Día 58 de peregrinaje: Monasterio de Santa María de Valdediós (Asturias) 8 de agosto 2013

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le-has-dao-callo-ehAcabar una etapa en un monasterio siempre es bonito, y más éste, que es una especie de enlace entre el camino del norte y el primitivo. Pero la llegada fue bastante dura. Antes de llegar, encontré a la parejita de Castro Urdiales y Liendo. No sé en qué punto habían decidido coger un tren para cambiar de camino. Me dijeron que solo quedaban unos pocos kilómetros, que el albergue estaba vacío pero abierto. Esos kilómetros se me hicieron eternos, con dolores de pies y rodillas. Al cruzar la puerta del recinto del monasterio, escuché, una vez más la mecánica voz de un guía: “Y como pueden ver, aun hoy el monasterio sigue acogiendo a los peregrinos del camino de Santiago”. En fin…El sitio es una especie de complejo turístico, con el monasterio en sí, el albergue, y una iglesia apartada. Para visitar cualquier cosas, hay que pagar a un guía. Excepto el albergue, que está abierto para que los turistas curioseen y hagan fotos a tus palos y botas (en fin). Yo fui corriendo a ducharme, mientras me seguían con la mirada curiosa. Cerré con cerrojo. Cuando salí, ya había llegado el hospitalero, Herminio. Yo diría que hay tres tipos de hospitaleros: los bordes que solo quieren cobrar, los que buscan una experiencia mística/humanitaria, y los hospitaleros estrella que están en su casa y no paran de bromear y explicar batallitas. Herminio es de éstos últimos. Por suerte, la experiencia también les dice a qué peregrinos hay que contar batallitas y a cuáles es mejor dejar tranquilos. Por suerte, un grupo de jóvenes de la primera categoría llegó enseguida.

Los chicos (italianos y españoles) se pusieron a hablar enseguida con el hospitalero y yo les dejé colarse en el check-in, mientras miraba a las chicas realizar sus ejercicios de estiramiento-kamasutra (intentando no sangrar por la nariz). Parecía un grupo majo, pero me cortaron el rollo cuando les dije que había empezado a caminar en Ginebra. Non, je suis pas Suisse. El grupo tenía una especie de líder, el veterano, que me admiraba mucho y me invitaba a ir con ellos a tomar algo. No sorry, gracias. Pero sí, ven y nos explicas tu aventura, si es por dinero, ya pago yo. Yo me sentí tan ofendido como un testigo de Jehová al que le invitan a una fiesta. El peor talibán es el recién convertido.

Es curioso como cada persona se enfrenta al camino. Antes de llegar aquí, caminé un rato con Ángel, un basco de los de los chistes, con un tobillo del tamaño de un jamón que tenía la teoría de que sí corría mucho le dolería menos. Me lo encontré en una fuente poco después del albergue sin agua, con otra pareja de bascos. Ninguno de los tres tenía mapa y no sabían por dónde continuar. La pareja no quería ir al albergue de Valdediós, porque suponía desviarse 5 kilómetros del camino del norte. Preferían jugársela y continuar hasta que se hiciera de noche, ya dormirían en la calle o en el campo. Los dos estaban en paro y, cuando les dije que yo había dejado el trabajo para hacer “esto”, casi me matan. En serio. Ángel parecía buen tío, caminé un poco con él, pero cojeaba realmente rápido, así que le dejé que me pasara. Le volvería a cruzar dos veces más con él, y estuve esperándole un rato donde los caminos se bifurcan. Los de mi albergue le conocían y me preguntaron por él. Se sintieron traicionados cuando les dije que seguramente había tirado para Oviedo.

Así que me quedé en el albergue, calentando sopas mágicas hechas de sobre, pan de molde y hierbas. Mientras me la comía junto a la iglesia, que estaba cerrada pero desde fuera podía escuchar como alguien ensayaba con el órgano, seguían llegado peregrinos, sobretodo italianos en bici, que me preguntaban si podían meterla adentro. Nessuna idea.

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