Día 58 de peregrinaje: Sebrayu (Asturias) 8 de agosto 2013

Ayer fue jornada de reflexión. Hoy es el día, el día cambiar de camino y de manera de caminar. De dejar la costa y los eucaliptus, y tirar hacia el interior siguiendo los mojones cascados de Asturias.

El albergue de San Esteban de Leces está apartado del pueblo, un pueblo que parece que ni existe, así que salir de noche es una gozada. Caminar bajo todas las estrellas del universo. Reconocer el suelo, apenas una sombra blanca, más por el tacto que por la vista. Camino muy despacio, hoy el día será largo…
A la salida de Bones, el pueblo de los murales, me pilla el amanecer y el grupo de la catalana de Aldeadávila. Es la tercera vez que la veo, y hoy parece que me tiene más manía que nunca. “Yo habría salido antes, pero como voy con éstas. Yo iría más rápido, pero como voy con éstas. Yo también puedo caminar durante meses, pero tengo responsabilidades, y además voy con éstas.”

Si ella no hubiera ido con éstas, la habría dejado adelantarme. Pero, para no escucharla, acelero hasta Vega. Allí, el sol pegado al mar me golpea definitivamente. Me tengo que sentar, sentarme, meditar… Tengo que asimilar tantas cosas. Nunca he creído en nada, pero… Las de Aldeadávila pasan a mi lado y se ríen de mí. Ommm. No las volveré a ver más.

El camino no se aleja mucho de la costa, pero empieza a ser más duro, lleno de barro. El sol no deja de lucir, pero llueve cada dos por tres. Estoy escribiendo esto siguiendo mis notas-telegráficas, y no entiendo por qué era tan feliz. “Encontré una iglesia abierta en Colunga”. “Compra Zen”. “El momento en que experimenté el clic”.

Sí que recuerdo llegar al albergue de Sebrayu, teóricamente el final de etapa y liarme a hablar en alemán y catalán con la gente que estaba esperando que abrieran. Gente muy buena y muy guapa, de todas las edades y nacionalidades, a las que el sol había cambiado el color de la piel y las camisetas. Estuve bastante rato comiendo y hablando hasta que una chica, la hospitalera supongo, salió del albergue para decir a los guiris que no había agua-agua. Agua potable, supongo. Todos correron a hacer cola, volviendo a los puestos que les habían guardado sus mochilas, pero yo me despedí. Hacer etapas tan largas y huír de la gente quizá no sea la mejor manera de disfrutar del camino. Pero mi tiempo se acababa y quería usarlo a mi manera.

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