Día 55 de peregrinaje: Muelna (Asturies), 5 de agosto 2013

Al alba abandono los barracones del monasterio trapense de Cóbreces, preparado para afrontar las innumerables aventuras de cada día con solo una manzana en el estómago. Como de costumbre, el camino se confunde con la calzada y, como no se vé mucho, me fío más de los indicadores de “Comillas” que de las conchas.
Entro en Comillas justo a tiempo de despedirme de la ciclista de Badalona. Es muy temprano todavía y es bonito visitar este pueblo tan turístico, ahora vacío, a la luz del amanecer. Como todo está cerrado, pido un bocadillo de tortilla y un café en un bar. Mientras descanso, un grupo de peregrinas entra haciendo mucho ruido y enseñando mucha carne, por muchos lados. Miro para otro lado como un adolescente, o un monje medieval. Estamos en agosto, tío y esto no es la Francia católico-puritana.
En fin, acabo el bocadillo y hago una visita relámpago de este pueblo modernista de ricos coloniales. El capricho de Gaudí está cerrado y no voy a esperar, así que acabo pasando el tiempo en el cementerio, mirando al ángel de Llimona, que me devuelve una mirada distinta en cada punto cardinal. Se debe morir bien aquí, apartado, en lo alto del acantilado.
El camino sigue por el “parque natural” de Oyambre, plagado de coches y campos de golf. En medio de esos desiertos verdes encuentro a John, el yanki de ayer. Está un poco desesperado porque lleva siglos sin encontrar agua. Mientras le paso mi botella, un coche se para junto a nosotros. Es el corso de Santillana, encantado de reencontrarme! Hablamos un ratito, porque se tienen que marchar ya, y aprovecha para darme su tarjeta. Antes de subir al coche, su hija me dice orgullosa que su prima también es vegetariana.
Sigo caminando con John hasta San Vicente de la Barquera, mientras me comenta que España es un país imposible, que todo está cerrado porque siempre es fiesta. Y creo que tiene razón. Al cruzar el puente que atraviesa la marisma (parece que haya un mar a cada lado), me despido de él para ir a comprar algo. Ya le digo que me parece que no pasaré la noche aquí, porque el pueblo no me da buenas vibraciones. En el súper me encuentro a dos españoles que han adoptado a un gigante coreano. Me comentan que solo hay un albergue, y carísimo, y que el siguiente está en Liendo, muy lejos y sin garantías de que esté abierto. Al salir, las Avenidas de Franco y de Jose Antonio me quitan cualquier rastro de ganas de quedarme. De todas formas subo hacia la iglesia, la iglesia más espantosa del camino, el castillo y pregunto en el albergue los precios (más caros que en una pensión). Me reencuentro con las macizas del bar de Comillas, que me ayudan a orientarme (hacia la carretera) y me dicen que ellas han reservado una habitación, en una pensión precisamente.
Mantra mental para convencerme de que la N-634 es el camino de las estrellas, camiones, polvo, curvas cerradas, adelantamientos, arcenes estrechos, claxones… en algún momento entramos en Asturias. Unquera y sus corbatas dulces (el hojaldre es carne). El camino vuelve a ser camino, calzada real de bloques de piedra enormes, montañas a cada lado. Es tan fácil entrar en otro mundo… Pero la calzada se acaba y volvemos a la polvorienta nacional 634.
El regreso al territorio camionero es mucho más duro que antes, hasta que me encuentro con el peregrino “Die Hard”, Dennis, que con sus dos palitos presume de hacer etapas de 60 Km. Es de Toulouse pero habla bastante bien español, algo de occitano, algo de catalán, euskera incluso. Es un alivio poder caminar y hablar con alguien en estas condiciones, pero me cuesta seguirlo. Mirando su guía, decidimos ir a Muelna, donde hay un albergue nuevo. Bueno, creo que él ya lo había decido, pues el kilometraje de la etapa le cuadra.
El ritmo de Dennis es demasiado para mí. Le digo que tengo que parar para mear y el tío sigue sin inmutarse. Al meterme entre los árboles descubro una playa. Hay un grupo de personas junto a las rocas y me acerco. Es una cueva! Es tan fácil entrar en otro mundo… Dejo la mochila en la arena y entro con toda esa gente y sus linternas y un perro, caminamos con cuidado, entre el agua y las piedras hasta que llegamos al otro lado. El mar! Al salir, me doy cuenta de que está anocheciendo y de que no sé dónde está Muelna… ni Dennis.
No estaban muy lejos, y el Toulosan me está esperando en la puerta, preocupado. Cuando me ve llegar, respira aliviado y me echa una buena bronca. En el albergue están cenando y yo le pregunto a la hospitalera si puedo calentar mi pote de garbanzos. La mujer es alemana y no me entiende bien, así que acabo explicándole en su idioma que soy vegetariano y, bué, que tampoco quiero pagar más. Es una mujer muy agradable, aun no domina el idioma ni lo de ser hospitalera. Solamente quedaba una plaza! Me da un abrazo y un poco de ensalada. Después de cenar salgo a respirar un poco al jardín. Un chico de Madrid me pregunta si soy vegetariano. Él también lo es, pero no su novia. También hay un grupo de chicas de Guadalajara, muy jóvenes y un poco piradas, que podrían perfectamente ser de Angón. Una de ellas, que salió a caminar con la mochila del cole y no lleva casi nada, se está quemando, así que le doy mi crema solar protectora, quedándome la regeneradora por lo que pueda pasar.

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