Día 61 de peregrinaje: Salas (Asturies), 11 de agosto 2013

Aun quedan muchos kilómetros para tocarle la chepa al apóstol, pero este día ya huele a último, el camino está casi caducado y solo pienso en doblar las etapas, quemar las suelas y volver a casa para volver a marcharme. Me resulta imposible vivir el presente, todavía menos anotarlo.

En Salas, nos dijeron, hay un bar donde si te tomas un café te dan un “pícnic del peregrino”, un festín de tortillas y embutidos. En este punto del camino y de mi vida ya estoy casi-casi veganizado, así que solo me llevé unas cuantas naranjas y plátanos. Los polacos del monasterio intentan pedir una cosa muy rara y muy típica que sale en su guía, “carajitos del profesor” (lo he buscado, qué bien pronunciaban los cabrones). La del bar no tiene y les ofrece otra cosa, no recuerdo.  Les traduzco que está recien hecho, o hecho en casa, o no sé, pero lo compran y la del bar me mira agradecida, porque todos los peregrinos vienen a comer tortilla por el precio de un café.

Y bueno, caminar, comer naranjas, adelantar a los peregrinos de ayer y de hoy, pasar ermitas y fuentes. La ermita de Herman Hesse. Y el señor que me dice que hay AGUA, CERCA, BEBER, AGUA (gestos). Sí, ya le entiendo, si hablo español. SÍ, si hablas MUY BIEN! Y lleno la botella de agua y el hombre está contento de ayudar a un peregrino guiri sucio y con barbas. Y no he encontrado en ningún lugar de internet el texto de Herman Hesse sobre una capilla que leí en una ermita y ya he llegado a Tineo, final de etapa, etapa que quiero doblar.

Tineo es un pueblo muy raro y feo, todo cuesta arriba y en varios niveles. El albergue está cerrado y yo intento encontrar las cuestas para seguir adelante, hasta un bar cerca de la iglesia. Allí, no sé cómo, me pongo hablar con una mujer pequeñita y morena, de pelo cortísimo. Marie solo habla francés y es una SDF (sin techo) que un día salió de África y otro día empezó a caminar en Francia y otro día llegará a Compostela. Me invita a una cerveza con el dinero que ha recogido por ahí y yo le pago otra. Marie habla mucho, supongo que lleva mucho tiempo sin poder hacerlo en francés. Marie estuvo casada con un hombre muy rico, casado a su vez con otra mujer, de la que ella se enamoró y acabó mal (en Francia). Marie está caminando por Mandela (entonces muy enfermo). Marie dice que Jesús era negro y, cuando resucitó, se volvió blanco y que los hospitales recogen sangre para que los extraterrestres puedan mezclarla con la suya. Marie intenta convencerme de que pase la noche con ella, junto a la iglesia. Me enseña el sitio, su manta y su mochila de Batman. Marie dice que desde que se cortó el pelo tan cortito, ya no han intentado violarla.

No sé cuántas horas estuve hablando con Marie. Nos invitamos otra vez a tés y cafeses, mientras el sol bajaba hasta que se hizo de noche y yo temí que el albergue no puediera albergarme. Al final, con pena, me despedí y le dije al del bar que me cobrar, mientras ella miraba triste su cerveza.

En el albergue había muchísima gente, pero también muchos colchones para los rezagados. Allí conocí a dos chicos, uno catalán y el otro madrileño, que se habían encontrado en el camino hacía años. Los dos estaban decidiendo si harían la ruta de los hospitales o su variante. La de los hospitales es la senda antigua que sube y baja la montaña por caminos escarpados, veinte kilómetros sin más rastro humano que los antiguos albergues (hospitales) en ruinas. Sin fuentes ni cobertura telefónica. Y mañana se anuncia lluvia y la niebla por estos lares es muy espesa…

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