Corazón de mudanza

Estos días de cursillos están siendo bastante duros. Por suerte hoy era último. El profesor es bastante bueno y mi compañera muy aplicada. De mí no se podría decir tanto. La teoría la asimilo bastante bien, hago preguntas, guai. Pero para la práctica, mi incapacidad de seguir instrucciones y el ordenador que se niega a responderme hacen que vaya muy lento. Tengo ganas de tener trabajo real, en la oficina parece que nadie tiene nada que hacer e intenta disimular.

Estos días no ando muy fino. El tiempo está cambiando, las horas de sol son muy poquitas y llueve cada dos por tres, a veces tormentas violentas con mucho viento, a veces una llovizna que dura todo el día. Tampoco duermo demasiado bien. En la habitación del albergue solo tengo tres compañeros, nunca los mismos. He intentado hablar con ellos, pero la mayoría ni siquiera devuelven el saludo. (Hecho de menos a mi amigo de Facebook Shuji, aunque me despertara para preguntarme si sabía dónde estaba el Hotel Nosequé de Munic). Todos nos acostamos y nos levantamos a horas diferentes. No me siento cómodo aquí. Así que, como hoy es el último día que he pagado, he decidido llamar a la casa que vi el lunes, para decirles que me quedo con ellas y que me traslado mañana. Aunque nos tiren la casa. Paso al loco de la calle.

Mañana había quedado con otra chica. Ei, no es que solo busque chicas; son las únicas que me responden, incluyendo las que viven en Nigeria y han heredado una casa de su abuela de Stuttgart y no me pueden abrir la puerta pero, si les ingreso algo de dinero… en fin, hay muchos anuncios de éstos. Pues eso, que había quedado con una chica, pero el piso cuesta casi el doble, no está muy bien comunicado y he visto (no me había dado cuenta) que “se puede fumar en toda la casa”. Pos nada, mañana nostrasladamus y a ver qué pasa. Necesito un poco de estabilidad en el trabajo y tener una casa o algo que se le parezca.

Ayer, como tenía el día una mica girat, hice otra expedición después del trabajo. Había visto que había un castillo en medio del bosque no muy lejos (poco más de 10km) de mi empresa, Schloss Solitude. El camino es bastante chulo, atravesando bosques, riachuelos, lagos y carreteras regionales. Una manera como cualquier otra de llenar de barro tus únicos pantalones “limpios”. (Todas mis camisas es la segunda vez que me las pongo. Llevo una diferente cada día, pero eso no quiere decir que las lave. Yo confieso. Cuando llegue a mi nueva casa, voy a poner la segunda lavadora más feliz de mi vida, después de la del camino). Eehh, pues eso, que Stuttgart no será la leche como ciudad, pero está rodeado de bosque, a la vez protegido que cuidado y accesible.

El castillo en cuestión ahora está literalmente vacío y un poco desangelado. Las vistas a la ciudad tampoco son tan bonitas. Desde el albergue también se ve Stuttgart desde el otro lado y, así como en conjunto, es muy fea. Antiguamente, en tiempos del rey (o kaiser, o algo) Ludwig, el castillo debía ser una residencia de verano, con un jardín-laberinto que te cagas para celebrar fiestas y juegos erótico-festivos. Pero parece que la cosa no triunfó mucho…

Fotacas:

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Y yo sigo con mi particular odisea en plan Amélie Poulain para devolver la vida y la humanidad a los cajeros de los supermercados. ANÉCDOTA ESTÚPIDO-ABURRIDA. El otro día se me olvidó poner el trocito de plástico que separa mi compra de la de los otros clientes. Hay que decir que las cajas son larguísimas, con una cinta transportadora que parece una cadena de montaje, y los plastiquillos van montados en un riel, como trenecitos, que el cajero lanza a la otra punta de la caja. Bué, se me olvidó, o pasé un poco, porque los tres compradores solamente teníamos dos cosas cada uno. Psí, super interesante. En fin, que el tío que está delante mío ve que sus dos cosos se acercan a su destino final y, ágil, coloca un palito para separar sus cosas de mis cosas. Pos muy bien. Cuando está pagando, eh… también hay que decir que la zona donde se paga está ya fuera de la caja, para que ela cajer@ pueda escanera los cosos del siguiente cliente. Y date prisa en pagar, y recoger el cambio y meter las cosas donde puedas, mientras se mezclan con las del siguiente cliente que también quiere pagar. En fin, que cuando tocaba escanear mis cosas, mi yogur y mi lata de ravioli se juntaron con los dos paquetes de café del chico que tenía detrás. Y eso que estaban separados como a dos metros. Qué pasa?, es mi blog y escribo lo que quiero. El chico dijo, ¡no! La pobre cajera autómata tuvo que apartar la mirada de su metro cuadrado de caja donde escanea cosas, recoge dinero y busca cambio y recibos y hacer saltar la alarma. Tuvo que venir otra chica de otra caja y reiniciar la máquina. En fin, que si hubiera habido más gente en el súper, me hubieran linchado. FIN DE LA ANÉCDOTA.

Bona diada.

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