Día 42 de peregrinaje: Irún (Gipuzkoa) 24 de julio 2013

irun 43 24julio cristophe gazpachoLlegar a Irún y ver un puente que cruza la frontera. Y gente que habla español en tiendas de tabaco y licores con los rótulos en francés. Y bares llenos de gente, por dentro y por fuera. Y un desfile. Y bancos donde pudo sacar dinero sin comisión.

Había subido hasta la cima de la Rhune para ver el mar y bajar otra vez. La chica de las fresas dijo que hoy llegaría a España, y yo me debía a mi dama: no podía parar en *** así que volví a subir otra montaña. Visité una reserva basca en la frontera Euskadi-Navarra-Aquitánia donde los franceses iban a comprar zuecos y quesos (bentas y más bentas). Otra tuve que cruzar la frontera y bajar hasta el Bidasoa para encontrar una verja. Había perdido el camino (el camino de los contrabandistas), caminando entre las zarzas, huyendo de las vacas salvajes (es cierto! y son peligrosas). Una casa a lo lejos… abandonada. Al fin volví sobre mis pasos y encontré el camino y la civilización: Biriatou.

Era muy tarde y no había un alma en el pueblo. No podía hacer otra cosa que seguir adelante. ¿Tendría que dormir al raso? Hasta que llegué a Irún. Estaba tan obsesionado con llegar a Hendaya, dónde tendría que tomar un transbordador a Hondarribia, que no me di cuenta de que en realidad había atajado. No sabía que el camino “empezaba” en Irún.

Una vez cruzado el puente, todo fue muy fácil. Pregunté en un bar por el albergue y un señor (los ángeles del camino y todo ese rollo), buscó en internet el número del albergue. Todo arreglado: cerraba a las diez de la noche (en Francia, pasadas las siete de la tarde, despídete). Llevas andado mucho, verdad? Lo dices por la barba, por lo guarro. No hombre, por lo negro que estás.

El albergue fue el cielo para mí y la hospitalera sí que fue un ángel. Está todo lleno y tendrías que dormir en el garaje, ¿quieres que te lo enseñe? ¿Para qué? Me da igual. Como si tengo que dormir en la calle. Cuando expliqué de dónde venía, todos me miraron como a un marciano. Ya digo que no sabía que el camino comenzaba en este albergue. La hospitalera me abrazó y se puso a hervir agua para que pudiera cocer la pasta que me quedaba. Mientras cenaba, me trajo un vaso de gazpacho, una bebida que nunca me ha gustado, nada de nada. A partir de ese día, soy un fanático del gazpacho.

En el garage conocí a Christophe, el primer francés que habla un español perfecto, trabajador social y educador que había hecho el camino varias veces con niños “complicados” y decía que necesitaba vivir la experiencia para sí mismo. No se le veía muy convencido.

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