Marcovaldo

Hoy hace un día de puta madre, un sol que debe ser de importación, no tiene nada de alemán. Y hoy, por primera vez en la semana y media que llevo aquí, tengo la casa para mí solo. La verdad es que no he pisado la casa más que para comer, cocinar, leer y dormir. El día que la derriben no creo que me pillen dentro. Aparte de mi situación de turista permanente, también es verdad que a veces estoy incómodo y acabo largándome a correr o a hacer el guiri. Además hoy no estaré solo mucho rato. Una de mis compañeras está de vacaciones y tengo que hacer de hospitalero a otro turista, un vikingo que viene a ocupar su habitación por una semana.

Y hoy, como cada domingo, me he levantado súper tarde (a las nueve, je) y he ido a correr al Schloss Park. Casi siempre voy al mismo sitio, pero siempre encuentro algo nuevo. Y hoy estaba más petado de gente que nunca: los yayos que bailan con una orquesta rockabilly, los friquis del hoola-hop, los polacos que juegan al ajedrez gigante y los que asan salchichas a la parrilla a cualquier hora del día (y de la noche), los de los trajes regionales, los del botellón que dura días, una gente con pamelas que parecía venir de las carreras de Ascott. Y los ciclistas asesinos que van folladísimos por los caminos. Aquí ningún ciclista tiene cojones de pisar la calzada, pero les da igual pasarte rozando a toda hostia.

Aun no estoy del todo recuperado de mi periplo jacobeo y, si corro más de dos días por semana, se me cargan los gemelos, así que hoy he aprovechado para retomar el yoga en el parque y explorarlo un poco, que el otro día me perdí bastante. Hoy he ido a parar al jardín botánico y zoológico. Lo he visto un poco desde el otro lado de la cerca. Puedes visitar el zoo sin pagar simplemente rodeándolo y quizá no te pierdes gran cosa. De todas maneras, no me hace gracia financiar una cárcel de animales. Desde que una vez, con el cole, vi a un gorila haciendo un dibujo con sus excrementos (para después comérselos) en el cristal de su jaula, dejé de verle el sentido (y la gracia) a los zoológicos. Aquí también tienen osos polares que van de un lado a otro, encima de una piedra rodeada de agua.

A la vuelta me pasé, como otras veces, por una caseta donde la gente deja o recoge libros para niños. Siempre que paso por ahí (y no estoy corriendo) les echo un ojo. Hoy no me he podido estar y he cogido uno. En teoría debería haber dejado otro pero… Se trata de “Marcovaldo”, del genial Italo Calvino. He empezado a leer el primer cuento y es bastante jodido, aunque sea una traducción y (supuestamente) literatura infantil. Pero bueno, con el resumen ya me vale. Marcovaldo es un pobre hombre de campo, íntimamente conectado con la naturaleza, que no es capaz de entender la ciudad, sus carteles, semáforos y precios.

He vuelto a casa bastante tarde y he estado vaciando una calabaza (variedad Hokkaido) que compré ayer en Ludwigsburg (esto lo explico luego). Estoy contento de haber encontrado a Marcovaldo, otro hippie colgao. Cuando era pequeño me costaba muy poco hacerme amigo de los personajes de los libros. A ver qué tal con éste, aunque me hable alemán. Al menos el vikingo que vendrá no habla la lengua germánica del sur.

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