Día 43 de peregrinaje: Pasaia (Gipuzkoa) 25 de julio 2013

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Post tocho.

Irún-Pasajes de San Juan (o San Pedro) es una etapa muy corta. La mayoría de peregrinos, recién estrenados, eligen San Sebastián y la concha como primer destino. Pero yo llegué bastante desconcertado (y agotado) a una España que ya no era mi país. Los euskaldunak me miraban con mala cara cuando los saludaba con un “Bonjour”, y yo miraba con la misma cara a la cola de peregrinos que se paraban cada dos pasos a hacer fotos y luego corrían para volver a adelantarme. Como no quería darme de donostias por una plaza en el albergue, me pararía en el primero que encontrara. Según la fotocopia que me habían dado, además del desayuno, en Irún, éste estaba en Pasaia.

El camino del norte en Euskadi (Done Jakue Bidea) está señalizado con unos hitos de piedra muy chulos, bien grandes y bien vascos. También están las flechas amarillas, a veces demasiadas, a veces contradictorias. Habrá que olvidarse de las marcas del GR. Muchísima gente en todos los puntos de interés: las primeras iglesias, monaterios y ermitas: siempre cerradas, marca España. Yo, cabezón, en lugar de ir por el camino normal, seguí las antiguas marcas a través de los eucaliptus de los que me había hablado un peregrino hardcore francés en Saint-Palais. En realidad son una plaga que se extiende por toda la costa cantábrica. Entré en Pasaia por el lado feo, industrial, atravesando antes un pueblo pequeño, Lezo, donde pude comprar algo para comer. Suerte que la buena mujer del albergue nos dio algo para desayunar. Supongo que quedé como un egoísta, o como un muerto de hambre.

Cuando llegué al pueblo, me encontré con que la iglesia, bastante chula, estaba cerrada. Unas señoras me explicaron que la misa se daba en el albergue. Éste también estaba cerrado hasta las tres. No contaba con los horarios españoles. “Es por la siesta, no?” dirían los guiris. Una de ellas se ofreció a guardarme la mochila en su casa. Que no, que es igual. Que sí. Posvale. Como no tengo nada que hacer, subo al albergue, donde me encuentro con una peregrina inglesa bastante acabada. Una periodista que está harta de escribir para otros. Mola! Al rato viene una chica alemana que nos pide que le vigilemos la mochila. Typisch. No le aseguramos nada: un peregrino debe cuidar sus cosas y/o confiar en la gente.

Me aburro, y bajo otra vez al pueblo, a comer algo. Estamos de fiestas, todo está cerrado*, y en los dos lados de la ría los balcones exhiben sus banderas. Parece que hay una gran rivalidad entre las dos aldeas, San Juan y San Pedro, unidas por una barca (txalupa). Vuelvo a buscar mi mochila y me encuentro al hospitalero, que dice que enseguida subirá. Mientras busco la rampa que lleva al albergue, me encuentro con una chica que pasea con su hija. Ésta sí que es muy *ejem* amable. Mientras charlamos, la pequeña va cantando: “el número de teléfono de mi madre es el seis, cero…”. La chica se ríe y, al despedirnos, me dice que está segura de que nos volveremos a ver por la noche.

Cuando vuelvo a subir al albergue, ya van llegando el resto de caminantes y el hospitalero. El único español es un chico madrileño que está haciendo el camino en monopatín, así que tengo que hacer de traductor inglés francés. Es un grupo bastante chulo: un matrimonio francés, unos polacos algo bordes, el skater y su hermano de tatuajes gemelos italiano. El hospitalero es simpático, aunque pertenece a la cofradía fundamentalista vizcaína: no deja pasar ni una. Él hizo el camino con su mujer desde Bélgica y creo que me dio muy buenos consejos, aunque creo que no me acuerdo de ninguno. Psí, sellar dos veces en los últimos 100 kilómetros de camino. Nos dice que hoy es el día del patrón y, aunque ha habido un accidente ferroviario en Compostela, vamos a celebrarlo cenando juntos, con su familia.

Su mujer ha traído marmitako, así que tengo que soportar las puyas vegetófobas. Por suerte también han traído queso y en el albergue hay algo con lo que apañar una ensalada. Además de la mujer del hospitalero, también han venido sus hijos y nietos, que viven en Badalona (Les hice algo de propaganda de un buen restaurante de allí). También han venido un par de cajas de sidra. Al final, no volví a ver a aquella chica. Y no apunté el número.

* Un peregrino yanqui del futuro diría que en España, todos los pueblos están siempre de fiesta por algo y no se puede comprar nada. No le falta razón.

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