A place to call home

Al final, el chico de ayer, Shuji era muy majo. Es un japonés que está visitando Europa, ciudad por día, empezando en Copenhage. Me dio una tarjeta con su mail y su facebook y su bandera. Hello, I’m from Japan, dice la tarjeta. Qué mono. Le he envíado una solicitud de amistad. No sé, a lo mejor quería eso.

Los compañeros de hoy no han hablado conmigo. Uno intentaba dormir a las 8 de la tarde y el otro, al menos me ha saludado. Yo le he dicho “hola” porque tiene toda la pinta de ser de mi barrio. O sea, boliviano. Pero creo que solo habla alemán. Es tán fácil ser prejuicioso y de ahí al racismo hay un paso. Al final he salido de la habitación a montar el chiringuito a la recepción del hotel albergue.

Hoy ha venido al trabajo un señor a darnos clases de “la herramienta”. Solo a la venezolana y a mí. Todos le llaman Vincent, pero se llama Vicenç y habla español con acento gironí. La clase ha estado bien y me ha aclarado muchas cosas, pero yo no estaba muy cómodo y no era capaz de seguir las instrucciones. Parece que tanto tiempo sin tocar “eso de los ordenadores” me ha oxidado. O liberado. A veces parece que son los ordenadores los que programan a la gente, obligándoles a actuar siguiendo unos pasos que dictan ellos. En fin, tengo que centrarme. La vena antisistema…

En realidad no estaba nervioso por no entender el ordenador, ni por el teclado alemán, ni por no ver un pijo en la sala del proyector. Hoy he tenido mi primera visita a mi posible futura casa con mis posibles compañeros de piso y casi llego tarde por culpa del Vicenç. El piso es más o menos céntrico (en realidad muy céntrico, teniendo en cuenta cómo es Stuttgart) y está a cinco minutos de la estación del S-Bahn (el tren urbano, una especie de Ferrocates). Aunque la zona no es muy bonita, hay un montón de tiendas, supermercados y restaurantes baratos alrededor y la situación es muy buena, sea dónde sea que me acaben mandando a trabajar, que debería ser Winnenden, aunque ahora voy cada día a Vaihingen. Y el alquiler es baratísimo.

Pero hay peros. Cuando la chica me abre la puerta, ya se ve que la casa es un poco desastre. Y, en mi habitación, por ahora solo hay un colchón. Se puede arreglar, podemos buscar algún mueble o algo, ei! En teoría compartiría piso con dos estudiantas, pero la que lleva los asuntos del piso es la otra, porque ella solo lleva aquí desde agosto. Y, al tantu, que es una pena porque el piso lo van a tirar en noviembre. They’re gonna destroy the building. Y, en ese momento, se me giran los cables y me monto la película. Me quedo aquí, que destruyan la casa donde vives es lo más alucinante que te puede pasar. Es como en la guía del autoestopista galáctico! Para acabar de convencerme, la chica dice que, cuantos más vecinos seamos, más posibilidades tenemos de salvar el piso. Yo le digo que tengo que ver otro piso el jueves (la verdad, vamos) pero que no me importa que la estancia sea temporal. Estoy (estamos) viviendo de manera provisional. Y lo de la colchón en el suelo… El colchón parecía bueno, y en peores sitios he dormido como peregrino. En fin, que ya veremos.

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