Día 24 de peregrinaje: Figeac (Lot) 5 de julio 2013

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Conjunto monumental en Figeac

Es temprano, pero Marie se ha marchado ya con su covoiturage y Claire-Anne no ha podido apuntar sus señas. Después de la fiesta de anoche en la vitta è bella, el albergue se antoja un poco triste esta mañana, con solo tres peregrinos, pero Andrea se encarga de animar el desayuno y devolvernos la expectación por el misterioso sello con que Andrea nos estampará la credencial. Aunque esto no lo lea casi nadie, no voy a revelarlo, ni tampoco diré lo que guarda en el congelador. Se merece alguna visita más, aunque solo sea por la sorpresa.

Jean-Baptiste quiere comprar pan y se va comprar pan no sé donde y Clariana sale a caminar a toda prisa, con gesto de dolor. Le he explicado cómo debería estirar y que debería andar más despacio y descansar a menudo, pero prefiere andar a toda prisa, casi llorando para desplomarse al final de la etapa. Cada uno aguanta su cruz, supongo, y cada uno se la construye a medida.

Yo no quiero echar a perder el proceso de curación de mi tendinitos, así que me quedo atrás, procurando no perderla, sea por mi consabido caballerosidad. O también porque la chica tiene una guía muy buena con albergues “donativo” que nadie conoce. Cuando bajamos a un valle, la niebla me hace perderlos a ella y al camino, así que sigo por la carretera. Al dejar la niebla, nos volvemos a encontrar y me dice que con mi atajo me he perdido un espectáculo “superbe”: las cumbres de las colinas saliendo de la niebla. Dommage…

Sin decidirlo, decidimos seguir juntos un rato. Charlamos bastante y paramos a ver iglesias y a comer. Bueno, yo no llevo comida. Ella intenta ofrecerme algo. El paté es carne?

Claire-Anne es experta en arte religioso y se dedica a pintar iconos. Es un arte muy codificado y ya le va bien, porque se le da bien pintar, pero no tiene imaginación y, aunque no sepa qué dibujar, solo tiene que elegir una serie de símbolos. Que una “artista” me diga esto me pone tristísimo. Clariana, como casi todos los franceses, ha estudiado español durante años, pero solo sabe decir “Sí”, “Hola” y “Buenas días”. No para de sufrir porque le duelen los gemelos. Es una lesión muy típica y muy tonta, una simple sobrecarga. Solamente hay que estirar regularmente presionando fuerte con el talón, aunque duela y no forzar mucho hasta que se cure.

Tengo ganas de llegar a Figeac y dejar de sufrir viendo sufrir a mi compañera, cada vez de peor humor. Un coche se pone a pitarnos desde la carretera y Claire-Anne le insulta. Pero, si son nuestros hospitaleros, que van de compras a Figeac. Hablo con ?? en español, que me pregunta cómo va la chica. Le digo que está fatal y Andrea se ofrece a llevarla. Auf keinen Fall! Clarianne me dice que quiere seguir sola y empieza a caminar muy rápido. Yo sigo a mi ritmo y me la encuentro un par de veces descansando. En cuanto me ve, vuelve a ponerse en marcha en seguida, pero volveré a atraparla, aunque no quiera. El camino es el paraíso de los acosadores.

Finalmente llego a la entrada de Figeac, esos arrabales feos de naves y casas nuevas que tienen los pueblos grandes (o ciudades pequeñas). No tengo ni idea de dónde está el Carmel, así que voy a la oficina de turismo, donde me dan un mapa con una cruz, junto al río, donde está el monasterio y también Clarián, sin zapatos y comiendo fruta. Me dice que si me doy prisa, a lo mejor me dejan meter la mochila dentro. Dicho y hecho. Clariana me regala un melocotón que le ha dado el hospitalero. Lo devoro y le digo que me voy a comprar comida. Me paseo un poco por el pueblo, haciendo tiempo para la hora de abrir del albergue y compro muchísimo en un Leclerc. Después de tantos días de colmados timadores, un supermercado de verdad es un paraíso.

Cuando vuelvo cargado de bolsas, Clariana me pregunta si he hecho la compra para toda la semana. Es lo que tiene ir a comprar con hambre, pero no te preocupes, que esto no dura mucho. Nos abren, me ducho y hablo un rato con el hospitalero. Es un tío muy majo. Me toca compartir habitación con dos damas holandesas, que me dicen que el Carmel debía ser un colegio para chicas “descarriadas. En la habitación de Claire-Anne hay otras tres tías que no he visto todavía. El hospitalero y yo estamos bien acompañados. Me ducho, hago algo de yoga en el claustro y voy a dar otra vuelta por el pueblo.

El centro de Figeac está bien conservado pero mal cuidado. Es bastante grande, se nota que fue una ciudad importante en la antigüedad. Me recuerda un poco a Barcelona. Además, aquí vive gente joven! Chicas vestidas de verano! Buf! Comprando una postal para Aleix me encuentro a Dominique y la australian blonde, que me dice que cogerá un tren para volver a casa. El Oceanian Express, supongo.

Cuando vuelvo al albergue, ayudo a preparar la cena al hospitalero con Sophia, una peregrina francesa de mi edad. Parece maja. Al rato vuelve Claire-Anne con las otras tres chicas, una de ellas es una coreana de 18 años.

Cenamos todos juntos, todos menos las dos holandesas. En el comedor hay fotos de los peregrinos que han pasado por ahí. Ahí está Pierre! Pregunto por la “chica alemana del perro” y, también está ahí, con su novio español, recuperando los dos días de ventaja. La cena está muy bien, incluso para los vegetarianos. Hoy pruebo la crema de castañas. La conversación, sin embargo, no es tan agradable. Envidio a la coreana, nadie se esfuerza (o no sabe) en hablar inglés ni integrarla en la conversación, así que no tiene que tragarse una competición de beatas midiendo su fe y comparando sus experiencias. Y pensar que hay gente que ha sido tocada por dios y no quieren dejarlo entrar. Durante el camino he aprendido a aceptar el sentimiento religioso o espiritual que puede haber en cada uno, pero no soporto la soberbia del que lo utiliza para sentirse superior a los otros. Mientras aprendo algo sobre el alfabeto coreano, veo que Sophia y el hospitalero se quedan al margen de la conversación. Las chicas han decido que mañana tomarán la variante a Rocamadour, a hacer turismo religioso. Claire-Anne suspira aliviada cuando rechazo la propuesta.

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