Stuttgart – día 6. Sábado

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Es ver la conchiglia y empezar a soltar el alma por los poros y agarrarse al suelo para no seguirla. La primera es un aviso un poco tonto: el puente está cortado y los peregrinos tienen que pasar por debajo. La otra ya es definitiva, una señal bien puesta con los rayos apuntando al campo de estrellas.

En fin, esto es Esslingen, un sitio muy turístico que he oencontrado en foros de por ahí. Hoy me he puesto los zapatos de andar y he seguido la ruta que me iba indicando google maps en mi smartphone (los smartphones te vuelven tonto o, al menos, te hacen sentirte así). El camino (13 km creo recordar) no era muy bonito. Subir y bajar escaleras, bloques de casas interminables (caminos privados, grr!) hasta llegar al río Neckar. Cuesta un poco porque todo lo que se sale del centro de Stuttgart no está hecho para los peatones. Carreteras, túneles y vías de tren y tranvía te cortan el paso a cada momento y tienes que buscarte la vida para cruzarlos. Algunas de estas carreteras son verdaderas fronteras entre barrios. En fin, el río… el río una… El río está bien, puedes pasear un poco junto a la fábrica de Mercedes (o algo así). Luego carreteraza (mucho calor) hasta llegar a una zona de viñas bestial, montones de montículos llenos de vides todas muy bien ordenaditas, copy & paste. Y muchos carteles de campaña electoral. Aquí no sé si hay bipartidismo, pero a juzgar por los carteles, está todo muy repartido, y ganarían los Piratas. Un señor del partido de la Merkel me da su propaganda y un boli, aunque yo le digo que no soy de aquí.

Y llegamos a Esslingen, ciudad llena de iglesias y tiendas, con pocos sitios para sentarse y ninguna fuente para beber. Sí, soy un quejica, pero esto es muy importante para los peregrinos. La verdad es que la visita vale la pena, sobretodo en plan turista que quiera jalar, beber y comprar. Sobretodo jalar, se puede ver gente andando y comiendo salchichas a cualquier hora del día. Hablando de comida, en la iglesia que hay debajo del puente de la foto, estaban repartiendo comida a saco, pero a mí no me dieron: había una boda con montones y montones de invitados, africanos francófonos. Yo me siento un poco francés y un poco negro en alemania, pero no, no me invitaron.

Y en fin, a las cinco de la tarde el día ya anuncia su fin, y toca largarse, que el camino es largo. Esta vez voy por el otro lado del Neckar y el camino es casi peor, pero más rápido. Lo más guay que encuentro es el museo del cerdo con su Biergarten (los Biergarten y Weingarten son terrazas de bar normales). No entré, pero lo que encuentro fuera es lo más grotesco que he visto nunca en un museo. Irónicamente, el museo del cerdo está en un barrio musulmán lleno de mujeres con niqab.

Fin del episodio. Hoy es mi último día en el hotel. Mañana toca mudarse al youth hostel carero, espero que no sea por mucho tiempo.

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