Día 37 de peregrinaje: Pimbo (Landes), 18 de julio 2013

El camino de hoy es bastante agradable. No hace mucho calor, no estamos muy cansados y la pista es bastante plana: una jungla de girasoles cabizbajos bajo un cielo blanco como una taza de leche. El sol aparece débilmente y Félix dice, mirad, el sol parece la luna.

Los tres hemos conseguido caminar a un ritmo constante, cómodo, quizá no demasiado rápido, muy diferente al paso militar a ritmo de “they’re taking the hobbits to Isengard” de David. Nos adelantan algunos abuelos pero no cuentan, no son peregrinos.

Mis notas no son claras así que voy a hilar recuerdos de días quizá distintos para tejer la historia. ¿De dónde ha salido la fuente de la foto? En algún sitio hemos leído que en Miramont-Sensaq tienen fiesta hoy y que el siguiente albergue está en Pimbo. Pimbo, hijo de Bilbo, nieto de Bambi. Quizá fue en aquella casa donde paramos a comer tortilla (David no) y beber cocacola y jugar a fútbol con un perro. Genial, aquél perro, qué espíritu con el balón. O fue hoy cuando, al para un momento a mear, un perro empezó a seguirme y tuve que volver atrás para encontrar a los dueños y luego correr para alcanzar a los metaleros.

El caso es que nos sentamos en un chozo (parada de autobús) e intenté reservar, dándome cuenta de que me costaba hablar francés sin traducir antes mentalmente al inglés. En fin, teníamos cama en Pimbo.

Pimbo es una iglesia, bueno, una colegiata. Hay algunas casas al lado, que a lo mejor son casas o a lo mejor palomares, porque no hay nadie. Las hospitaleras están hablando a la puerta del albergue, y tienen más pinta de turistas pixapins que los propios peregrinos. Esperamos un rato a que abran, va llegando más gente, pagamos y se largan. A casa, a alguna casa.

El albergue es bonito porque es una casa, con una habitación grande con colchones por ahí tiraos, un salón con un sofá y una cocina-cocina. Creo que la cocina daba igual, porque no llevábamos apenas nada. El albergue está bastante petado de peregrinos viejos, del tipo francés con cara de alemán y con personalidad de alemán también. Hablan poco. David y Félix se quedan descansando pero yo, como siempre, después de la ducha me voy a explorar al pueblo.

O sea, me voy a ver la iglesia. Y la exploro. Encuentro una puerta que da al claustro y allí puedo hacer yoga en mi intimidad, pinchándome con los cardos y dándo de comer a los mosquitos. Como estamos en un albergue de ancianos y en el pueblo no hay nada, nos vamos a dormir muy pronto.

Lo de dormir es un decir. A estas alturas ya estoy acostumbrado a todo tipo de ronquidos humanos, pero en albergue tenímos un representante de otra especie, alguien que dio el salto evolutivo antes de tiempo o que nos visitó de otro planeta, otra realidad, para enseñarnos que podemos ir más allá de nuestras propias capacidades. Estuve pensando en arrastrar mi colchón a la cocina, pero al final me decidí por dormir en el sofá carcomido. Gracias, señor francés-alemán, si hubiera habido alguien en la iglesia, habría pedido un exorcismo para usted.

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