Día 3 de peregrinaje: Seyssel (Ain) 14 de junio 2013

Duermo demasiado y desayuno a las ocho con las dos señoras germano-suizas, que hoy volverán a casa en tren, si no hay huelga. Solo por el desayuno mereció la pena la clavada del hostal. La mermelada, la mantequilla y el pan están buenísimos.

Hoy camino más tranquilo: he descansado bien, no me duelen tanto las ampollas y la ruta está muy clara. Chispea un poco por la mañana, pero cuando llego al Ródano sale el sol. Al llegar al río, se puede seguir hacia el sur, haciendo una etapa bastante larga, o continuar junto al río, caminando por una ronda verde hacia el norte y hacer noche en Seyssel. Como no lo tengo muy claro, sigo el carril bici y me encuentro con las dos yayas alemanas que dan la vuelta. Aunque no me gusta caminar por el asfalto, decido seguir hasta Seyssel, que creo que es bonito y hay oficina de información turística. Allí me encuentro con una chica encantadora que me recomienda visitar el pueblo (es su trabajo) y me reserva un albergue en Motz. ¡40 euracos! Pero dice que no hay nada más barato en el camino.

Seyssel es un pueblo que tiene un puente muy bonito y dos iglesias porque está en dos departamentos a la vez, uno a cada lado del río. Visito una exposición de Mazille, o algo así. En mi diario pone “buscar en google”. Es esta dibujante.

Doy la vuelta y pregunto a un yayo ciclista si para seguir hasta Motz tengo que desandar el camino, o hay algún atajo. Me dice que no, que tengo que seguir el Ródano hasta la carretera y luego mirar los carteles para encontrar el desvió. Motz está un poco hors-chemin; al dejar la carretera hay que subir por caminos agrícolas. Hace mucho sol y la subida es bastante fuerte; voy siguiendo los carteles que anuncian el albergue hasta que desaparecen y me encuentro con una colina que llena el paisaje. No sé para dónde tirar y no hay ni dios. Al final pasan dos chicos en un coche, a los que paro para preguntarles. Me dicen que el albergue está al otro lado de la colina y se ofrecen a llevarme. ¡Ni hablar! Sigo adelante y cuando estoy llegando un coche se para delante mío y sale un tío trajeado que se ofrece a llevarme, dónde sea. Me asusto bastante y llego al albergue casi corriendo.

Motz es una especie de urbanización con cuatro casas. En el albergue me recibe una mujer con la sonrisa (y los dientes) del camión-grúa de la peli “Cars”. No se le entiende muy bien. Mi habitación tiene ducha, tele y dos camas. Una pa ti y la otra pa tu mochila. Ja, jo, jajota.

Esto es lo que escribí en mi diario:

El wc es súper alto. Cuesta cagar ahí sin poder hacer fuerza con las rodillas. Y la ducha no tiene puerta ni cortina ni nada.
Primera colada. Cuelgo todo como puedo en la ventana. Los de la barbacoa de fuera pueden ver mis calzoncillos.

Cuando bajo al comedor, me encuentro con las dos alemanas (Gertrud y Margueritte), que están comiendo. La patrona me dice que yo también puedo comer algo, si quiero. No, no hace falta. En realidad ya me lo han preparado. Euh, no quiero gastar más dinero. Tranquilo, está incluido en el precio. La cena es una pizza rara de calabacín y carne con un flan de arroz. Intento comer el arroz que no toca la carne, pero no sabe a nada y lo dejo. Dice que es comida típica de las islas Reunión, de dónde es el marido de la jefa. Tienen dos hijas pequeñas que dan vueltas por ahí.

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