Semimaratonaniano-naniano

Ayer se celebró/disputó la primera media maratón de la il·lustre ciutat del Prat (de Llobregat), en la que tuve el placer y la cara dura de participar sin pagar. Esto ya lo había hecho otra vez, en la media de Sitges, pero esa vez mi “disculpa” es que no tenía intención de correrla entera, solamente probar mis fuerzas. Y mis fuerzas demostraron que solo valía para una media mitad de maratón: a partir del kilómetro 11, mis piernas dijeron que no y empezaron a dolerme por todas partes. Podía caminar sin dolor, pero a la que tenía que levantar los dos pies del suelo, las piernas decían que más de 10 km no entran en su contrato.

Esta vez me veía más potente, pero quería estar seguro antes inscribirme. Esperé demasiado y no me enteré de que las inscripciones se cerraban el miércoles. Para autoperdonarme, ese jueves me inscribí a la media de Gavà, que se celebra la semana que viene. Dentro de mi código ético absurdo, esto me permitía participar como delinqüente en la del Prat.
El sol de invierno invitaba a correr. Con bambas nuevas y la barriga llena de chocolate llego en el último minuto a la línea de salida. Parece que no hay mucha gente y todos llevan dorsal. La camiseta de la cursa es bastante feota; me alegro de no haber pagado.

El recorrido de la cursa apenas pasa por la ciudad. Empieza y acaba en el polideportivo, pero no pasa por el centro de la ciudad, así que el calor del público es escaso, solamente los que viven en las urbanizaciones, y los iaios y ciclistas que te encuentras en los huertos de camino al delta del Llobregat. Los animadores siempre son divertidos. Los que te dicen, ánimo, que ya falta poco cuando no has corrido ni dos kilómetros, los niños que chocan la mano a los corredores y luego se la miran con asco, llena de sudor, la gente que intenta cruzar la calle sin comerse a ningún participante… No tengo ni idea de cursas, pero creo que ésta ha estado muy bien organizada, con decenas de voluntarios muy voluntariosos que tenían que explicar a los conductores por dónde tenían que pasar y que animaban casi demasiado. El trazado, ya digo, era un poco soso. La mejor parte, bajar hasta el mar y correr junto a él. Lo peor, los edificios del aeropuerto y los aviones despegando a pocos metros de los atletas. Y el tour final rodeando TOODA la fábrica de cervezas Damm (ya podía haber patrocinado la cursa).

Esta vez, al contrario que en Sitges, intenté correr despacio, sin machacarme, sin mirar el reloj. Las marcas no me importan (“leave no marks) y parece que todo va bien. Pero, poco después de superar el kilómetro catorce, empiezan a volver los dolores en los muslos y los gemelos. Esta vez me paro enseguida y hago una mini-serie de yoga. Son solo unos minutos para estirar las piernas y la columna, descansar y relajarme. Parece que funciona pero, dos kilómetros después vuelvo a estar igual. Me quedan casi 5 km de carrera, caminando con los últimos. Intento hacer como ellos y correr super-despacio, pero mis piernas dicen NO y yo siempre hago caso a mi cuerpo. Llegar a la meta caminando en soledad es una buena cura de humildad, sobretodo entre los gritos de “ánimo campeón” de los voluntarios, que en realidad significan, “acaba de una vez, que me quiero ir a casa ya”. Hice la vuelta a la Damm corriendo y llegué a la pista de atletismo con un tiempo de 2 horas 20 minutos.

Es bonito terminar en un estadio. Si estás en buena forma y no corres forever alone puedes hacer una entrada triunfal con el marcador en la foto. Yo, en cambio, me hice un lío con las vallas para poder tumbarme en el estadio y descansar en la postura del niño. Fui al lavabo y salí justo a tiempo para la entrega de premios. Mi premio fue un bocadillo y un aquarius. ¿Dónde está tu dorsal? Se me ha caído. Sí, seguro… Anda toma. Me comí el bocata mirando como llegaban los últimos, los participantes que más mérito tienen. El penúltimo llegó con un tiempo de 2:40, un abuelo increíblemente fotogénico. Los controladores de chips decían que aun quedaba otro que. Como no llegaba decidí volver al tren, si lo encontraba. Por el camino me encontré con una mujer tan perdida como yo. Bueno, un poco más, porque yo ya había preguntado por la estación.

Esta mujer, brasileña, era una corredora popular profesional. Cargaba con la bolsa del corredor, con su bolso y con la mochila llena de cosas (para mí) raras. Había pasado la semana en el congreso de móviles y la noche anterior de fiesta, pero aun así quiso participar (legalmente). No quiso hablar de marcas, pero se rió bastante de la mía. Me dice que acostumbra a desmayarse en las cursas, corre siempre al máximo y luego se despierta en una ambulancia. Me ofrece medio bocadillo, amenazándome con tirarlo si no lo coge y me enseña la famosa bolsa del corredor. Además de lo que regalan al acabar la carrera (caramelos, crema para las piernas, ¡un litro de leche de cabra!), lleva un montón de geles, caramelos y parafarmacia dopante en general. En una bolsa de ¿grageas? salía la foto de Lance Armstrong. Muy apropiado. En Sitges ya me di cuenta de la gran cantidad de tubitos que los corredores, máquinas de generar residuos, tiraban al suelo. Yo pensaba que eran calmantes musculares, pero parece que la mayoría simplemente son glucosa, chutes de energía. Otros llevan cafeína, gingseng, proteínas, etc. Algunos corredores van con unas extrañas riñoneras llenas de botes y tubitos, sin contar con los cables de los auriculares… MP3, GPS, pulsómetros… Yo intento seguir el ejemplo de Forrest Gump y correr con lo puesto. Es mucho más barato, pero teniendo en cuenta mis dolores, a lo mejor debería invertir en material. Me despido de ella, con el litro de leche de regalo (podría hacer carrera como mendigo sin necesidad de lo triste de pedir) y sin muchas molestias. Creo que el domingo que viene conseguiré correr algún kilómetro más sin pararme.

***Última hora***

Los del Prat han colgado las fotos de la línea de meta en su Picasa. Y parece que el radar tiraba fotos aunque los corredores no llevaran chip.

https://plus.google.com/photos/101570194391727359797/albums/5852460797150948849/5852477240928789154?banner=pwa

Acabo de descubrir que el tiempo límite para hacer una media maratón es de dos horas y media. Así que llegué por los pelos.

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