Día 63 de peregrinaje: A Fonsagrada (Lugo), 15 de agosto de 2014

Ni idea de dónde salió esta foto. Pero mola...

Ni idea de dónde salió esta foto. Pero a mí me mola…

Lo malo de dormir en el suelo y en medio del paso es que vas a ser el segundo en todo el albergue en despertarse. Los primeros son polacos. No tengo nada para desayunar, así que en seguida estoy listo y, no sé muy bien por y para qué, les ayudo a sacar unas mesas y sillas al patio. Cuando el polaco más viejo se pone una especie de túnica sobre el uniforme de peregrino marca Quechua, lo entiendo todo. Van (vamos) a celebrar una santa misa. Es más o menos igual que la española: no se entiende bien lo que dice el cura, la gente lo repite todo murmurando y al final te dan una hostia. A mí, además, me dieron las gracias y una bendición en español (más o menos).

Después de comulgar, salgo corriendo, pues la etapa va a ser (literalmente) maratoniana. Las curvas hasta el embalse, quemando chancla, saludando a los del albergue y a los franceses que se dan la vuelta, son mucho más largas de lo que dicen los mapas. Y la subida amenazaba ser peor, una carretera estrecha, siempre con un ojo puesto en los coches. En ese momento recibí un mensaje, alguien me reclamaba desde el otro lado de la vida. Entonces, caminando dos dedos sobre el arcén, dejé de ser peregrino por un rato, ¡qué diablos!, y llamé a mi hermano y estuve hablando con él hasta Grandas de Salime, mientras los coches me pitaban y se acordaban de mis antecesores.

En Grandas solo había un albergue juvenil y ninguna tienda de zapatos, así que compré algo para comer y seguí adelante, hacia el siguiente albergue de peregrinos, en Fonsagrada.

Parábola del perro:
Érase una vez un perro gordo y manso que iba detrás de los peregrinos en busca de comida. Normalmente recibía jugosos trozos de embutido, pero el peregrino que encontró aquella tarde, vegetariano (vegano en prácticas), solo le daba garbanzos. Y no demasiados, pues también tenía hambre. El perro cada vez exigía con más firmeza su ración, y el peregrino se empezó a poner nervioso, mientras apartaba el tarro de sus fauces. Como no podía comer tranquilo, decidió marcharse de allá, pero el perro no estaba dispuesto a quedarse sin comer, así que lo persiguió, ladrando cada vez más fuerte. El peregrino se puso firme y gritó al perro, haciendo movimientos bruscos que parecían disuadirlo. El perro se volvió más dócil y temeroso, pero no dejó de mendigar, así que, viendo que no podría librarse él, el peregrino le dio un último garbanzo e intentó acariciarlo. El perro, en cambio, al ver cómo tenía al humano dominado, saltó hacia él y estuvo a punto de arrancarle una oreja de un mordisco.
La moraleja es que debemos aprender a decir que no y mantenernos firmes en nuestra decisión pues, si cedemos después de negarnos, los demás interpretarán esto como una debilidad e intentarán aprovecharse de nosotros, con violencia incluso.
(Fans de Paulo Coelho: el perro no era negro)

Mientras estaba con el perro, me di cuenta de que cinco peregrinos españoles (bueno, uno parecía guiri) me iban a adelantar, así que salí disparado. El camino no es una competición, pero, ya digo, ¡qué diablos! Gané, claro, pero en Fonsagrada ya no había plazas. La amiga de los peregrinos de la iglesia hizo una llamada a Padrón y me dijo que me diera prisa. Aproveché y le compré otra credencial, pues la mía estaba en las últimas.

Una vez allí, me encontré con mi Némesis/colega, Dennis el occitano, siempre sonriente. Viajaba con un señor catalán que se fue a comer al pueblo. Nosotros no teníamos nada, así que cocinamos todo lo que había en el albergue. En seguida llegó Víctor, médico chino de Pamplona. Bueno, no era chino, pero su medicina no. Poco después llegaron dos niños franceses de Barcelona (venían de Barcelona, uno parecía alemán y el otro español). Les ofrecí mi cama para que durmieran juntos y pasé la noche con Víctor (qué romántico todo esto, je). Víctor, fumando en la ventana me dijo: “tú tienes ansiedad”. Pues sí, ¿tanto se nota? Además estoy muy cansado.

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