Día 42 de peregrinaje: Hespelette (Pyrénées-Atlantiques), 23 de julio 2013

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La etapa de hoy va a ser muy larga y siguiendo rutas desconocidas. Mi destino, siguiendo las etapas que me marcó Fritz de Lamothe, es Hespelette. Me levanto y salgo a caminar cuando todavía es de noche. Me hace ilusión estrenar la linterna, el frontal, como le llaman los expertos, pero al sacarla me doy cuenta de que no funciona. Quizá se quedó encendida y las pilas se gastaron. Quizá el destino quería que caminara a tientas, siguiendo la fotocopia que me dio la funcionaria alumbrándome con el móvil (no tengo ninguna aplicación de linterna, así que hice una foto a “algo blanco” y, al abrirla, me alumbraba un poco). El mapa solamente me sirvió para llegar el Nive, un riachuelo. Como no veo muy bien, me empapo mis zapatillas que hace tiempo que dejaron de ser impermeables por culpa de los agujeros. Como no veo muy bien, hasta que amanece no veo que hay un puente aquí al lado, con una señal que me indica que estoy en la “Voie de Bayonne”. Otro camino para la “cole”!

Mis notas y mis recuerdos son muy dispersos. Sé que me perdí entre caminos, marcas y cruces, y una niebla que no me dejaba ver donde estaba el oeste. Todo estaba muy cuidado, pero apenas había casas, una por kilómetro, calculo. Después de varias kilómetros (o kasas), llamé a una puerta. Me recibió un anciano que apenas sabía francés, llamó a su mujer y, ésta sí, me explicó por donde debía continuar para llegar a Cambo. Un pueblo!

En Cambo toca comprar provisiones. Solo hay una tienda y la señora me sablea a base de bien, lo típico cuando un forastero llega a un pueblo perdido. ¿Estos garbanzos no están caducados? La chica de la tienda ♥, me pregunta adónde voy, de dónde soy. Lee mi camiseta de corredor nocturno. L’Hospitalet es España, ¿verdad? Y me desea una bonne rute y me regala una bolsa de fresas y en ese momento me hubiera casado con ella y me hubiera quedado en ese pueblo y habría llevado una vida feliz estafando a los montañeros.

Pero no, hay que seguir adelante, sin excusas, que ahora el GR está bien marcado y, subiendo unas escaleras de piedra, llego a Cambo, que resulta ser un pueblo muy turístico, lleno de familias francesas que han venido de excursión. Lleno de barro y sudor, me pongo a la cola, detrás de niños y abuelos bien vestidos, hasta que la chica de la oficina de turismo (tengo apuntado que es búlgara) me da otro mapa. Le pido que llame al albergue de Hespelette, la gente se imapcienta, la chica se muerde los labios y me dice que está lleno. Me da otro mapa más grande y me dice que la otra opción es el camping de Ainhoa, desviándome bastante de mi GR y de Compostela.

Aun sabiendo que el camino más directo era tomar la interdépartamentale, seguí con las marcas de GR hasta Hespelette donde, como me dijo la de turismo, estaba todo lleno, lleno de familias francesas con camisas de safari, visitando a las tribus euskaldunak. Otro pueblo bonito que no visito, pues el sol se está poniendo, así que (ahora sí), arcén y mantra hasta que se hace de noche y llego a Ainhoa. Un pueblo con frontón, iglesia y cementerio, muy bonito incluso a oscuras.

En el camping hay un cartel que dice “se habla español”, así que me dirijo en es esa lengua al recepcionista. Pero ya no puedo engañar a nadie, ya tengo cara de guiri y el cartel es mentira. El camping es muy caro, pero tengo el albergue para mí solo. Llamo a mi madre para felicitarla por su cumpleaños y cambio mi gel casi vacío por un bote que alguien ha dejado: champú para la cabeza, el cuerpo y para afeitarse.

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