Día 18 de peregrinaje: Aubrac (Lozère), 29 de junio de 2013

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Yo he jugado a aventuras gráficas. Francesas. Y esta foto me parece sacada del juego Syberia.

Aubrac es, página de desambiguación de la wiki mediante, una meseta, una raza de vacas y una pequeña comuna de Saint-Chély-d’Aubrac. Y, hasta llegar a este pueblo, vacas, niebla y lluvia es todo lo que me ofreció l’Aubrac, una de las etapas más bellas de la voie du Puy.

Abandono el feo gîte d’étape del soso pueblo de Nasbinals cojeando un poco. Aun no lo sabía, pero estaba criando una tendinitis. Antes de salir, aprovecho el aceite de girasol para suavizar mis brazos resecos. Eau de fritanga, pero funciona. Empieza a llover mientras busco las primeras balisses de GR y Nasbinals se funde en blanco a mis espaldas.

Nadie en el camino. A veces van apareciendo cabañas abandonadas y vallas (clôtures), que son las puertas de los prados-cárceles de vacas. Las vacas, sobretodo los toros, impresionan. Reinas del camino, saben que están en su dominio y que son más fuertes que tú, pobre peregrino mojado y renqueante que no es capaz de distinguir su ruta a través de la bruma y los cristales mojados de tus gafas. Resbalé un par de veces y el tobillo me dolía cada vez más. Cuando dejé a las vacas atrás, la abadía de Aubrac se empezó a dibujar entre la niebla.

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Esta abadía, y la orden de hospitaleros fueron creados por un peregrino flamenco. Hay un mural bastante chulo en la iglesia de la abadía que explica la historia de este señor, Adalard d’Eyne. Y en la torre (des anglais) siguen ofreciendo hospitalidad cristiana.

P1000996El antiguo hospital de peregrinos ahora es un hotel-restaurante. Cuando llegué, necesitaba urgentemente tomar algo caliente y secar mis calcetines así que fui directo al restaurante (no había muchos más edificios). No había nadie en la recepción, así que lo rodée, hasta entrar directamente en las cocinas. El hotel estaba cerrado pero la chica se apiadó del pobre peregrino y aceptó prepararme un chocolate y dejarme descansar en el salón.

El salón del hotel me impresionó muchísimo. Yo me instalé en un rincón oscuro, en un sofá viejísimo, con el respaldo (y mi cabeza) apoyados en un retrato enorme de una monja. Mientras, en una mesa también en la penumbra de un flexo, un grupo de gente bastante elegante, de todas las edades, discutían cifras delante de ordenadores portátiles y montones de dosieres. Si se dieron cuenta de que yo estaba a su lado, lo disimularon muy bien.

Estuve bastante rato debajo de la mirada de la monja, descansando y escurriendo en el suelo del hotel mis calcetines, haciendo que mi chocolate durara el máximo posible, mientras el club Bildelberg buscaba la manera más rentable de vender la comuna. No tengo muy claro de qué hablaban, pero daba bastante grima. Cuando volví a la cocina a devolver la taza y pagar el chocolate, se disculparon por estar en medio y siguieron con lo suyo.

Cuando fui a pagar el chocolate, la tercera chica más guapa del camino (según una de tantas listas absurdas que me dedicaba a llevar) ya se había olvidado de mí y de mi taza. No hay muchos peregrinos que se pasen por aquí. ¿No querrás alguna pasta? Me dio algunos crêpes que estaba haciendo y un regalo: una bolsa con un cuarto de kilo de brownie. Cuando salí del hotel en busca de las marcas rojas y blancas el sol ya aparecía entre la niebla. Me comí el brownie como un niño, en dos bocados, llenándome la cara de chocolate.

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