Día 49 de peregrinaje: Bilbo (Bizkaia), 30 de julio 2013

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Después del ambiente de camaradería, hermandad y espíritu peregrino (el que es peregrino un día, lo será para toda la vida), se me hace extraño partir en soledad, volver a los pinos. El pino es uno de los árboles más artificiales. Un bosque de pinos es un merendero. Sobretodo si hay mesas y sillas. Y mountain-bikes. Y, una vez en lo alto de la colina, la metrópolis bilbaína. Me la imaxinaba més petita.

Mi visita a Bilbao fue ultrarápida, maratoniana. “Maratontoniana”, dice mi diario. Hay peregrinos que cruzan la ciudad en Metro y otros se pasan el día en el Guggenheim. Yo fui a sellar a la oficina de turismo, aprovechando para pillar un mapa y conectarme un segundo a internet. Mi futura empresa necesita una documentación, así que tengo que pasarme por el locutorio. Mientras tanto, visito la catedral con un peregrino italiano sin pelo, un gran tipo, compañero del que ligaba con las polacas, que ha empezado su camino en Lourdes.

Atravieso, más bien bordeo, Bilbao por la ribera derecha de la ría. Hace mucho calor y no tardo en envidiar a los que van en metro. A las afueras, donde la ciudad se convierte en fábrica, veo un wok, menú estudiante, superbarato y decido darme un festín. Los woks son un paraíso vegano y yo comí demasiadas cosas crudas. La vuelta al camino, el calor y el olor de alquitrán hicieron que la comida no saliera tan a cuenta.

Más ligero llego a Getxo y ya veo el puente colgante. Resulta que hay que pagar también, poca cosa, pero hay que hacer cola ante una máquina y luego pasar a una plataforma. Hay plataformas para personas, coches y bicis. Los carteles venden el artefacto como una maravilla de la ingeniería, pero para mí es un ascensor horizontal. Al otro lado está Portugalete.

Portu es un pueblo empinado lleno de escaleras mecánicas y un paseo bastante bonito al otro lado de la ría. El albergue cuesta un poco de encontrar. Parece que soy el primer peregrino y el hospitalero me dice que se tiene que marchar y que le sustituya. Así que hago de hospitalero suplente y me voy encontrando con conocidos pasados y futuros. Están las dos hermanas de Albacete, que me vuelven a dar las gracias por las galletas y un abuelo brasileño que me hace muchas preguntas sobre el camino y los caminos. El hospitalero acaba volviendo y resulta ser un tío muy majo. Es del pueblo y cuando tiene vacaciones se las pasa en el albergue. Hacemos una especie de terapia de grupo que no acaba siendo muy satisfactoria. La conclusión es: “si no te gusta lo que haces y te largas a Alemania a hacer lo mismo que hacías en Barcelona, no vas a ganar nada, quédate en casa”.

En fin, que me voy a la playa, aunque tenga que volver a pillar el puente de las narices. La playa resulta ser bastante asquerosa, estrecha y llena de alquitrán. Está llena de familias que tienen pinta de ser del pueblo y, como me siento fuera de lugar, enseguida vuelvo al albergue. Es la hora de los ciclistas, que vienen acelerados en hordas, stripers con extraña ropa interior que hacen cien kilómetros antes y después de la siesta. Cada camino es un mundo.

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