Día 30 de peregrinaje: Moissac (Tarn-et-Garonne) 11 de julio de 2013

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Para celebrar mi mes de peregrinaje, me he pasado casi toda la noche escuchando los ronquidos del Ratzinger francés. Eran unos ronquidos terribles, irregulares, soplando, jadeando, relinchando. Imaginaba que era una bestia, enorme, hecha de rebanadas de pan de molde y yo trepaba por ella, armado con un cuchillo para untar. La única manera de vencerle era embadurnar las rebanadas con mermelada y comérmelas, pero la bestia era muy grande y, encima, se regeneraba. Normalmente, para dormirme, imaginaba que me derretía y me iba filtrando por las sábanas, el colchón, el somier, hasta el suelo. Si dormía en la parte de arriba de la litera y tenía a una chica debajo, la técnica podía resultar contraproducente.

En fin, que no he dormido casi nada y encima me despierto temprano. No llevo nada de comida, así que salgo de Lauzerte el primero, en solitario, aunque mi querido Jean-Baptiste me alcanzará en seguida y me adelantará (doublera) varias veces. Mejor así, hoy prefiero caminar solo. Cuando vas a tu aire pasan cosas. Por ejemplo, alguien ha dejado cerezas en una cesta y una cajita para donativos. Como voy solo, no dejo ni un céntimo, sin pasar vergüenza. Hay que decir que solo cogí las cerezas que me cabían en las manos. Bueno, en las manos y antebrazos y pecho. Me costó bastante comerlas.

La etapa de hoy termina, sí o sí, en Moissac, junto con Conques, uno de los puntos principales de la vía del Puy. Aquí también se irán para casa varios peregrinos, como Jean-Paul. Me he encontrado con él y con su inseparable Philip a unos diez kilómetros de Moissac y decido acompañarles y despedirles. Philip caminará un poco más, aunque su mujer le requiere desde hace días. De Jean-Paul no sé gran cosa, apenas habla. La verdad es que la compañía se agradece, pues el camino es bastante soso y Moissac resulta ser una ciudad feísima, toda, excepto el monasterio, un edificio enorme. Mis colegas no quieren pagar los 3,5 € que cuesta la visita al claustro, pero vemos la catedral. Hay una estatua de un burrito muy mona. Después de dos semanas encontrándolos varias vecescada día, me despido de Philip y Jean-Paul (alias los JanPoles). Las despedidas siempre me ponen triste pero, en fin, es hora de ir a buscar hospitalidad cristiana.  ““Les soeurs””, dice mi folleto.

Me esperaba un convento, pero es un edificio normal y no parece tener señales de vida. Falta mucho para que abra, así que vuelvo a la parte monumental, donde encuentro a Jambo con la Australian Blonde. Se van a ir a una table d’hôtes, el lieu donativó no sale en su Miam-miam-dodo. No me creen. Vuelvo y me encuentro a dos viejos esperando a las hermanas. Finalmente nos abre Marie-Christine, una hospitalera peculiar. No tiene muchas ganas de hablar, no tiene comida (¿podéis comprar algo?), me explica más donde está todo y me dice que se lo explique a los que vayan llegando. Se lo explico a los dos viejos y a una mujer buenorra que llega al rato con su hija (pre-buenorra), que se ha aprobado el BAC y lo celebran así. Finalizada mi labor de hospitalero suplente, voy a visitar el claustro con los dos viejos. El claustro es un jardín con columnas todas diferentes y hechas caldo y un montón de piedras de cosas que había antes por ahí dentro. Aprovecho para descansar un poco y escuchar a los guías en tantas lenguas que entiendo. Los dos viejos pagaron por tener guía.

A la vuelta, después de comprar algo de comida, me espera una agradable sorpresa. Quentin-content y la guapísima Anneline también pasarán la noche aquí. La hospitalera no está, así que hago mi trabajo (de prêtre, según Anneline) y les dejo que se coman mi queso. No sé qué me pasa, pero la comida se me atasca en la boca del estómago y no puedo comer más. Será porque hoy casi solo he comido cerezas. La hospitalera llega y me dice que va a buscar un martillo, pero por suerte se me pasa. ¿Un martillo? En fin, mejor seguirle la corriente a Marie-Christine, que nos quiere gobernar.

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El burrito sabanero!

 

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