Día 57 de peregrinaje: Ribadesella (Asturies), 7 de agosto 2013

Villahormes.

Complejo Turístico Punta Pestaña. Gesturocio Asturica, S.L.

El peor albergue del camino. Period.

Me acabo de despertar y ya (o todavía) estoy agotado. No tengo provisiones y afuera llueve. Llueve un huevo, una lluvia densa que se mezcla con la niebla, que parece que no me deja avanzar, cansado, sin ver a nadie, pero con unas ganas tremendas de dejar este camino del norte.

Mis notas son escasas, difusas y desordenadas. Recuerdo caminar hasta lo que me pareció Ribadesella pero que no era más que una urbanización. Llovía tanto que, al ver una cancela abierta con un cartel que anunciaba albergue, entre en la propiedad. No había nadie, pero junto a la casa había una especie de capilla abierta. Entré: por dentro estaba decorada al estilo tibetano, con fotos y textos en sánscrito y alemán. Había una guitarra sobre un cojín de éstos para hacer yoga y me senté a tocar un poco. No vino nadie.

Seguí bajo la lluvia hasta el supermercado “El Árbol” junto al puerto de Ribadesella. Compré pan de molde y mermelada y desayuné bajo un toldo. Ribadesella es un destino turístico y un pueblo muy bonito, lleno de mansiones de indianos que pagaron una buena pasta a arquitectos modernistas. El puerto también es bonito, bonito sería pasear y subir y bajar por el otro lado y yo que sé.

No era siquiera la hora de comer cuando llegué al albergue de San Esteban. Justo en ese momento dejó de llover y apareció el sol de agosto. El albergue estaba cerrado pero allí había una mesa y un gato, así que me senté a comerme mi bote de garbanzos. El gato resultó ser vegano también, noble y vegano y agradecido. Al rato llegaron dos argentinos, uno argentino-alemán y el otro argentino-porteño, a los que les ofrecí mi navaja y mis explicaciones por rechazar sus embutidos. Estoy muy cansado y de aquí no me mueve nadie hoy. Mientras hablamos, llega un chico silencioso que se sienta a la puerta del albergue. Al rato empieza a llover y el chico, noble también, y catalán, usa su funda para tapar mi mochila también y catalana. Los argentinos se van a tomar una autobús o colectivo al pueblo, no recuerdo bien… Así que me vuelvo con el noble catalán, a no hablar y a esperar a que venga la señora y nos abra. Lleva años de hospitalera y ésta es su otra casa. Una casa muy chula, la verdad.

Y lo que pasa cuando corres mucho y luego te paras. Te vuelves a encontrar con todo dios. Con las niñas de Guadalajara y la envidiosa de Aldeadávila. Con la horda de italianos que llega con refuerzos. Y con Manuel, mi discípulo rechazado, que sigue igual de pesado, o más, aunque se ha dado cuenta de que no quiero hablar con él. En realidad no quiero hablar con nadie, solo quiero tenderme al sol como la ropa mojada y no pensar.

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