Stuttgart – día 2

Desayunar en el hotel yogur, bueno kéfir (superbarato), con crispis mola. También mola no tener que comprar billete y usar el de ayer. Se tarda bien en llegar al curro desde mi céntrico hotel, aunque todo apunta a que mi futura casa estará bastante más lejos de la estación central.
Pero, ¿dónde voy a vivir? He enviado bastantes solicitudes, sobretodo en la web wg-gesucht.de, para encontrar una habitación, pero todo el mundo me dice que es muy difícil, la competencia es bestial y los anuncios reciben cientos de respuestas. Resultado: nadie me contesta. También puse un anuncio, pero solamente me han contestado personas con nombre muy raro y descripciones vagas que se nota un huevo que quieren timarme. Cada vez tengo más claro que tendré que irme a un albergue. He pedido ayuda a algunos compañeros y han dicho que intentarán buscarme algo, pero no me prometen nada.

Bueno, segundo día de trabajo. Sigue habiendo poca gente y me dedico a molestar un poco más a mis compañeros para que me ayuden a instalar “la herramienta”. Sigo con mi síndrome políglota, si pienso en alemán se me olvida todo el inglés que sé y acabo hablando francés. Cuando la gente que está a mi lado empieza a discutir y bromear, me siento como si estuviera en un capítulo de Pingu.

Hoy me he traído la comida al trabajo: la ensalada rara de col con espárragos, guisantes y cacahuetes de lata. Los compañeros que no comen parecen buena gente, aunque no hablan mucho. Todos somos muy nuevos.
Cuando consigo que la web funcione más o menos (no del todo) y calculo que he hecho mis ocho horas, me largo. Hoy he decidido volver caminando. Son casi 10 kilómetros, pero necesito despejarme un poco. El camino es complicado porque hay que cruzar las vías del tren y la carretera, y es una zona residencial mezclada con bosque, llena de caminos privados (¡los odio!). Al final acabo usando mi flamante smartphone y me oriento mirando la flechita en google maps. Me siento muy tonto, como un personaje de una peli de ciencia ficción de los 80.

Cuando dejo la carretera, el camino es bastante chulo, una pista forestal con carteles que explican cosas de Stuttgart. Con mi bajo alemán, entiendo que la ciudad está entre dos rampas que forman una especie de túnel de viento, que sopla muy fuerte en invierno. Y que una parte del bosque está levantada para evitar esto. O algo así.

Tardo muchísimo en volver a casa, pero el paseo se agradece. En contra de lo que me han dicho los peregrinos alemanes, Stuttgart es una ciudad bonita y tiene lugares muy agradables. Y la gente aprovecha al máximo lo que queda de verano. El botellón está intitucionalizado y las terrazas de los bares son innecesarias: la gente toma la calle. Por el camino, visito otra iglesia y encuentro un supermercado Rewe. Es la hostia. Tienen productos rarísimos, todo “bio” y, aunque es más caro que el Lidl, tienen precocinados y conservas bastante bien de precio. Y tienen bastantes cosas para vegetarianos, muy bien etiquetadas. Aunque la tónica aquí es meter salchichas en todo.

Por la noche, decido parar de buscar un poco y escribir estos diarios para, otra vez, desahogarme un poco. Me tengo que espabilar pero bien.

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