Día 60 de peregrinaje: Cornellana (Asturies), 10 de agosto 2013

 

He dormido fatal en el colchón de aire del bajo del casal de barri de Escamplero. La gente que me rodea es mala y fea y tonta, comparones que han empezado a caminar ayer en Oviedo. El único que me entiende es el borracho que salió de Burdeos. Y su burro. Adiós.

El camino es bonito y verde en Asturias, así que huyo sin remordimientos de los pueblos y sus gentes y sus peregrinos. Por desgracia, una de ellos me alcanza y, a estas alturas de la película, no puedo escapar ni cambiar de ritmo. El suelo y lo que queda de mis suelas son una misma entidad que decide por mí. La peregrina se llama Albaine, es francesa y está aprendiendo castellano. “Jo” te sigo, me dice. Y bué, es una chica maja, algo mayor que yo, guapa y alegre que recoge dientes de león y ortigas para hacer sopa. Al rato se nos une su amiga italiana, que también está aprendiendo español.

Al entrar en Grado, subiendo la cuesta, solo y sudado, un señor mayor me mira fijamente. “Te compadezco”. Solo me faltaba esto para perder el norte, el suelo y lo que me queda de cordura y volver a la capilla de Hermann Hesse y la fuente. No recuerdo cómo había hecho para deshacerme de las hispanófilas, pero en ese momento me sentí tan solo que casi corrí para acabar la etapa en Cornellana.

Del monasterio de San Salvador de Cornellana queda una colegiata destroyada en medio de las zarzas. El albergue es un edificio nuevo bastante mal señalizado. Soy el primero en llegar y tengo que aguantar la comedia de los hospitaleros hablándome en inglés para guiris (castellano a gritos y con gestos absurdos). En seguida llega una familia de peregrinos a los que les doy un poco de miedo (también me hablan en ese dialecto). Y, finalmente, la tropa de peregrinos deportistas con palos y lycras, hablando y comparando sin escucharse. Yo me voy a hacer mis yogas junto a la hermanita de la familia, que toma el sol en bikini. Lo malo de llegar tan pronto es que luego no sabes qué hacer en el albergue, sobretodo si no conectas con la gente. Por suerte, la italiana me propone ir a comprar al pueblo, Cornellana. Pero tenenemos que darnos prisa, porque hoy van a celebrar una misa especial en el templo en ruinas. Y, si llevamos la credencial, nos pondrán un sello edición coleccionista. Yo paso, que mis cuadraditos están contados (literalmente).

Finalmente asisto a la misa con un grupo de polacos que llegaron a última hora. El templo estaba más o menos arreglado por dentro y no se nos calló encima. El cura parecía nervioso, o novato, o ambas cosas y los polacos se pusieron muy tristes cuando vieron que todos los demás peregrinos obtuvieron un sello especial y ellos no, porque no se enteran de nada, porque los polacos viajan en manada y no se relacionan con los otros peregrinos y no entienden el inglés para guiris, solo las frases que llevan en su guía y que pronuncian mejor que los mismos españoles.

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