Día 28 de peregrinaje: Cahors (Lot) 9 de julio 2013

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Le Pont Valentré. Caminar en solitario te permite crear una conexión espiritual y conocerte mejor a ti mismo… o hacer fotos como un p*** turista.

Salí del albergue, en las afueras de Cahors, muy tarde, porque la noche anterior (día de la tortilla) habíamos estado hablando hasta las tantas y, por la mañana, nos demoramos mucho en despedirnos: reparto de abrazos y direcciones (tengo que comprar un sello y envíar esa postal). Mi idea era ir bastante lejos pero, saliendo a las nueve pasadas, no iba a poder caminar durante mucho tiempo. Los demás se iban a quedar en el albergue hasta que los echaran.

Crucé el primer puente y la ciudad de Cahors a buen paso, con la idea de atrapar a David y Félix (que me dejaron aparcado con mi tendinitis en Conques). Jean-Baptiste (a quien abandoné para ir a buscar mi palo) me había dicho que estaban con él en el gîte comunal. Cahors está en un meandro del río Lot, así que para salir tuve que cruzar otro puente el de la foto.

Salir tan tarde te asegura no encontrarte con ningún peregrino y, antisocial que es uno, estaba contento de poder caminar solo con mis tan interesantes pensamientos. Tan interesantes que perdí el camino, siguiendo la carretera. Encontré a unos ciclistas y les pregunté por las marcas. C’est pas evident, hein? El rodeo me llevó a Lhospitalet (así, sin apóstrofe), una especie de variante del camino. Habría sido bonito hacerme una foto con el cartel o conseguir un sello de Lhospi en mi credencial, pero no había ni dios ni fantasmas en el pueblo. Normal, con este sol…

Ultreia (palante). Lascabannes era el siguiente pueblo con albergue. Allí estaban Jean-Paul y Philip, los que me recogieron el bastón el día anterior. Llevaba viéndolos desde hacía días pero todavía no había compartido albergue con ellos. El gîte de Lacabanes no me gustó. En el pueblo no había nadie, ni tiendas, ni bar ni nada. Iglesia y cementerio. Y en el albergue solamente había una pizarra donde apuntar tu nombre y la cama que ibas a ocupar. También podías comprar alguna lata de comida (no apta para vegetasaurios). Pregunté a dos chicas (más tarde, tendrían nombre: Céline y Joanne), pero me dijeron que no trabajaban allí y tampoco sabían si se iban a quedar a dormir, porque llevaban una tienda.

Los Jeanpaules me dijeron que “adónde vas loco”. El siguiente albergue estaba en Montcuq, a 10 kilómetros; era muy tarde, el sol estaba matador y mi tendinitis estaba protestando.

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