Día 15 de peregrinaje: Saugues (Haute Loire), 26 de junio de 2013

Espero no tener problemas con los padres o tutores legales de estos críos por culpa de esta foto. Es la legendaria bestia de Gévaudan, que atacaba (y mataba) a los habitantes de la región en el siglo XVIII. El bicho dio lugar a toda una leyenda de lobos monstruosos y hombres lobo (loups-garous). Yo me acuerdo de su nombre porque es uno de los personajes que podías elegir en el juego de mesa (con video) Atmosfear.

El bicho está a la entrada de Saugues, fin de la segunda etapa de la voie du Puy. Es una etapa un poco más corta que la primera y muchos de los que han empezado y se ven bien físicamente, se flipan y doublent l’étape. Yo llegué aquí con Nikolaus, un señor de Nuremberg de casi 70 años, que empezó a caminar en su casa hace dos o tres años, un trozo cada año. Yo salí un poco tocado de la catedral de Puy y este día abandoné a mis compañeros de camino, Félix y Théo y al ver el monstruo me lié a hablar con un grupo de franceses no-peregrinos y no me supo mal que Nikolaus continuara solo.

En Saugues me compré un par de calcetines de randonneur (bastante caros y no muy buenos), saqué dinero, saludé a un peregrino que conocí en Saint-Privat-d’Allier (Matias o algo así, uno que iba con una chica que estaba buenísima) y decidí continuar. Había un albergue a media etapa.

Enseguida volví a encontrar a Nikolaus, que tenía muchas ganas de hablar en su idioma, aunque yo utilizara el dialecto indio. El tío caminaba casi más rápido que yo, con sus dos bastones, y no dejaba de hablar de su antiguo trabajo, su familia…  además, estaba obsesionado con los tractores, marcas modelos.  Cuando paramos a comer algo, sacó una petaca y me invitó a un tapón de schnapps de albaricoque, alcohol puro, que había destilado él mismo. Esto nos da fuerzas para llegar a La Clauze, un pueblo que no está en la wikipedia pero que tiene una torre bastante imponente que no tengo ni idea para qué sirve. Aquí hay un albergue, pero la gente que vamos encontrando mientras nos acercamos (desde que se ve la torre hasta llegar al pueblo hay un trozo) nos dicen que no va a haber sitio.

Efectivamente, el albergue está lleno. Al bueno de Nikolaus le da igual. Yo, como traductor, también soy responsable de encontrar “algo” y él solo tiene que invitarme a una copa de vino en el albergue. Es un cuchitril, pero la gente es maja. Enseguida vienen dos señoras y, como no hay sitio, se ponen a reservar por teléfono en la aldea siguiente, Villeret d’Apchier. Les pido que reserven para nosotros también. Dicen que vale, pero que el hospitalero vendrá a buscarnos en coche. Nos negamos en redondo. Son 4 kilómetros, vamos andando. Pues no, es muy tarde y vamos a cenar todos juntos. Nikolaus y yo decidimos que al día siguiente volveremos hasta aquí andando y caminaremos los 4 km como Dios manda.

En fin, el buen señor (cabrón!) llega enseguida y nos mete a nosotros y a nuestras mochilas en su coche. No mola nada, ver el paisaje desde el coche le quita el sentido a todo lo que he andado. Y en el albergue todo son prisas, ducharse rápido porque antes de cenar hay que sentarse juntos, charlar, convivialité y eso. Nikolaus y yo somos bichos raros, pero al menos él no tiene que contestar a la habitual lista de pourquois y combiens de los cartesianos fraceses. Me alegro de que haya una chica noruega, para poder hablar un poco inglés y cambiar el chip. Pero no podemos charlar mucho, porque el hospitalero trae una guitarra y unas partituras y hay que cantar “le chant des pèlerins”. Ultreïa y todo eso.

Después de la cena el buen hombre nos lleva de excursión, de noche, para visitar la béate, la casa donde una mujer religiosa pero laica se encargaba de enseñar a los niños del pueblo y más cosas. También nos enseña, con una linterna, una zona de un muro que tiene una historia tan rara que yo entendí tan bien como pudo entenderla la chica noruega.

Antes de dormir, Nikolaus me pide permiso para usar mi teléfono, porque el suyo no tiene cobertura. La cobertura de los teléfonos extranjeros en Francia es una lotería. La llamada a su mujer, para tranquilizarla, dura cinco segundos, literalmente.

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