Día 52 de peregrinaje: Güemes (Cantabria), 2 de agosto 2013

Solamente salir del albergue de Liendo, ya me doy cuenta de que hoy va a ser un día difícil. Hoy me he levantado con la necesidad de caminar hacia adentro. Pero ayer, o no sé cuándo, formamos un grupo, y es difícil huir de los grupos, sin ofenderlos, cuando todos vamos al mismo sitio y siguiendo la misma ruta.

Pero resulta que no hay solamente una ruta. El camino del norte es un Kamino Kreativo. Puedes ir por la costa, o por los caminos, o por la carretera. Tampoco está muy bien señalizado, así que a veces no sabes muy bien por dónde tirar y, claro, acabas en la carretera. Ése fue nuestro caso; me adapté a regañadientes a la democracia de grupo y a mis pocas ganas de discutir. Ni de hablar.

Al llegar a Laredo me desmarco del grupo dos veces. Una para visitar la iglesia (cerrada, of course) y los murales modernistas que decoran el pueblo, y comprar algo y perder el tiempo. Cuándo vuelvo a la larguísima playa, me vuelvo a encontrar con todos: un madrileño, una alemana, una italiana, un belga y otro español. ¿Me estaban esperando? Borde de mí, me sigo apartando del grupo y metiéndome en el mar para, como buen Jesucristo, caminar sobre las aguas. Cuando veo que todos se meten en el agua para seguirme, me siento como Forrest Gump. Entonces se puso a llover y alguien tuvo que tomarnos una foto. Un montón de peregrinos con sus ponchos caminando entre los surfistas neoprenados.

Al final de la playa hay un embarcadero donde se toma el ferry (il traghetto) para ir a Santoña. Yo no lo sabía, yo quería ir caminando, pero el camino-camino no seguía la costa. Mientras espero el barco hablo un rato con un francés medio perdido, encantado de encontrar a alguien que hable la lengua del imperio, esperando a los otros y subimos todos al transbordador.

En la otra orilla, todo se vuelve muy confuso. El barco descarga su cargamento de peregrinos que inunda unas vías peatonales sin marcas. ¿Dónde está el camino? El grupo se para a discutir y a Barbara, la chica alemana, le da el bajón., Está echa polvo, no puede con su alma, con su cuerpo ni con su mochila de más de diez kilos. La italiana decide continuar y yo decido hacer de caballero (tonto) y quedarme con la de Colonia. Es una tontería, porque no la voy a ayudar y lo voy a pasar mal, pero con el grupo también me rallaría, así que, noblesse oblige. Esto ya me pasó en otro camino, pero aquella vez la chica me gustaba… Caminamos muy despacio y paramos en una gasolinera, donde la chica compra un helado y llora y me explica entre sollozos su vida en alemán y no la entiendo bien. ¿Acaba de terminar el instituto o se ha divorciado? ¿A vivido en Estados Unidos o lo hará cuando termine la universidad?

No sé muy bien cómo, bueno, sí, siguiendo los mapas alemanes, hemos caminado por carreteras de mierda, pero hemos atajado mucho. Mientras descansamos, el grupo nos pilla. En el grupo está el alemán de los petas, también de Colonia, y me alivia pasarle el testigo y que la chica se desahogue con alguien que la entienda. El objetivo es llegar a Güemes, el albergue ídolo. El camino está muy mal señalizado y van pasando cosas. A Barbara la recoge una caballera en coche, que le ve la carita de pena y se la lleva al albergue. El otro alemán nos deja, caminando a su bola escuchando su Hörbuch del Hóbbit. El belga y el de Madrid me dejan solo con la italiana, Denise, que no calla un segundo.

Llevamos caminando un buen rato y no hemos visto rastro de Güemes ni de conchas ni de cáscaras. Hasta que vemos a un chaval con cara de alucinado. Viene del albergue, el mejor albergue que pueda imaginar. Una experiencia increíble. Le han dado lentejas. Wtf? Llegamos al pueblo. Entramos al bar. Sí, el albergue está ahí mismo. Lo lleva mi marido. ¿Tu marido es el padre Ernesto? Ahí mismo no hay nada, solo casas a medio construir, la misma casa en diferentes épocas, como si camináramos hacia atrás en el tiempo. Denise espera que nos den zumo de unicornio en lugar de lentejas.

Llegamos al albergue. Debemos ser los últimos. Nos dicen que vayamos al segundo edificio, porque el albergue está lleno, pero no podemos ducharnos porque hay que asistir en una reunión. Precisamente en nuestro edificio. Así que dejamos las cosas en la calle y escuchamos la chapa que nos pega el ayudante del padre Ernesto. El albergue está lleno de guiris que han venido en grupos, como si fueran colegios. La charla, traducida al inglés por Denise, es soporífera. Todo pararecordarnos lo bueno que es el padre Ernesto y él mismo y que tenemos que dar una buena aportación. Quince euros como mínimo, que nos van a dar de comer.

Bueno, les dieron a los demás. A mí me dieron un poco de verdura y me mandaron a pastar con las vacas. A mí y a “la vegana esa” que no conocí. Por suerte guardaba un bote de garbanzos que me comí mientras maldije para mis adentros a Güemes y sus sectarios. Me costó dormir por la rabia que llevaba dentro. Y por tumbarme, sin almohada y con el pelo mojado, en una colchoneta de la sala de reuniones.

“Como mínimo quince euros”. Ja!

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