Día 45 de peregrinaje: Donosti (Gipuzkoa)), 26 de julio 2013

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Uno de esos días épicos, en el sentido literal, con un coro (o un hospitalero veterano) discutiendo al principio lo que ocurrirá en el capítulo y dioses que bajan con cuerdas al escenario.

El héroe deberá partir solo, dejando todo atrás y llevando solo una moneda para pagar al barquero que le llevará a la otra orilla de la ría del Bidasoa. El héroe prometió hacer todo el camino, eh, caminando, así que se pasea de un lado a otro de la barca mientras ésta le transporta, apenas 200 metros. Al otro lado del río, el héroe puede tomar el camino corto y llano, atravesando la barriada de Pasaia nosequé, o subir y bajar el monte Igeldo. Por supuesto elige este arduo camino, sembrado de empinadas escaleras. Al llegar a la cima, puede ver la mítica playa de la Concha.

Cuando entra en la oficina de turismo donostiarra para que le estampen la conchita en la credencial, el hé… el imbécil se da cuenta de que se ha dejado el eBook en el albergue. El héroe, humillado, toma el autobús aguantando la mirada del resto de los mortales. Un peregrino en bus… ¡qué vergüenza! Además, no es capaz de encontrar el embarcader, tiene que preguntar a un señor que, encima le paga el viaje. El albergue está lleno de gente porque en la ermita se celebra una misa. Al fin encuentra al hospitalero, que le da su elibro y casi una colleja. Otro viaje en barca, otro autobús y, ¿por dónde iba?, subir la montaña del otro lado de la Contxa y, al bajar, … ¡dos caminos!

Ya le habían prevenido. El camino sigue la carretera hasta Orio y el otro es un GR sin cuidar. No hace falta aclarar qué camino tomó. El camino de las zarzas y los terraplenes y las marcas cubiertas por hierbajos. El camino acaba en una cala “secreta”, un montón de rocas afiladas y resbaladizas rodeado de maleza. El héroe deja su ropa, mochila, zapatos, ¡gafas! entre las piedras y se tira al agua. La corriente es muy fuerte y le empuja contra las rocas. ¡Cuidado! Esquivándolas se da cuenta de que se está alejando mucho. Entonces, el horror! No se está alejando, es la marea que está subiendo, cubriendo las rocas. ¡Las rocas! Intenta apresurarse, pero el oleaje le golpea con fuerza y, sin gafas, no es capaz de situarse. El paisaje ha cambiado tanto. La pequeña cala ahora parece enorme y, sin zapatos, desplazarse por el roquedal es lento y doloroso. El héroe llora, imaginando su regreso, vagando indocumentado y en busca de ayuda por la carretera, ensangrentado después de haber atravesado desnudo las zarzas.

Entonces llega el milagro. Una barca atraca no lejos de la piedra donde el héroe se sentó y lloró. El héroe (en bolas) se levanta y grita y manotea la figura que está preparando una caña de pescar. Corre, tropieza y, nervioso, explica la historia (la verdad). El señor, con bigote y ¡gafas!, mira hacia las rocas, se aleja, despacito, el héroe tiembla, sin pensar siquiera en taparse las vergüenzas. El señor levanta una mano y, milagro, le indica dónde están sus cosas, a salvo del mar, por poco tiempo. El héroe se deshace en agradecimientos y lágrimas y se recompone, bueno, se viste. No es lo mismo estar desnudo ante gente borrosa que cuando puedes reconocer su expresión.

De vuelta a la maleza el cielo se cubre y el héroe hace lo propio con su chaqueta, para calentarse y protegerse de las espinas. El camino desaparece y empieza a llover. Cuando por fin abandona el matorral, se da cuenta de que está lloviendo a cántaros. Aquí el terreno es cada vez más abrupto, a veces roca desnuda, increíblemente resbaladiza. El héroe sube, sube entre los pinos, para poder hacerse una idea de hacia donde se dirige. Siempre hay una nueva cala en el horizonte*, una cala que promete ser Orio y acaba siendo nada más que rocas. Hasta que encuentra una verja, la atraviesa y unos chicos salen de una casa y le echan fuera sin piedad pero el héroe ya sabe que ha llegado a la civilización, que al otro lado de la verja hay una puerta que da a un camino que lleva a otras casas. En la siguiente casa, toca el timbre. Le abre la puerta un señor, un padre que responde en euskera a la voz de una niña. El señor entra en casa y vuelve con un bolígrafo y un trozo de papel. Otro mapa que señala dónde está Orio: muy lejos, siguiendo las curvas de la carretera de la costa, después de una ermita (“hermita”, escribe). El héroe, estúpidamente, corre bajo la noche y bajo la lluvia, temiendo que el albergue esté lleno o esté cerrado o no esté.

El albergue está abierto y la hospitalera y los peregrinos que hay en el porche le tranquilizan. Quítate los zapatos y llénalos de diarios: mañana estarán secos. Ahora dúchate y luego hablamos. En una caseta hay peregrinos fumando y tomando té. El místico de Pasaia dice que es ayurvédico y cura el cáncer. También dice que ha sobrado arroz. No sobró ni un grano. La hospitalera dice que mañana me dará una guía, para que no me pierda, no de esta manera.

*“Si Orio no está en la siguiente cala, me suicido y luego sigo”

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