Día 14 de peregrinaje: Saint-Privat-d’Allier (Haute Loire) 25 de junio de 2013

Me levanto con una sensación rara, como si ya fuera demasiado tarde. Ordeno mi mochila y bajo a desayunar, justo a tiempo para despedirme de Markus, que dice que hará un poco de turismo y luego seguirá adelante, hasta donde le llegue el tiempo. Se va, y me deja con toda esta colla de franceses. Bueno, mis compañeros de mesa son un David, un español y Félix, un quebecois, que me hablan en inglés. Hablar inglés se me hace tan raro como ver a un valenciano tan joven haciendo el camino francés de Francia. Además, él salió de Bristol. Cosas veredes…

En fin, tampoco hay tanto tiempo para hablar, porque tenemos que salir corriendo a la catedral, para asistir a la bendición del peregrino. Ahí está Markus, y mucha gente, pero no tanta como me esperaba. Es mi primera misa del camino, así que no soy tan diferente a los demás. Eso sí, soy el único que llora, conmovido por las palabras del cura. Ahora me pregunto si ese discurso tan cálido, abierto y alentador no sería el mismo que el padre pronunciaría todos los días a riadas de peregrinos diferentes vestidos con poliester de colores. Es igual, a mí me marcó y me confundió y, de alguna manera, entendí por qué tantos muertos de hambre se animaron en el medievo a compartir piojos y enfermedades en busca de los huesos de un santo.

Peço-vos Senhor que me ajudeis nesta fase dificil de minha vida. Fazei ??? que tudo corra bem ??? a minha saude. Agradeço-vos de tudo o ??ças.
Saint-Jacques
Rogai por nós.

A la salida, empiezo a caminar con Félix, en busca del camino. No es tan fácil y tenemos que preguntar. Compostelle? Ça me dit rien! Es un bar, o qué? Una discoteca? Otra vez! Que lo sepas, que lo que da sentido a tu pueblo es el señor Saint-Jacques de Compostelle!

En fin, los peregrinos expertos sin estrenar nos alcanzan y solo tenemos que seguirlos para salir de la ciudad y encontrar el camino. También encontramos a Théo, un chico de 18 años, de Versalles, que nos pide permiso para ir con nosotros. También nos pedirá permiso para hacer fotos y no se callará en toda la etapa, que ya me va bien, porque no tengo muchas ganas de hablar, aunque todos los franceses se empeñen a preguntarme de dónde vengo y por qué carajo estoy aquí.

La verdad es que es una primera etapa muy bonita, suave, con pueblos pequeños y cuidados, con sus iglesias románicas que por dentro son como cuevas. Y hace un día fantástico para caminar. Félix se esfuerza en hablar en francés estándar y Théo ametralla p’tits y grands mots, imposibles de entender. Así, sin darnos cuenta y perdiéndonos una vez, llegamos tranquilamente a Saint-Privat, donde solo quedan dos camas, una de ellas de matrimonio, que compartirán Félix y Théo.

Théo se ofrece a pagarnos un truc, un verre, algo para beber, si Félix le compra tabaco. Théo ha acabado el instituto y está aquí para volverse adulto, aunque su madre le ha hecho un equipaje enorme, con un botiquín lleno de cosas y más mudas de las que yo tengo en casa. Quiere dejar de fumar y recurre a argucias como obligar a la gente a comprarle tabaco, autohumillándose. Está leyendo “así habló Zarathustra”.

Félix es trabajador social y ha dejado el trabajo para desintoxicarse y, quizá, escribir un libro (ha traído su ordenador, un portátil de los grandes!). Cuando acabe el camino irá a Marruecos. Quizá es tradición, porque es lo que hizo Mariel, también quebequesa y travailleuse social, en otro camino. Félix lleva una mochila, unos pantalones y unas botas que parecen pesar varias vidas. También lleva un tatuaje bastante chulo. Está leyendo el libro del Coelho sobre el camino de Santiago.

En el pueblo no hay gran cosa a hacer. Yo quería comprar calcetines, pues he perdido un par, pero solo tienen un cajón de pares sueltos, a precio de oro, así que volvemos al albergue, a cenar y conocer el resto de peregrinos. En la cena (a mí me dan seitán rebozado; hay que estar preparados para los vegetarianos; siempre hay alguno) me entra mi primer bloqueo francés. Una señora portuguesa se compadece y habla un poco conmigo, para desintoxicarme. Lo cierto es que funciona. ¿Por qué duran tanto las cenas francesas? Los hospitaleros son muy amables: son una pareja que se conoció en el camino, ya yayotes, y decidió montar un albergue. Tienen un hijo adolescente y un perro.

En mitad de la cena, se abre la puerta y aparece la viva estampa del peregrino. El peregrino de las estampas, con capa, bastón y sombrero con vieiras. Los hospitaleros lo preparan todo para que tenga un plato de comida (a mi lado) y un sitio donde dormir (en la cocina). Resulta ser un colgado que acabó de darme la noche con preguntas como “¿Tú quién crees que es mejor? ¿Saint-Jacques o Saint-Pierre?” Yo soy de San Roque.

Después de que Marie nos enseñe su pijama de castidad, mitad batamanta mitad saco de dormir, intento dormirme mientras Félix teclea en su ordenador.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s