Día 48 de peregrinaje: Ziortza-Bolibar (Bizkaia), 29 de julio 2013

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“Día maratoso-lento”. No sé qué fumaba cuando escribía estas cosas… Mi entrada en España ha sido muy accidentada y siento que no soy el que era en Francia, que tampoc es aquel programador calienta-sillas. Da igual, solamente hay que seguir andando. Es fácil. Sobretodo ahora que tengo una completísima guía del gobierno de Euskadi: las etapas son largas, pero hay muchos pueblos donde parar.

El camino es una carretera y el primer pueblo es Bolibar, con B y sin acento. Me paro a descansar junto al busto del libertador y espero al equipo venezolano 1. Vienen con la idea de reverenciarlo, pero la ortografía del euskera no les convence. A mí no me gusta la pose y el traje de señorito de plantación.

La próxima parada es la colegiata de Zenarruza (o Ziortza), donde me hubiera gustado pasar la noche. Los colchones que hay en el porche me dicen que la habría pasado al raso, lo que no hace más que sumar su encanto. El italiano-catalano-vegetariano-come-bivalvos me saluda y su novia madrileña sigue una calzada romana en perfecto estado tras nosecuantos siglos recitando la guía.

Qué día maś lento… Sigo, sigo hasta Gernika donde ya sé que no voy a dormir, pues todos los albergues son privados y caros o pensiones. Pido el mapa en la oficina de turismo y hago el guiri mirando el mosaico del cuadro de Picasso y visitando al árbol desde la reja. Está muerto.

No sé cómo puede ser tan tarde. ¿Por qué los días son tan cortos ya? Camino entre los pinos hasta Lezama, última carta. Por el camino me encuentro con el skater tatuado, acompañado de una chica muy guapa con una guitarra. Me dice que cree que es inglesa (no la entiende bien). Ella me dice que toca la guitarra para ganar alguna moneda, mientras hace el camino. Skater-boy me dice que pasó la noche en Ziortza y que el albergue de Lezma va estar lleno, pero que no me preocupes. Ellos han venido al pueblo a comprar en autobús.

El albergue es una especie de bungalow prefabricado. El cartel dice “completo”. El hospitalero, con la voz metálica de fumador hadcore, me dice que no pasa nada que hay una plaza. Estoy rendido. Alguien me deja poner mi ropa en una lavadora y un señor liga en inglés con niñas polacas. Luego llega la pareja de la guitarra. La guitarresta es irlandesa del Ulster y tiene una voz preciosa y una humildad que debe ser el “candor” del que hablaban los libros de cuando yo era niño. Las señoras francesas le piden que toque canciones de Joplin y Dylan. Luego un chico catalán le pide que le deje tocar una. Cigarrillo en mástil, se lía con unos acordes y un arpegio de “En un Mercedes blanco”. Alguien me dice que toque algo y no puedo más que hacer una rueda de acordes, una especie de rumba. La chica se queda un poco flipada. ¿Cómo puedes hacer eso con mi guitarra? No sé si lo dice para bien o para mal. El hospitalero, con su voz cascada, nos da su bendición y nos abrazamos en rotllana. En el teléfono, tengo noticias de la otra vida, la laboral. Bona nit.

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