica para que se baje, pero no me hace caso. Al final, decido que seguramente solo quiere colarse, así que pico y, efectivamente, se baja de mi chepa para hacer transbordo y desaparece. Lo malo es que mi gata también decide bajarse y salir corriendo.

La persigo por los pasillos hasta que llego al andén y veo cómo baja a la vía (¡si está prohibido!). Bajo yo también y tengo que sacar el móvil para alumbrarme. Por alguna razón de la lógica de los sueños hay muy poca luz. Pero no encuentro a Ari. Un tren está a punto de pasar por encima de mí, consigo llegar al andén por los pelos, perdiendo el móvil en el salto.

¡Vale! Ahora tengo que bajar a buscar a la señora y al móvil y no puedo avisar a nadie. Para colmo, la oscuridad reina en el andén, y solo puedo ver a la Arare, que parece pasárselo bien paseando por las vías, cuando pasa algún tren o metro. Ahora me doy cuenta de que estoy en Plaça Catalunya, porque pasan los dos medios de transporte continuamente y a veces por la misma vía, a veces en sentido opuesto. Cuando dejan de pasar trenes y, milagro, se hace la luz, veo que un chico intenta bajar a la vía para coger ¡mi móvil!. Soy más rápido que él, lo recojo y veo que tiene la pantalla rota. Él me dice que no va a funcionar pero yo le demuestro que sí (Mira, ¿ves?). Le pregunto si ha visto a mi gata, porque no la veo por ninguna parte. Como ya no pasan trenes, vuelvo a bajar a la vía, para seguir buscando. Recojo la carcasa del móvil pero de Areta ni rastro. No sé qué hacer, la llamo a gritos, hago ruidos raros, pienso en cómo hacer el ruido de mover un paquete de croquetas de gato marca Hacendado. Pienso muchas cosas, de algunas me avergüenzo. Pienso que si se iba a perder, no merecía la pena haberme gastado 50 euros en vacunarla. Cuando me doy cuenta de lo cabrón que soy por pensar eso, entiendo que estoy soñando y que Ari está a mi lado, durmiendo en una esquina de la cama.

Nota: Ari, Arare, Areta, Ariadna, la señora… todos son nombres de mi gata.

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