Día 59 de peregrinaje: La Vega (Asturias), 9 de agosto de 2013

9.8

A veces merece la pena madrugar para ver cosas así. Y dicen que hay un amanecer nuevo cada día.

Antes de que amanezca, como un ladrón, como un fugitivo, tardo dos segundos en recoger mis cosas y comer algo, sin hacer ningún ruido. Ayer estudié como abrir la puerta del albergue y la verja del convento sin necesidad del luz. Los días se hacen más cortos y cada vez cuesta más coincidir con las estrellas. Subir, subir, lejos del mar. (Subir se dice salir en italiano).

La mañana es realmente fría, y mi chaqueta se quedó colgada en unas zarzas en medio del GR de Donosti. Lo único que puedo hacer para abrigarme, es ponerme el poncho impermeable. Parezco un fantasma vestido con una bolsa de basura, pero funciona. Enseguida llego a la Vega. En la entrada del pueblo están abriendo la única tienda, esperando que se despierten los peregrinos del albergue de al lado. Desayuno otra vez y hablo un rato con los de la tienda.

Hoy me siento bien conmigo mismo, caminando solo. Prometí al “hospitalero alemán loco” que no haría noche en Oviedo, pero cumplirlo va a ser duro. Atravieso aldeas abandonadas. Muchas casas están protegidas por perros, también abandonados a su manera, que ladran como psicópatas. A uno le devuelvo el ladrido y el pobre se acojona.

Cerca de Pola de Siero me vuelvo a encontrar con el grupo de ayer. Las chicas les han abandonado para coger un tren, o un coche, e ir a casa de alguien. O algo. Al veterano se le ve un poco triste. Camino un rato con ellos, hablando con el italiano, Antonello, que resulta ser vegano. “Bueno, lo intento”, dice. Está harto de comer bocadillos de tortilla y de la idea que tienen los españoles de los bocadillos vegetales. Siempre lleva suplementos porque no se fía del origen vegetal de las vitaminas de los alimentos enriquecidos. Llegamos a Pola y los hispanos enseguida entran en un bar como héroes peregrinos. Yo no tengo ganas, así que voy directamente al súper. Allí me vuelvo a encontrar a Antonello. Un vegano lleva siempre su propia comida.

Después del frío de la mañana, calor, mucho calor, siempre cuesta arriba. En Colloto (sin Correcaminos) me paro en un bar a llenar la botella y al salir encuentro otra vez al grupo. Siguen sin decidir si descansarán en Oviedo o cogerán un tren en busca de mujeres. A Antonello se le ve muy aguantado. Me piden que les acompañe a Oviedo, pero les digo que no sé si voy a parar allá. Cómo que no? Al final, el jefe me dice “Eso es por qué has encontrado tu camino. Te envidio”. Y con su envidia me acercaba a Oviedo, con la catedral en el horizonte.

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