Día 35 de peregrinaje: Éauze (Gers), 16 de julio 2013

Fritz, quizá la única persona viva del “sitio llamado Lamothe” nos recibe con el Bolero de Ravel a la hora del desayuno. Este hombre, con sus maneras bruscas, su aspecto de oso ermitaño y su mezcla de lenguas, se hace querer como pocos hospitaleros. Además, gracias a él tengo un mapa que me permitirá atravesar los Pirineos por el Cantábrico.

Félix y David han acampado fuera. No podemos disfrutar durante mucho tiempo del desayuno porque en seguida llegan unos periodistas terroristas a filmar sin permiso como nos atamos las botas y otras cosas de peregrinos. Así que dejamos en su salsa a la pareja bleda y a la chilena belgicana de ayer y salimos a pisar la tierra.

Después de tantos días caminando solo, se agradece tener compañía, aunque me cueste utilizar el inglés como lingua franca con un hispano y un francoparlante. Cada día es una vida nueva, y cada día tienes que ser una persona diferente. El plurilingüismo es primo de la esquizofrenia, creo que hay artículos que lo demuestran. Además, David y Félix han creado una especie de comunidad de dos personas, un lenguaje propio y sus propias bromas; una mezcla entre el señor de los anillos, el heavy metal, los juegos de rol y los memes de internet. Psí, son (somos) unos putos friquis.

El camino nos lleva a Éauze (atención con el acento) donde casi tengo que obligarles a visitar la catedral. Bueno, tampoco es gran cosa, pero a mí me gusta pararme en los pueblos y ciudades ver qué personalidad tienen, qué significaría vivir allí. Supongo que la mayoría hace el camino para eso, caminar y llegar a un sitio y descansar. Y otros para ver y comer cosas. Yo no sé muy bien para qué vine aquí (ya pasé como cuatro crisis de fe). Cuando viajo con más gente siempre pienso en lo que haría si estuviera solo. Supongo que me hago demasiadas preguntas.

En fin, después de atravesar Manciet y otros pueblos gascones que tengo apuntados, llegamos, bajo un cielo muy turbio, a Nogaro. Parece un nombre japonés, dice Félix. Lo primero que encontramos es un circuito de carreras (circuito Paul-Armagnac) y, mucho después, el pueblo. Empieza a llover, así que no hay excusa para pararnos. Hay que seguir hasta el camping, que está en el quinto c*ñ* y, encima, el camino no está muy bien señalizado.

En el camping nos encontramos con Jean-Baptiste, que no hace muy buena cara. Ya nos habíamos encontrado antes con él: estaba ilusionado porque el camping tenía piscina y podría amortizar el bañador que había comprado en Lectoure. Llueve a cántaros sobre la piscina, pero nosotros deberíamos comer algo hoy también, así que salimos de expedición al Lidl de la carretera. El Lidl es un paraíso vegano en Francia. Félix y David se empeñan en pagar un montón de botellines de cerveza negra para celebrar mi cumpleaños.

Cuando volvemos, empapados, invitamos a Jean-Baptiste y a las chicas, Céline y Joanne, que están allí también, por supuesto. Todos rechazan la oferta, así que acabamos los tres fricazos jugando a una especie de “jo mai mai” (I never) con preguntas de temática sexual/aburda, para acabar debatiendo sobre la inmutabilidad del ser. Fuera coña, que tenemos un filósofo entre nosotros. Félix y yo nos empeñamos en que una persona puede cambiar, evolucionar, crecer, ser mejor. Por algo emprendimos este camino. Pero David (y Parménides, creo) se empeña en que nada puede cambiar, todo cambio es ilusión. El agua del río puede moverse, pero sin dejar el río. Los mosquitos y esta conversación hicieron que, pese al alcohol, no durmiera muy bien.

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