Día 32 de peregrinaje: Lectoure (Gers) 13 de julio 2013

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Hoy es mi cumpleaños y no quiero caminar mucho. Me he despertado en Flamarens, en el caserón de la familia Ballenghien. Me he levantado sin hacer ruido, he estrenado la camiseta del perro y he buscado como he podido el comedor, entre tótems y muebles antiguos. Cada despertar es un aterrizaje en un mundo nuevo. El desayuno es muy agradable. Detrás de infinidad de botes de mermelada tengo al señor Ballenghiens, que ahora descubro que es el alcalde de Miradoux. Al igual que en la cena de ayer, es muy amable y simático, se interesa por mis etapas e intenta hablar español. Tiene familia en Perpinyà. Me sabe mal haberle hecho madrugar tanto para una etapa tan corta.

Hoy camino muy despacio, parándome a hablar con todo el mundo. Algunos peregrinos me felicitan por mi cumpleños. Entrando en Lectoure, un señor que está arreglando el jardín me pregunta de dónde vengo. Barcelona? Por aquí ha pasado uno del Madrid, que iba con un canadiense lleno de piercings. David y Félix! Los podría haber alcanzado, pero no tenía ganas de perseguirlos: ya había tenido bastante con la “chica alemana del perro”. Al llegar a Lectoure, antes de las doce, tiré la mochila en el Presbytère, hice una visita rápida a la catedral, recibí más felicitaciones por teléfono y me fui a comprar algo para comer. Cuánto echo de menos el cuscús de bote!.

Al lado de la oficina de turismo, atravesando el ayuntamiento, hay una especie de parque con una piscina que es la sensación del pueblo (y de los peregrinos). Allí me encuentro con Céline y Joanne, con las que ya me había cruzado dos veces. Ellas suelen caminar un rato por la mañana, hacer una siesta y acabar la etapa por la tarde. Un planteamiento cojonudo, que ese día no pudieron seguir porque no las dejé dormir y porque acabaron viniéndose al presbiterio. Más tarde llegaría también Jean-Baptiste y uno de mis héroes: Georges.

No hay mucho que hacer, así que jugamos al Monkey Island en vivo. En la piscina no nos podemos bañar porque, según el gobernador de Isla Gavacha las bermudas no son bañadores legales, hay que usar “slip de baño”. Mi amigo Jambo se ha comprado uno por 30 doblones. Yo no quier gastar tanto dinero. Así que voy me doy otra vuelta y descubro la tienda de ropa de segunda mano de Stan… del secours catholique. Voy allá con un jersey que no voy a usar (no lo voy a usar porque lo he donado, no porque no me hubiera hecho falta en el futuro) y una camiseta. Lo de la camiseta es para equilibrar las mudas de ropa. Me preguntan si quiero algo y se me enciende la bombilla y pregunto si tienen bañadores. Solo tienen uno, marca speedo (es pedo, no puedo evitar el chiste desde que era pequeño). El bañador también es muy pequeño, lo que faltaba, un slip super ajustado. En fin, al final se ha hecho algo tarde y la piscina vale doce euros y yo tengo que mantener mi voto de pobreza (de garrepa).

Lo que queda de la tarde (es lo que tiene cenar antes de las siete) me dedico a conectarme a internet en la ofi de turismo. Leer el mail no siempre es buena idea. Mi oferta de trabajo en Stuttgart sigue en pie y necesitan ponerse en contacto conmigo para recibir mi confirmación y alguna documentación. Contesto con la verdad: estoy de peregrinaje y volveré a principios (más o menos) de agosto. La realidad, la otra, me golpea fuerte y me da un bajón que se suma al que me viene cada vez que sumo años.

Cuando vuelvo al albergue, hablo un rato Georges hasta que viene Jambo con un buen chichón. Se ha dado una hostia contra la pared de la piscina. Il s’est cogné la tête. Gracias por enseñarme tanto vocabulario, ahora me sabe mal haberme burlado tanto de la élite parisina.

La cena con los hospitaleros es bastante larga y cansina. Con nosotros cenan también un cura, un ayudante de cura o algo así y el organista. Éste último resulta ser bastante gilipollas con sus bromas sobre los catalanes y los vegetarianos. Estoy bastante cansado y no me quedo hasta la sobremesa. Mañana es el día de la patria y se supone que hay música y fuegos artificiales. Yo había prometido bailes y copas a mis colegas, pero el hospitalero jefe nos dice que hay que volver temprano al albergue. Salimos un rato y dejo que Georges me hable de pájaros, editoriales de Barcelona y pueblos de Argentina, con un español que le exige una mueca de esfuerzo que me han dicho que yo también comparto. Antes de dormirme abrazo a mis hermanas marsellesas y no me despiertan ningunos fuegos artificiales. Creo que era mentira.

Al día siguiente, yo seguía teniendo cara de deportado a Stuttgart. La hospitalera me dijo que pensaría en mí en la iglesia. Gracias.

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