Stuttgart – día 0

La llegada es bastante fácil. Mi maleta no tarda mucho en aparecer, bien reconocible, por la cinta transportadora. Solo con ver los porrazos que le pega la máquina contra las otras maletas y la cinta, me doy cuenta de que sí que hay que tener cuidado con lo que guardamos en ella. En fin, no em barrufen els aeroports.

El enlace con el tren está bastante bien indicado y no es tan caro. En un rato (lo que tardo en comerme mi comida ilegalmente importada) llego a la estación central, Hauptbanhof, una de las primeras palabras que aprendí en alemán, junto con Geschirrspülmaschinenfabrik. La estación es un edificio enorme, monstruoso, parece una cárcel de la edad media, con una torre coronada por el símbolo de Mercedes. No sé qué guardarán ahí dentro.

Lo primero que me llama la atención de lo poco que veo, es que todo está en obras. Grúas, suelo levantado y tubos enormes para inyectar hormigón. En fin, supongo que aquí hay mucho trabajo aunque, como en todas las estaciones que he visto, también hay gente pidiendo. No puedo evitar acordarme de las palabras de un peregrino alemán-argentino, que decía que Alemania acabará también en crisis cuando nadie en Europa pueda comprar los todo lo que se fabrica aquí.

El hotel está, literalmente al lado de la estación. Supongo que por eso es tan caro: siete noches que, mientras mi empresa no me ingrese el diner, pago de mi bolsillo. La habitación no está mal: tiene una mesa cómoda, un buen armario y una ventana que da al Banco Badenwürtenberguiano. Como no tengo nada que hacer salgo a vagabundear con el mapa que me da la recepcionista.

Por lo pronto, en Stuttgart, todo es gigantesco. Incluso en el mapa, los edificios son enormes, muy cuadrados y separados entre sí. No hago mucho caso del nombre de las calles, plazas y monumentos, pero todo parece bastante nuevo. El centro es bastante bonito, muy abierto y peatonal, agradable para pasear o ir en bici. Todo parecería demasiado ordenado sino fuera porque la gente toma las zonas verdes y cualquier espacio abierto para comer y beber. Porque otra cosa no, pero comer salchichas y panecillos y beber vino y cerveza, se puede hacer en cualquier parte. Hay una zona de grandes terrazas, cada una casi idéntica a la otra, todas llenas. Busco alguna tienda de recuerdos pero no, todo es para jalar. Si alguien te regala un colgante con forma de corazón, dale un bocado (al colgante y al del regalo).

Camino mucho y casi sin parar, solamente en las iglesias, sigo siendo un peregrino. Después de la tercera iglesia, decido dejar de entrar en ellas. Los templos son bastante nuevos y (claro) grandes. Por fuera son bastante bonitos y consiguen el milagro de que un edificio de verdad parezca una maqueta. Por dentro, yo diría que son góticos al manera de Batman y su Gotham City. El ayuntamiento también lleva publicidad en su torre, esta vez de Bosch. Camino hacia al sur hasta que me canso y me doy la vuelta para llegar a la plaza donde empieza “lo bonito” (no sé el nombre y me da pereza mirarlo). Justo al otro lado hay un parque bastante guai de nosecuantos kilómetros de largo, con lagos, ruinas, pistas de petanca y ajedrez. Hay mucha gente corriendo y en bici. Recorro el parque hasta que me canso y doy la vuelta para buscar algún sitio para cenar (es domingo). Acabo, como me esperaba, pidiendo un durum de falafel en un Doner Kebab. No es muy caro, y el precio es el mismo en el centro que en las afueras.

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