Día 65 de peregrinaje: Lugo, 15 de agosto de 2013

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Hoy se cumple un año de mi llegada a Lugo. Día de la virgen y todo cerrado. Cómo pasa el tiempo y qué despacio escribo.

Cuando me despierto en el albergue de O Cádavo todavía es de noche, pero al mirar el reloj me doy cuenta de que no es tan temprano. Los días se hacen más cortos, el verano se acaba y viajamos hacia el oeste. Salgo en seguida, decidido a empezar a mi aire pero, como estas cosas no se deciden, empiezo a caminar con Johannes, el alemán rasta con la nariz pelada que iba con el grupo de españoles fumaos. Y empezamos mal, alumbrando los bordes de la carretera con el móvil para darnos cuenta de que vamos por un camino equivocado y tenemos que volver.

Ahora sí, en seguida llegamos a Castroverde, donde querría haber hecho noche. Es un pueblo pequeño y, al pasar delante de una casa, un señor se dirige a mi bastón. Su forma la llama la atención y, además, detecta que Johannes es alemán. El paisano nos explica que vivió durante años en Alemania y nos abre la puerta de su garaje. Allí tiene centenares de criaturas de madera, grandes, pequeñas, humanas, extraterrestres. Es la madera la que dicta el recorrido de su cuchillo al tallarlas. Le regalo mi bastón y el, a cambio, me da uno más bonito y limpio, gravado de espirales. También le compro un peregrino narizotas, para regalar. No he comprado ningún souvenir.

En el pueblo nos encontramos a los pies descalzos germanosuizos y hacemos un café con ellos. Estos últimos días, aunque llenos de incertidumbre, son tan bonitos… Johannes ya hizo el camino el año pasado y parece que no logró encontrarse a sí mismo. Trabaja con sus padres en un huerto ecológico y es un experto en el cultivo de maría. Hablamos de educación, psicología (o locura) y el sentido y las direcciones de la vida, hasta que llegamos a Lugo.

La entrada no es demasiado prometedora, hasta que llegamos a la gran muralla y al albergue. El sitio está bastante bien, con un hospitalero gallego de pura cepa. (¿Se puede cocinar? Hombre, hay cocina, pero no hay aperos. ¿Han traído ollas?). Cuando salimos, un trío de alemanes que han llegado en autobús intentan convencer al hostalero de que los aloje. La chica me hace ojitos y me pide por favor, en alemán, que hable con él. Ni caso, los hospitaleros gallegos siguen las normas a rajatabla y, además, son gallegos. Primero entran los caminantes, luego los ciclistas y, a partir de las ocho, si hay sitio, los tramposos.

Johannes y yo vamos en busca de una amiga suya, una francesa que se lesionó y vino en taxi y nos dedicamos a hablar y recorrer la muralla, la mejor pista de atletismo que he visto nunca. Pasamos por alguna zapatería y Johannes mira los precios. ¿Rebajas? Podrías comprar algo, si hoy no fuera fiesta. Acabamos en un bar, hablando de mil cosas, a veces tan personales que solo se hablarían con gente de paso y en lengua extranjera.

Johannes quiere ir a la misa especial del día María y le acompaño mientras su amiga se va a la pensión que yo le he reservado por teléfono. En la catedral de Lugo tienen una hostia permanentemente consagrado y el cura se dedica a repartir hostias verbales a los feligreses. Johannes no entiende nada, pero disfruta de la ceremonia desde nuestro rincón de plebeyos. De vuelta, hacemos una cena vegana con la colega y nos despedimos. Todos los europeos han sido vegetarianos en alguna ocasión y no tienen problemas en recordar viejos tiempos. Cuando llegamos al albergue, el trío de alemanes tramposos están entrando por la ventana. Se les ve muy contentos, se han salido con la suya. Yo ya estoy muy cansado y me duermo solo con tocar el saco de dormir. Había prometido darle mi teléfono a Johannes, pero al final solo se llevó mi crema para quemaduras de narices. Hay que aprender a valorar los encuentros por lo que se comparte en ellos y no por lo que duran ni la posibilidad de que se repitan. “Somos barcos que se cruzan en la mar”, me dijo una vez un investigador holandés en un hostal de Bruselas.

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