Vacaciones eternas (2)

Hoy me he levantado bastante tarde, lo que, en mi caso, significa levantarse después de las ocho. Con mi supermanta azul no he tenido (casi frío). Hoy tengo que ocuparme de recoger y distribuir la ropa (ayer puse una lavadora). El tiempo es muy húmedo y no se seca nada. Le pregunto a la estudiosa (la otra no ha vuelto o se ha ido muy temprano) si les sobran perchas. Me dice que en la lavandería que hay en esta calle venden (pidolaire de m…). Voy para allá, y me doy cuenta de que ya conocía la lavandería, es más, ya me había dado un montón de vueltas por el barrio. Estoy realmente cerca del centro y en la parte que más me mola. Hay muchas iglesias (no sé, es algo que me tranquiliza) evangélicas, católicas y protestantes, o multiusos. Hay tiendas de comida asiática, un supermercado bio con montones de productos para veganos bastante baratos, un bar de portugueses, ochocientos kebabs y bastantes muestras de arte urbano. El barrio tiene estilo. Y la lavandería también. Y, lo mejor es que el tío me regala las perchas (Bugel). Con ellas, puedo colgar la ropa de la persiana para que se seque y luego colgarlas de una plancha de madera que no sé qué es que tengo apoyada en la pared de la habitación. Ya puedo volver a salir a explorar. La chica me pregunta a dónde voy. Keine Ahnung… Ohne Ziel. Viel Spaß!

En principio quería ir a Leidenfeld, así que tiré hacia el sur, pero vi un parque que no conocía. Resultó que era un cementerio (Fangelsbachfriedhof). Amélie (aquí se llamaría Beate o algo así de feo) se dirige al cementerio en busca de un momento de reflexión. En realidad me distraigo buscando el parentesco de los muertos y calculando la media de edad normal para morirse. Es un cementerio muy bien cuidado y con lápidas bastante recientes. Los cementerios me parecen algo del pasado, pero aquí y en Francia están muy al día. Y en ambos países son un buen lugar para llenar la cantimplora de agua. Al lado del cementerio, sí, está la iglesia. Dentro están ensayando, un organista y dos ¿tubistas?

Cuando salgo, me acuerdo de que he leído que hay un mercadillo los sábados en Karlsplatz. Otra vez al Zentrum. Antes me paso por una tienda de bicis usadas. Son bastante caras, pero el tío dice que las revisa a conciencia, que me pase dentro de unas semanas, que tendrá más modelos. Posvale. En la Schlossplatz (ya empiezo a saber cuál es el nombre de los sitios) me paso un rato en la librería, remenant los libros de senderismo alemanes, que son la leche. Hay un montón de rutas diferentes para llegar a Santiago desde toda Alemania. Solo una pasa cerca de Stuttgart, luego puedes elegir entre tirar para Strasburgo u (otra vez) hacia Suiza.

Bué, el mercadillo (Flohmarkt, mercado de pulgas) es igual que cualquier mercadillo que haya conocido. Los friquis, sean informáticos, futboleros o coleccionistas, son iguales en todo el mundo. Las fronteras, razas y culturas no existen. Las bicis aquí son rebaratas, y bastante chulas. Verdaderas reliquias que deben pesar una tonelada y se deben caer a cachos, pero dan ganas de comprar una. Ja vorem…

Y, al lado del mercado de pulgas, está el mercado de comida (Markthalle, como les Halles en Francia). Según un cartel, el edificio modernista es el mercado más bonito de Alemania. Tampoco mata, lo más chulo son las gárgolas del balcón. Bueno, y que tenga balcón. Dentro, todo es bastante pijo y caro, y hay montones de turistas con guía visitándolo (sin comprar nada). Buena parte de los puestos son de “comidas del mundo”. Los españoles (embutidos a saco) estamos al lado de los griegos (yogures, quesos y encurtidos).

Yo quería ir a Leinfelden pero ya he perdido mucho tiempo y, además, llueve todo el rato (por eso me he metido en tantas tiendas e iglesias, coi!). Tirando para el sur, acabo en Degerloch, uno de estos barrios pueblos por donde sube un tren cremallera, muy pintoresco y eso. Intento volver por otro lado de la montaña, me pierdo, más barro y acabo de cabeza en un mini-oktoberfest. O sea, una carpa grande con un escenario y cervezas y salchicas por los dos lados. Me meto ahí de cabeza a por mi medio litro de cerveza. Hay un grupo cantando versiones alemanas de clásicos de rock y un montón de gente vestida con los trajes típicos, algunos bailando en las mesas. Los tíos van muy pasados (uno agarra y arrastra a las chicas y otro me empieza a explicar su vida), muchos llevan una camiseta de sus vacaciones en Mallorca. La verdad es que la birra pega fuerte. No me acuerdo ni qué pedí, bueno, no sé qué pedí porque no se oía nada y pensé que me habían timado, pero no, estaba pagando la fianza del vaso. En la pista y en el escenario todo degenera rápidisimo, con un tío bailando vestido de conejo y el maestro de ceremonias dirigiendo a un coro de hooligans entregadísimos.

La vuelta a casa es complicada porque empieza a anochecer y noto el alcohol en la sangre. En la Marienplatz hay un torneo de petanca donde los participantes pretenden ser franceses (con cascos à la Astérix), beben vino de cartón y se hacen fotos haciendo calvos. Sont fous, ces allemands! Llego a casa, saludo a la chica de clausura y salgo a correr, a ver si evaporo el alcohol. Ceno casi a las 10, algo increíble en la alemania católica.

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