Día 29 de peregrinaje: Lauzerte (Tarn-et-Garonne) 10 de julio 2013

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Llegué a Lauzerte con Jean-Baptiste, que se quedó durmiendo dentro de una iglesia a la entrada del pueblo. En serio. El tío, más que andar, corría, a paso y pantalones militares, hasta caer rendido y dormirse. No sé cómo, siempre acababa encontrándome con él. Un chico de clase alta, de buena familia, inteligente y cultivado, profundamente religioso y lleno de prejuicios. A veces daba gusto hablar con él; gracias a esas conversaciones he aprendido mucho de la historia y la sociedad francesa. Pero también he aprendido a odiar un poco más a París y amar “la province” (el resto de Francia).

Lauzerte, bastión medieval en lo alto de una colina, es otro de los “plus beaux villages de France”. Sus calles son un laberinto de rampas con una vista preciosa. Fui directo hacia el centro para preguntar en la oficina de turismo dónde estaba el albergue. Allí me pusieron el sello, me cobraron y me dieron un mapa del sitio. El albergue estaba abierto y yo era el primer peregrino. Como era muy pronto, me di una vuelta por el centro (o sea, la plaza mayor) y me compré una camiseta con un perro y una titella de dedo para mi futuro cumpleaños*.

El albergue estaba abierto, pero a mí me tocó subir abrir las ventanas, subir las persians, dar la luz y recibir a los primeros peregrinos (ei, hemos visto tu bastón en la puerta). Debería plantearme seriamente lo de hacerme hospitalero. Jambo (Jean-Baptiste es muy complicado, los franceses y sus nombres compuestos indivisibles) llegó al rato: tienes que ir a pagar a la oficina de turismo.

Lauzerte es un sitio bastante grande, lleno de barrios colgando de la ladera donde perderte, así que pude pasar el resto del día solo, haciendo yoga sin camiseta para igualar el moreno peregrino, paseando por el laberinto de los peregrinos (bastante chulo, con sus poemas occitanos) y cenando y cocinando dos veces. Cuando me cansé, me fui al centro, donde los Jeanpoles y Jambo estaban tomando una cerveza con la Australian Blonde: una mujer australiana de la que había oído hablar pero aun no había conocido. La chica se puso contenta de ver a otro extranjero, bueno, a alguien que pudiera hablar inglés más o menos correctamente. Me tomé otra agua de fregar, digo cerveza francesa con ellos y jugué una partida de futbolín con Upperclassman Jambo. El futbolíin francés daría para una entrada entera en el blog. Se llama Baby-foot, los jugadores no tienen brazos ni piernas, las esquinas del campo tienen rampas, la pelota es de corcho y los jugadores la pueden chafar para hacer efectos raros, solo hay dos defensas contra cinco centrocampistas… Y las reglas son también diferentes, con marcadores negativos y sistemas de saque raro, pudiendo tocar la pelota con la mano bajo no sé qué circunstancias. En fin, que me dió una paliza y no sé perder, ni jugar al futbolín, y menos al Baby-Foot.

Por la noche tuve que encerrarme en el lavabo y leer varios capítulos de “The name of the wind”, un libro muy largo que no me gustaba demasiado. La culpa la tuvo otro tío con pantalones militarres, un viejo que se parecía al ex-papa Ratzinger, que roncaba como una bestia enferma.

*La titella estuvo en la funda de plástico de la credencial hasta que la abandoné en algún lugar de Barcelona y la camiseta la llevo hoy puesta, para hacer feliz a mi profe de alemán.

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