Día 47 de peregrinaje: Deba (Gipuzkoa) 28 de julio 2013

Adiós, Deba. Ciao guru Deva. Om. Me han dicho que tenías playa.

Me levanto bastante pronto porque quería caminar en soledad, pero es imposible: cada vez hay más gente. Me encuentro con el que sería mi primer profesor de italiano, un idioma que no había (mal) hablado desde una escapada que hice a Roma hace años. El chico quiere practicar español y yo aprovecho para que me corrija y me explique alguna regla. Es tan fácil. Vale, salire es subir, pero todo lo demás es catalano. Tengo que dar gracias al ragazzo, del que no apunté el nombre; la etapa era larga, sin ningún pueblo en medio y encima alguien había saboteado las flechas amarillas en el punto más complicado, a unos pocos kilómetros de la salida de Deba. Más tarde me explicarían que alguien ha comprado (o quería comprar) los terrenos por donde pasa el Donijakua Bidea y no quiere que los peregrinos se los pisen. Caminos privados, siempre caminos privados.

Por suerte mi amigo tenía una buena guía y las cosas claras y seguimos la buena ruta. Nos encontramos con una pareja bastante joven: los dos están estudiando en Barcelona, ella es de Madrid y él es también italiano, y habla castellano (y catalán) perfectamente. También es vegetariano y filósofo. El tercero que encuentro, creo, pero éste come moluscos porque dice que no tienen terminaciones nerviosas. Yo intento discutir con él al respecto, pero su novia me dice que no siga, que hay muy pocas cosas que puedan comer juntos. Dice que los vegetarianos no nos salvaremos del infierno, debe haber un círculo reservado para nosotros, donde las vacas se nos cagarán encima. Me gusta la idea; habría que completar la obra de Dante.

Los dos italianos se lían a hablar a hipervelocidad, se animan y nos dejan atrás. Yo ya me he acostumbrado a un ritmo más lento y constante, y voy hablando con la chica, pero va pasando el tiempo y, como  no ve a su novio, ella se empieza a rallar y finalmente decide correr a buscarlo (y cantarle la caña). Yo aprovecho para buscar un palo mejor que el mío que, aunque le tengo muchísimo cariño, está tan gastado que no puedo caminar con él. La chica llevaba un muy majo de avellano: largo, ligero y flexible, pero yo solo encuentro uno bastante pesado, duro y negro. No sé de qué árbol vendrá,  pero tiene una forma bonita. Finalmente llego a ritmo de nordic Walker hasta la ermita de Markina. Dentro del edificio hay una piedra enorme con un santo en medio. Cosas de bascos y sus piedros. Al salir, me encuentro a mi profe y al italiano tatuado de Pasaia. Me dicen que se perdieron, pero que continuarán hasta el monasterio de Ziortza. Yo me quedo aquí, descanso un poco y le regalo mi bastón gastado a un niño que ha venido con el esplai. Cuando veo que están llegando peregrinos en manadas, corro al albergue.

28.7.2013. Domingo. Día 47

El albergue está en la otra punta del pueblo, y la cola de mochilas y peregrinos tirados por el suelo es bastante grande. Tengo miedo de perder mi plaza. Es un albergue pequeño y algo cutre, pero hay sitio y las hospitaleras son muy amables. Hace poco que empecé el camino basco pero ya conozco a casi todos los peregrinos. Me pongo a hablar con el grupo de catalanes y llegan las dos hermanas (¿de Burgos?) que conocí ayer. Dicen que están muertas de hambre, ¿alguien tiene algo de comida?, en serio, estamos muertas. Les doy lo único que tengo, un paquete de galletas y lo devoran en seguida. Me ducho y me voy a dar una vuelta, que es mi manera de estirar. En el pueblo, me cruzo con las dos francesitas de Toulouse, que me preguntan si hay sitio en el albergue. Désolé, pero me parece que no. Encuentro un punto de wifi y veo que Félix me ha contestado: ha perdido a David pero está entusiasmado con el Chemin Francés.

Vuelvo al albergue y la colla quiere salir a cenar o a tomar algo. Yo preferiría ir a buscar otro falafel, pero acabamos en un bar más típico. Se me hace muy raro, un bar con una tele con programas de actualidad y cotilleos y familias y amigos haciendo el vermú. Lo único que puedo comer de la carta es un bocadillo vegetariano. Hago jurar y rejurar al camarero que el bocadillo no lleva carne y me dice que sí, con muy malos modos. Al final no lleva carne. Eso es jamón, no es carne. Me vas a hacer quitárselo. Me cabreo mucho, pero al final le digo que se lo quito y me lo como con rabial. El italiano-catalano-vegano me dice que he nacido en el país equivocado para ser vegetariano. En España, incluso meten pescados dentro de las olivas. Somos un grupo bastante raro: Jordi, el catalanista que pretende hablar euskera aunque nadie le entienda le entienda; Alberto, que está en paro y quería llegar a Santiago en tres semanas y que hoy abandonará porque no puede seguir el ritmo de Jordi con los pies llenos de ampollas; una chica suiza muy elegante y muy sonriente; otro catalán que ya lleva nosecuantos caminos; la parejita y yo. Jordi se empeña en hacer fotos y apuntar direcciones de e-mail y yo echo de menos comer con Félix y David en las puertas de los supermercados. No volveré a ver a nadie de este grupo en lo que me queda de camino.

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