Día 56 de peregrinaje: Llanes (Asturias), 6 de agosto de 2013

Después de un día agotador se agradece el desayuno en común, hablar un poco con esta gente, la parejita de Madrid y las niñas de Guadalajara, que en tema de salud mental parecen de Angón, sobretodo la que ha venido con la mochila del cole. La hospitalera alemana es un encanto, muy cariñosa, los abrazos siempre van bien.

Y empezamos a andar, solo, en un mundo que es totalmente diferente desde que ayer salí de una cueva. El camino, por fin, es camino, que se mete en la playa, atraviesa bosquecillos y calas y rocas y cosas. No sé lo que tengo delante y no me acuerdo de lo que dejé atrás.

Me pierdo con gusto en un camping, subo colinas y cruzo riachuelos, me encuentro con los bufones, esas piedras que respiran, todo muy junto como en una pantalla del Sonic. Piedras que soplan en España, piedras que giran una vez al año en el sur de Francia, la piedra que aguantas en la mano mientras meditas, para no pensar en nada, en nada más que en la piedra pequeña, como tú, piedra ligera, que centelleas.

Pedra, digues pa.

-Pa.

Pendueles está más lejos de lo que creía, ayer habría sido imposible llegar hasta aquí, así que continuamos en dirección a Llanes.

La superficie de Llanes es enorme, y lo primero que encuentro es un campo de golf, símbolo de la España de la champions. Un poco deprimente, pero allí encuentro a una de esas personas que, viviendo fuera del mundo del peregrinaje, dan sentido al camino. No sé cuánto tiempo estuve hablando con el señor Nicolás, de nada en concreto, el futuro, el pasado, los motivos para todo, la incertidumbre. Cuando llegué a casa, recibí un mail de un peregrino que encontré en Euskadi. Me explicaba que había encontrado a un señor que le habló de mí, el peregrino que dejó un trabajo con ordenadores para empezar a andar en Ginebra. Nunca caminamos solos.

Llanes no es demasiado bonito y, para lo grande que es, la oferta que ofrece en tema albergues no es gran cosa. Caros, pequeños y feos. Aprovecho la oficina de turismo para saludar al grupo de Muelna y escribir un mail a los de Stuttgart. La realidad me sigue asustando, así que intento huír del pueblo. No es tan fácil, el camino de salida no está marcado y, siguiendo indicaciones de una paisana, acabo escalando rocas, saltando verjas y arañándome las piernas en las zarzas.

No sé muy bien cómo, acabo otra vez en mi odiada carretera, con flechas para bicis y peatones que se contradicen. Sigo la de los pedestres para encontrarme el camino cortado por un desprendimiento, media vuelta, soy una bici, camino por el arcén hasta que pierdo las señales. Allá, entre la carretera y la autopista, parece que hay un bar, voy a preguntar… euh…, “Night Club Samba”.

No recuerdo cómo hice para volver al camino, pero se me hizo muy tarde. Y yo que esperaba un día tranquilo… Para colmo, se pone a llover. Llegué como pude a Villahormes, y al peor albergue que he visto en el camino. En realidad es una especie de casa rural cutre llena de literas viejas. La mía tenía una gotera, aunque por suerte pude cambiarme. El albergue está tomado por una tribu ciclista y, sorpresa, la troupe italiana de Muelna y la pareja de Madrid. Cómo han llegado tan rápido?

– Eeeeh, muy fácil. Llegamos a Llanes y estaba todo lleno y no teníamos ganas de andar, así que pillamos el tren y vinimos aquí.

Vale. No he escuchado nada.

Fuimos a comprar algo al bar-tienda de la estación del pueblo, el único sitio con vida propia, con jubilado incluído, con el que estuve hablando un rato, ya casi por costumbre. Los Madrileños resultaron ser también vegetarianos (más o menos), y compraron todo el queso que quedaba en la tienda. Luego, en el albergue, me dieron un poco y entendieron por qué cuando llegué a Muelna, tarde y cansado, no quise comer con todos y me dediqué a calentar latas.

El albergue era una mierda, pero estaba petado de gente: bicigrinos, jubilados veteranos del camino, italianos beatos e italianos adictos al betadine. Por suerte había una lavadora-secadora. Ropa limpia y seca para mañana. Un lujo, vamos.

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