Día 41 de peregrinaje: Hélette (Pyrénées-Atlantiques), 22 de julio 2013

Esto va a ser mucho más complicado que antes. Ya me lo habían dicho y ya lo sabía, pero esto no me quita la sensación de desamparo. Ni marcas ni peregrinos ni albergues jacquaires. Solo un mapa dibujado a mano y unas cuantas indicaciones no demasiado claras. Etapa de hoy: Saint-Palais – Helette. Abandonar este pueblo va a ser tarea difícil. Sí, puedo caminar por la departamental, siguiendo los paneles de carretera, pero me han dicho que hay un camino.

Sé que tengo que viajar hacia el suroeste, así que me interno en los campos, intentando caminar en esa dirección. Pero el camino no está muy claro, y un riachuelo no me deja avanzar. Intento rodearlo, pero me doy cuenta de que me estoy desviando y, además, casi todas mis opciones están cerradas con alambradas de púas. No me queda otra que decidir cuál de mis dos bambas “impermeables” tiene menos agujeros, meter ese pie en el agua y pasar al otro lado. Y al otro lado me espera otra verja con sus pinchos. Pero ahora no me voy a echar a atrás, así que, invocando a san Betadino, la traspaso como puedo.

Con los pies mojados y lleno de rasguños, sigo caminando hacia el sur, siempre al sur (esto me recuerda al “Diablo II”). Demasiado hacia el sur, porque no tengo ni idea de dónde estoy. Finalmente encuentro una carretera y la sigo, cantando mis mantras que me protegen del calor, el asfalto pegajoso y los coches que parece que, hasta el último momento, van a llevarme por delante. Intento salir de la departamental cada vez que tengo ocasión, pero todos los caminos están cerrados o me llevan hacia el sentido opuesto. Hasta que veo, casi borrada, una marca que dice: “Voie de Bayonne”. Otro camino! Lo sigo a ciegas y, en poco tiempo, estoy en Hélette.

Heleta (en Euskera) es un pueblo pequeño de edificios bastante modernos, parece una ciudad de fin de semana, de veraneo. El albergue es una casa recién renovada. Hay un cartel que me dice que tengo que pedir las llaves en el ayuntamiento. Allí hay otro cartel que dice que aun no han abierto, así que pregunto a unos niños dónde hay una tienda (a cinco metros de dónde estoy) y voy a comprar algo para comer y para cocinar por la tarde.

La funcionaria está muy contenta de tener un peregrino y poder hablar un rato. Está sola en su despacho y en el edificio y no parece tener mucho trabajo.  Ella habla también euskera. Su hijo se casó con una española, de Navarra, y esperaba poder comunicarse con ella en esta lengua, pero ella solo habla español, así que no se entienden. Antes de despedirnos, me explica cien mil veces (peregrino + extranjero = tonto) dónde tengo que dejar las llaves cuando me vaya mañana y me dice cómo desear buen camino y “bon courage” en vasco.

En el albergue me doy cuenta de que el cuscús que he comprado lleva pollo, así que lo dejo en la nevera con una nota y paso la noche escribiendo más “conneries” y haciendo dibujos en el libro de oro. Los pocos peregrinos que han parado aquí son, la mayoría, alemanes, suizos y holandeses.

Bide on! Kureia on!

Día 43 de peregrinaje: La Rhune? (Aquitaine) 24 de julio 2013

P1010305Al mediodía, cuando vi el mar desde lo alto de los pirineos (atlánticos), con la banda sonora de Jurassic Park en la cabeza (sí, la parte épica, David), pensé: ya está, ya he llegado Eso debe ser Hondarribia. Solo tengo que bajar hasta la costa y volveré el camino. Me acordé de las palabras de Pierre, el SDF. “Has dejado tu trabajo para que otro pueda trabajar y te has puesto a caminar para que el mundo pueda seguir rodando”. Al final es verdad que la fe mueve montañas y pude ver el mar, siguiendo una ruta bastarda.

Realmente no soy capaz de seguir la ruta en los mapas del internet. Según la oficina de turismo de Sare, esto es el GR-10, ¿no? Pero, ¿hasta dónde? Las marcas se acaban aquí. El valle que crucé antes de llegar aquí debe ser el d’Ossau. El tren destartalado que vi al subir seguro que es el petit train d’Artouste. Y esta cima no sé qué nombre tiene… ya me cansé de buscar.

Bajar una montaña para ver el mar. ¡No fue tan fácil! Aquéllo era Hondarribia, sí (o no), pero el camino seguía hasta una pequeña cala y era imposible seguir la costa. Después de preguntar a toda persona que encontré, no quedaba otra opción que volver a subir por otro camino y entrar a España por… ni idea.

No sé cuántos quilómetros debo haber hecho. Salí de noche de Ainhoa con una linterna sin pilas, siguiendo, en teoría, la ruta de la Nive (es un río), sin luz y sin pueblos, solo caserones aislados, habitados por campesinos que hablan francés con mucho esfuerzo (Iparralde profundo). Uno se siente un invasor picando a sus puertas o mezclándose entre las vacas. En Sare, me encuentro una oficina de turismo, con una empleada que habla español perfecto pero que no tiene ni idea de rutas. GR-10, una caminata muy bonita para hacer sin equipaje y las piernas frescas. Quizá la más bonita del camino.

El perroflauta que al fin ha dominado las selfies:

P1010302Caballos, sin dios ni amo (aurrera animalistak):P1010308

Día 40 de peregrinaje: Domezain (Pyrinées Atlantiques), 21 de julio de 2013

Esto no es el camino: es la départamentale 11. Acabo de abandonar la vía de le Puy y a mis épicos compañeros de camino, David y Félix, que continuarán por el camino francés, como diós manda. Fue muy triste, decirles adión a unos colegas que me habían acompañado durante más de una semana, y a los que había ido persiguiendo desde que me quedé aparcado en Conques. Pero mi idea era hacer este camino solo, no quería repetir la ruta ni los errores del año pasado. Y no quería volver a atravesar Logroño. Esta carretera en realidad es un atajo, para ellos y para mí. Estábamos muy cansados y hacía un calor horrible. Ibamos encontrándonos con los peregrinos franceses con los que nos habíamos cruzado tantas veces. Me parecía que todos teníamos un aire de derrota. Saint-Jean-Pied-de-Port es el final e inicio para mucha gente. Recuerdo que, poco antes de despedirnos, David apartó de la carretera un gato aplastado (o era un erizo) con solemnidad y con su bastón. Un bastón que yo le había dado y que no usaba para caminar; simplemnte lo llevaba. Después de los abrazos (stay epic, my friend) no hice más que ver gatos, erizos, pájaros y serpientes forrando el asfalto, mientras los coches me pasaban rozando, apartándose en el último segundo. Pueblos pequeños de casas grandes y separadas. Desiertos. Cementerios sin agua. Ninguna señal que marcara el camino. Todo me parecía el peor de los presagios. Por suerte al final de la carretera me esperaba el cruce de la vía de Puy con la de Vézelay: Saint-Palais, con su albergue de franciscanos y la lluvia.