Día 34 de peregrinaje: Lamothe/Cazeneuve(Gers), 15 de julio de 2013

No hay foto, es una continuación de esta entrada, que luego se me quejan de que los posts son muy largos.

Montréal (de Gers) es uno de los pueblos más bellos de Francia (lo acabo de mirar), pero ahora no me acuerdo de nada especial. Sé que solamente había una tienda donde me clavaron a base de bien y un par de albergues, también carísimos y sin personalidad. Mientras llenaba la botella de agua en una fuente… Creo que era agua no potable, o no controlada, pero eso me da igual. Ser peregrino, vegetariano, llevar estampas de San Roque y San Santiago, no afeitarse ni peinarse demasiado y hacer yoga te protege de todas las enfermedades, en serio. Es científico. Bueno, no. Pero funciona.

Bueno, mientras llenaba mi cantimplora de agua contaminada e intentaba decidir si me quedaba aquí o caminaba ocho kilómetros más hasta un albergue incierto en un pueblo incierto que había visto en la guía de Jean-Baptiste… Mi guía era una mierda, pero la había ido completando con direcciónes y teléfonos de los libros de otros peregrinos. Euh… mientras eso, unos peregrinos francosuizos me saludaron -creo que me conocían- y nos paramos a hablar un poco. Ellos también conocían el camino que viene de Ginebra, y recordaban muy bien las etapas. Me dieron un poco de gengibre que, aunque pica, va muy bien para recobrar energías. Me propusieron quedarme en el mismo albergue que ellos pero, como siempre, basta que me digan “es muy tarde, si no te quedas aquí, estás loco”, para decidir seguir adelante. Es un poco como Marty McFly y “nadie/me llama/gallina”.

Así que partí hacia el “lieu dit Lamothe”, fuera del camino y sin una señalización clara, mientras comía una bolsa de 300 gramos de cacahuetes, me bebía mi litro y medio de agua no controlada y meaba y rectificaba mi camino cada 500 metros. Lamothe no sé si puede considerarse una aldea. Cuando llegué, lo único que vi fue un cementerio. Y el albergue. Era muy tarde (sobre las siete de la tarde, horarios de la Francia central) y no sabría que me encontraría allá adentro.

La sorpresa fue muy grande, cuando me encontré a Félix y a David, convertidos en hermanos de camino. También estaba Jean-Baptiste, en posición sobremesa con una pareja de jóvenes franceses, también con pinta de pijos. Y una señora. Y Céline y Joanne! Llegué muy descolocado, agotado y perdido y el hospitalero no me hacía mucho caso, hasta que me dirigí a él. En una mezcla de inglés, francés y alemán, me dijo que si quería comer algo. Sí, por favor! Pero esperas que te demos de comer, llegando a esta hora? Eh, no, claro. Podría usar la cocina. No ves que estoy cocinando yo? Por suerte, mis hermanas marsellesas se apiadaron de mí y compartierno su pasta conmigo. Además, me enseñaron un truco: cortar lonchas muy finas y pequeñas de queso, cubriendo con ellas un plato y, a continuación, echar la pasta bullida y remenarlo. Mientras cenábamos y me enteraba de quiénes eran los otros peregrinos (una pareja de estudiantes un poco bleda y una chilena que vivía en Bélgica), llegarno al albergue unos “periodistas”. Mañana iban a rodar un reportaje sobre el camino, y nos pedían permiso para filmarnos por la mañana. Supongo que alguien se lo dio.

Después de cenar, me fui con Félix y David, para hablar un rato fuera y ayudarles a montar la tienda. Ellos se reían mucho de mí, y me consta que se siguen riendo, pero mi universo linguístico cambió completamente. Con Félix había hablado siempre en francés, desde los primeros días en le Puy y con David, claro, en castellano. Conversar con ellos en inglés significaba a veces traducir y retraducir, un combo-breaker para mi cerebro. Y a los cabrones les hacían gracia mis muecas. Fritz, el hospitalero, se nos acercó con un bolígrafo para darnos consejos sobre sitios dónde acampar y mini-atajos para ahorrarse metros de camino. Yo le dije que quería conectar con el camino del norte (David: “Nooo!, ya te convenceremos”) y me dijo que le siguiera.

Fritz resultó ser un tío muy simpático y considerado. Un oso, rudo pero blandito, dijo Célinne. Un alemán que apenas sabe francés o inglés, que ha hecho varios caminos y regenta un albergue en un pueblo que no es más que, literalmente, un cementerio. Gracias a él, mis etapas pirenáicas fueron tan emocionantes. Y gracias a sus atajos geniales, me perdí. Si, cuando me jubile, sigo siendo un viejo oso, abriré un albergue en un camino poco transitado y prepararé desayunos veganos con música clásica a peregrinos desagradecidos.

Dankechen, Fritz!

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