Día 67 de peregrinaje: Melide (Coruña), 17 de agosto de 2013

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Ya está! Ya nos podemos ir pa casa…

Hoy es el día D, el día que mi camino se une en Melide con el temido y masificado Camino Francés. Y un poco más adelante, en Arzúa, el río de peregrinos que abandoné en el camino del Norte, que no son pocos, también desembocará en el suelo que estoy pisando. Me han hablado tanto de los “turigrinos”, que ya no sé qué esperarme. Riadas de chavales que caminan sin mochila, haciendo carreras. Que colapsan bares y vacían tiendas y supermercados. Que a media mañana inundan los albergues con sus mochilas para pasarse todo el día de fiesta, obligando a los peregrinos “de verdad” a seguir caminando y buscar como locos algún pueblo donde abran un polideportivo o, si no sale nada, dejarse apuñalar y pagar una pensión o una habitación de algún paisano, a precios exhorbitantes.

Mola, eh? Mejor haberse dado la vuelta en Lugo. Bueno, también hay quien dice que en Galicia es imposible quedarte sin habitación, que a un peregrino se le abren todas las puertas. El camino de Santiago es, de alguna manera, un gran secreto. A todos nos gusta exagerar y todos vivimos experiencias diferentes. Además, la imaginación es un gran sustituto de la memoria (en este blog también).

Hoy salí de As Seixas ni muy temprano ni muy tarde, simplemente cuando me desperté. Sabía que a partir de Melide, los albergues se multiplicaban y las posibildades de encontrar plaza se dividían. Pero yo ya había hecho mi trabajo, todo lo demás me daba igual. Esperaba que el dragón de la suerte (“el perro ese que vuela” en La Historia Interminable) me siguiera guiñando el ojo un par de días más.

La suela de mis sandalias se iba haciendo cada vez más estrecha, como la barra de vida un personaje de Street Fighter, mis tobillos rodillas y caderas se quejaban y yo seguía empeñado en olvidar cosas en los albergues. Cuando me senté por enésima vez en uno de los mojones que cuentan la distancia hasta Compostela, me acordé de las dos piedras que llevaba en la mochila, una una catalana y otra suiza. Se supone que hay que abandonarlas en la cruz del hierro, entrando en Galicia por el camino de los franceses, pero ahí se quedaron.

Y llegué a Melide, un pueblo bastante feo. Yo diría que había demasiadas casas nuevas, supongo que ha crecido muchísmo gracias al camino. Al entrar, una señora me recibe con un “te compadezco”. Por qué? Cuando llego al centro, me encuentro con la invasión peregrinos de todos los colores, que han llegado siguiendo otro camino, “EL” camino. Estos no parecían tan mala gente como me habían dicho. Psí, son gente que viene a pasar unos cuantos días de vacaciones, casi siempre en grupo. Algunos vienen uniformados y se hacen fotos cada dos pasos. Otros llevan publicidad, o camisetas de su trabajo. Parece el salón del manga. Otros no llevan mochila, pues tienen vehículos de apoyo, o alguien del pueblo se ofrece a llevársela, o a darles agua, fruta. Quizá es otro mundo, pero cada peregrino es un mundo, con sus motivos y sus metas y lo que más te jode es que, entre “la foule”, te das cuenta de que no eres tan importante. La peña grita “Wow, hemos hecho 50 kilómetros” y si les dices que tú has hecho dos mil, no se lo creen. No hay que darle más vueltas, el camino es de todos y las cifras no son lo que importa, sinó las vivencias, por fuera y por dentro. Además, hablé con unos cuantos, desde iaios indepedentistas a chavales de instituto, y sus historias de dos días de camino pueden ser tan interesantes como las de los que llevan meses criando barba o pelos en las piernas.

Bueno, no.

Pero es igual. Como diría P. Tinto, los turigrinos son adoptados, pero hay que quererlos igual.

Para qué **** querrán la compostela?

Cuando llego a Arzúa, están todos los albergues llenos y yo estoy deshecho. Allí me vuelvo a encontrar con Víctor, que está comiendo con un matrimonio de Euskadi. El señor ha hecho todos los caminos habidos y por haber, y se reserva los trozos bonitos para hacerlos con su mujer. La conversación es muy interesante, pero el tiempo pasa y no tenemos alojamiento. Además, la oficina de turismo está cerrada. Los vascos tienen el alojamiento asegurado, pues conocen a alguien no sé donde, pero Víctor y yo tenemos que buscarnos la vida. Pedimos en el bar algún teléfono, pero no hay suerte. Así que no nos queda otra que caminar, verdad Fúyur? (guiño, guiño)

Próximo capítulo: El albergue que aún no existe

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