Día 53 de peregrinaje: Santander (Cantabria) 3 de agosto de 2013

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El peregrino típico. Flaco, barbudo y despeinado. No demasiado limpio, pero siempre sonriente. Te dan ganas de llevártelo a casa y darle un plato de sopa de pan y ajo.

Además, como buen peregrino, siempre está dispuesto a ayudar a los demás. Sin ir más lejos, Jean, el belga que ha tirado la foto en el claustro de la catedral de Santander dirá que es algo quejica, pero gracias a él ha conseguido un cargador universal para su cámara, y encima con un descuento por ser “del camino”. A los peregrinos se les dan bien esta clase de milagros baratos.

Pero este peregrino lleva dos días intentando caminar solo. Está harto de que pongan en duda sus motivos y su lugar de partida. De que le den y de que le pidan consejos. De que le admiren o lo tomen por loco. O por santo. O por francés, alemán, salvaje, beduíno (tengo una lista bastante larga). De que le digan que se parece a Jesucristo. Desde que llegó a España, siente que su camino, el ya tan gastado “espíritu del camino”, se está diluyendo en las playas, los pinchos y las plazas de toros. Las rutas alternativas, las oficiales, las antiguas y los atajos. Los mapas y las guías, las pensiones/albergue. La gente que se queja de las ampollas y los que compiten, como coleccionistas obsesionados, intentando demostrar quién ha hecho más caminos, o más difíciles.

Mientras entraba el transbordador (un barco!) entraba en el puerto de Santander, yo solo podía pensar que había algo que estaba haciendo mal. El camino del Norte en Cantabria es, como me dijeron, muy creativo: hay carreteras, barcos, trenes y un camino que siempre se me escapaba, a veces porque me sabía mal abandonar a la gente, a veces porque sencillamente me perdía. Pero, cuando al final de la playa de Somo me encontré con el barco (il traghetto) decidí que hablaría con los compañeros y a partir de Santander haría el camino solo. Creo que algunos se ofendieron, pues volví a encontrar a algunos de ellos más adelante.

Santander no me gustó demasiado, quizá porque la moral no acompañaba y la visité en un suspiro. Los bloques de edificios demsiado grandes y las calles llenas de coches no hacían agradable el callejeo típico de las ciudades antiguas. Además, de la catedral solamente pude visitar el claustro, pues la capilla estaba ocupada por una boda.

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