Día 34 de peregrinaje: Larressingle (Gers), 15 de julio de 2013

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Me despierto muy tarde en mi cama de princeso en el albergue de Jean-Pierre, en Castelnau-sur-l’Auvignon. Ayer estuvimos hasta muy tarde celebrando el día de la patria, bebiendo, hablando y jugando a “quelle est la capitale de l’Azerbaidjan”. Abajo, los dos Pierres siguen charlando como si no hubieran dormido en toda la noche. Me hubiera quedado horas allá, pero habría acabado quedándome a vivir en el albergue, como el resto de peregrinos fumaos. Es muy triste despedime de Pierre, el peregrino del que más he aprendido. Me dijo que pensaría en mí. Yo sigo pensando en él, dónde le habrá llevado su camino?.

Empezar a caminar más tarde de las ocho de la mañana es un suicidio. Sol y calor sobre una pista recta entre campos de cultivo hasta Condom, donde querría haber acabado mi etapa de ayer. Condom es uno de los puntos importantes del camino, capital del país de l’Armagnac, un aguardiente de los de desatascar cañerias. Lo único que recuerdo (o he apuntado) de la ciudad es que era bastante grande y tenía una catedral grandota con una estatua de los cuatro mosqueteros en la entrada. Desde que hablé en españolultrarápido en la misa de los peregrinos en la abadía de Conques, he adquirido la costumbre de pararme más rato dentro de las iglesias y santiguarme à la Namasté ante el altar. Cada día que pasa, me parezco más al estereotipo del peregrino, tanto que cuando acabé la visita, un turista vino flechado hacia mí a entrevistarme. Es un poco pesado, pero me esfuerzo por ser amable, quitándole importancia a mis gestas y mostrando mi admiración por la gente con responsabilidades que no puede dedicarse tanto tiempo a sí mismo. (Es mentira, somos dueños de -y solamente de- nuestro tiempo y, hagamos lo que hagamos, lo estamos gastando, pues no podemos guardarlo).

Los días más largos son los que empiezan más tarde. Rompiendo una vez más mi voto de “no he venido aquí a hacer turismo”, me desvío hacia el sitio de la foto. El desvío es mínimo y la visita es casi instantánea. Larressingle, más que una fortaleza, parece un decorado de cine. De todas maneras, merece la pena pararse y darse una vuelta o dos. Me tumbo a la sombra de la muralla para acabar con las pocas provisiones que me quedan y mirar a los coches con los ojos entrecerrados. Se hace tarde, hay que continuar.

Por suerte el camino se mete en el bosque, protegiéndome del bosque. Hago una última parada técnica ante un cartel que ofrece degustaciones de Armagnac. Sigo las flechas, y llego a un pueblo fantasma, una almacén, un perro y un cartel. Cuando pico a la puerta, una señora me recibe con suspicacia. Euh… querría probar el Armagnac. Pero me vas a comprar algo? Euh… no, es que soy peregrino, mirusted. De todas maneras, me dio una copa, lo mejor que hay para llenar un estómago vacío y volver a caminar a pleno sol hasta Montréal (de Gers).

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