Día 50 de peregrinaje: Castro Urdiales (Cantabria) 31 de julio 2013

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(Sí, había fotos más bonitas del pueblo, pero están todas en “google images”. Una bicicleta del bicing con publicidad de “Pescados Adelaida”. Cántabros de pelo crespo, ¡ladrones!)

Viendo anochecer sentado en la puerta del albergue de Castro Urdiales, compartiendo un porro con dos chicos alemanes, uno a cada lado. ¿Están hablando conmigo? ¿Nos entiendes? Sí, sí, natürlich. Solo daría dos caladas, pero ya me valía para entender cualquier cosa y dormirme bien rápido. El albergue estaba lleno y me iba a tocar dormir encima de la mesa. Sí, claro que os entiendo, tú te vas a ir a Marruecos con esa bici de niña, pero has perdido el pasaporte. Y tú, Mika, no sé de dónde has sacado el costo, pero creo que voy a ser tu amigo.

En Castro Urdiales empezó mi odio al camino del norte en Cantabria. Llegué al pueblo destrozado, acompañado de una irlandesa y un japonés de Nueva York que llevaba siempre una camiseta del Barça de Iniesta, a los que me uní al salir de Euskadi, en Ontón, donde nos timaron de mala manera en la única tienda del pueblo (lo dicho, Cántabros ladrones). El camino cántabro, por ahora (y luego veré que casi siempre) no es otra cosa que la carretera de la costa*. Sol de justicia y arcén con vistas al mar.

Castro Urdiales empieza con una urbanización semiabandonada (explicaciones a los guiris de lo que era España y por qué la gente prefiere vivir en apartamentos minúsculos al lado del mar cuando podría tener una casa bien guapa en la montaña) y luego una playa quilométrica. Aquí sufro yo el choque de culturas peregrino-turista. Hay que correrse tres playas para llegar al albergue, en la quinta p*##@ y, para más inri, al lado de la plaza de toros. Y una bonita cola de mochilas esperando a que abran la puerta.

Ese día empezó mi lucha con el camino. Yo, pobre y santo caballero hospitalario contra la burbuja ya petada del turismo salvaje, los peregrinos de vacaciones que no hacían más que (dar por culo) preguntar y pedir explicaciones y consejos, y las carretera de los xxx* que pretende ser “el camino”. (No se han gastado un duro en Cantabria en esos turistas pobres y piojoso que son los peregrinos).

Por suerte en Castro Urdiales encontré a Sidia, uno de los mejores hospitaleros de mi camino en España. Fue un placer hablar con un peregrino auténtico. Y, bueno, gracias también a los alemanes y sus canutos.

* Viendo mapas y webs, y acordándome del japo y la irlandesa y su obsesión por ir rápido, me doy cuenta de que sí que hay un camino que se une y se separa de la carretera. Ésta se podría decir que es un atajo, aunque no siempre estaba claro cuándo la carretera era “el camino” y cuando era simplemente la nacional.

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