Día 59 de peregrinaje: Oviedo (Asturias), 9 de agosto de 2013

P1010554Lo primero que hice al llegar a Oviedo, o su área metropolitana, fue comer Falafel. Si en Kébec no hay Kébab, en Francia no hay Falafel. M’enfin…

Lo segundo, claro, es ir a la catedral de San Salvador, donde guardan el santo sudario. O sea, que le da mil vueltas a la de Santiago, donde solo guardan los huesos de un apóstol.

“El que va a Santiago y no va al Salvador visita al criado y deja al Señor”

Al final, todas las catedrales son más o menos lo mismo, y no tengo tiempo, ni ganas de pagar. Sello mi credencial por cumplir y voy de pet a la oficina de turismo. Me recomiendan ir corriendo al albergue, que ya debe estar lleno y visitar la ciudad con tranquilidad. Santa María del Naranco está un poco lejos, pero la visita vale la pena.

Al salir vuelvo a encontrar por última vez a los peregrinos. Cada vez parecen más hechos polvo y más desunidos. No vas al albergue? Antonello, enséñale dónde está en el plano. Antonello mira al “jefe” con ganas de matar. Euh, no, voy a hacer un poco de turismo… Agur!

Oviedo es una ciudad muy bonita (cien mil veces más bonita que Santander) y no se merece una visita relámpago como la que yo hice. Recuerdo que el centro histórico, con sus plazas y calles irregulares, me recordó un poco al de Barcelona, solo que limpio, amplio y bien cuidado. Saliendo de la ciudad, cerca de la estación, me encontré a unas señoras suizas que había visto antes. Se habían cansado del otro camino y habían optado por el primitivo. La que hablaba francés aprovechó la despedida para desearme suerte y confesarme que me habían puesto un mote. Jésus. Vaya sorpresa. Greñas y barba. Jesús era negro, lo dijo Kevin Smith en Dogma y lo dirá Marie en Tineo.

Salir de Oviedo, como pasa con todas las grandes ciudades, es complicado para el peregrino. Cada persona a la que pregunto me indica un camino diferente, y acabo delante de una casa aislada y un laberinto de verjas y zarzas. Intento atravesarlo, vuelvo a la casa y llamo a la puerta para preguntar al dueño y casi morir devorado por sus perros. Vuelvo a intentarlo y vuelvo a perderme. Al final se cruza conmigo un ciclista (“el ciclista noble”) que me explica claramente lo que es camino privado, público y carretera. Consigo atravesar el laberinto y, al otro lado, encontrar de nuevo al ciclista noble, que había dado un rodeo por la carretera para esperarme. Muchas gracias a él y a tantas personas que me ayudaron a atravesar laberintos físicos y mentales para seguir adelante.

Está anocheciendo y aun falta mucho para Escamplero, el próximo sitio con albergue según la guía. Yo no puedo caminar mucho más rápido: mi cuerpo se ha acostumbrado a un ritmo que puedo seguir durante horas, pero romper ese ritmo me agotaría. Cuando paso cerca de una ermita un señor mayor se pone a gritarme. Oye! Mira! Allá! Agua! Beber! Le miro confundido, hasta que caigo. Gracias, pero hablo español… Sí. Hablas. Muy. Bien. Allá! Agua! Esto acaba de convencerme de que, entre tantas cosas, también he perdido mi nacionalidad, mi idioma y no sé qué más. Lleno la botella de agua para tranquilizar al buen señor y subo la escalinata de la ermita para leer un papel que hay pegado en la entrada.

Resulta ser un pasaje de un libro (un cuento, una novela, un ensayo) de Herman Hesse. Habla, precisamente, de una pequeña capilla y de su relación con las gentes y la historia. No he conseguido encontrar la fuente de ese texto pero, no sé por qué, era lo que me faltaba para rematarme y rematar el día.

Seguí caminando y vacíandome mientras el día se terminaba, en dirección a Escamplero, sin saber lo que encontraría. El camino se dividía, las flechas y las distancias se contradecían. Al final del camino esperaba encontrar, no sé por qué, otro monasterio, pero en su lugar había un restaurante. Allá estaba cenando Dennis, nuestro toulousain favorito. Para entrar en el albergue, hay que registrarse en el restaurante, pero no hay plazas.

Que no hay plazas? Cabrón! El albergue era una especie de centro social, y sí que había plazas, en el sótano, en unos colchones hinchables. Uno de mis compañeros de cuarto es un señor que huele a rayos y me dice que ha venido desde Strasbourg. Pero el mérito no es suyo, sinó de su amigo, que está pastando fuera: un pobre burrito que carga con más cosas de las que pueda recoger alguien con síndrome de Diógenes. Ceno algo rápido y ni los ronquidos, el perfume y el tacto raro de mi colchón de aire consiguen que me duerma en cuestión de segundos.

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