Día 47 de peregrinaje: Deba (Gipuzkoa) 28 de julio 2013

Adiós, Deba. Ciao guru Deva. Om. Me han dicho que tenías playa.

Me levanto bastante pronto porque quería caminar en soledad, pero es imposible: cada vez hay más gente. Me encuentro con el que sería mi primer profesor de italiano, un idioma que no había (mal) hablado desde una escapada que hice a Roma hace años. El chico quiere practicar español y yo aprovecho para que me corrija y me explique alguna regla. Es tan fácil. Vale, salire es subir, pero todo lo demás es catalano. Tengo que dar gracias al ragazzo, del que no apunté el nombre; la etapa era larga, sin ningún pueblo en medio y encima alguien había saboteado las flechas amarillas en el punto más complicado, a unos pocos kilómetros de la salida de Deba. Más tarde me explicarían que alguien ha comprado (o quería comprar) los terrenos por donde pasa el Donijakua Bidea y no quiere que los peregrinos se los pisen. Caminos privados, siempre caminos privados.

Por suerte mi amigo tenía una buena guía y las cosas claras y seguimos la buena ruta. Nos encontramos con una pareja bastante joven: los dos están estudiando en Barcelona, ella es de Madrid y él es también italiano, y habla castellano (y catalán) perfectamente. También es vegetariano y filósofo. El tercero que encuentro, creo, pero éste come moluscos porque dice que no tienen terminaciones nerviosas. Yo intento discutir con él al respecto, pero su novia me dice que no siga, que hay muy pocas cosas que puedan comer juntos. Dice que los vegetarianos no nos salvaremos del infierno, debe haber un círculo reservado para nosotros, donde las vacas se nos cagarán encima. Me gusta la idea; habría que completar la obra de Dante.

Los dos italianos se lían a hablar a hipervelocidad, se animan y nos dejan atrás. Yo ya me he acostumbrado a un ritmo más lento y constante, y voy hablando con la chica, pero va pasando el tiempo y, como  no ve a su novio, ella se empieza a rallar y finalmente decide correr a buscarlo (y cantarle la caña). Yo aprovecho para buscar un palo mejor que el mío que, aunque le tengo muchísimo cariño, está tan gastado que no puedo caminar con él. La chica llevaba un muy majo de avellano: largo, ligero y flexible, pero yo solo encuentro uno bastante pesado, duro y negro. No sé de qué árbol vendrá,  pero tiene una forma bonita. Finalmente llego a ritmo de nordic Walker hasta la ermita de Markina. Dentro del edificio hay una piedra enorme con un santo en medio. Cosas de bascos y sus piedros. Al salir, me encuentro a mi profe y al italiano tatuado de Pasaia. Me dicen que se perdieron, pero que continuarán hasta el monasterio de Ziortza. Yo me quedo aquí, descanso un poco y le regalo mi bastón gastado a un niño que ha venido con el esplai. Cuando veo que están llegando peregrinos en manadas, corro al albergue.

28.7.2013. Domingo. Día 47

El albergue está en la otra punta del pueblo, y la cola de mochilas y peregrinos tirados por el suelo es bastante grande. Tengo miedo de perder mi plaza. Es un albergue pequeño y algo cutre, pero hay sitio y las hospitaleras son muy amables. Hace poco que empecé el camino basco pero ya conozco a casi todos los peregrinos. Me pongo a hablar con el grupo de catalanes y llegan las dos hermanas (¿de Burgos?) que conocí ayer. Dicen que están muertas de hambre, ¿alguien tiene algo de comida?, en serio, estamos muertas. Les doy lo único que tengo, un paquete de galletas y lo devoran en seguida. Me ducho y me voy a dar una vuelta, que es mi manera de estirar. En el pueblo, me cruzo con las dos francesitas de Toulouse, que me preguntan si hay sitio en el albergue. Désolé, pero me parece que no. Encuentro un punto de wifi y veo que Félix me ha contestado: ha perdido a David pero está entusiasmado con el Chemin Francés.

Vuelvo al albergue y la colla quiere salir a cenar o a tomar algo. Yo preferiría ir a buscar otro falafel, pero acabamos en un bar más típico. Se me hace muy raro, un bar con una tele con programas de actualidad y cotilleos y familias y amigos haciendo el vermú. Lo único que puedo comer de la carta es un bocadillo vegetariano. Hago jurar y rejurar al camarero que el bocadillo no lleva carne y me dice que sí, con muy malos modos. Al final no lleva carne. Eso es jamón, no es carne. Me vas a hacer quitárselo. Me cabreo mucho, pero al final le digo que se lo quito y me lo como con rabial. El italiano-catalano-vegano me dice que he nacido en el país equivocado para ser vegetariano. En España, incluso meten pescados dentro de las olivas. Somos un grupo bastante raro: Jordi, el catalanista que pretende hablar euskera aunque nadie le entienda le entienda; Alberto, que está en paro y quería llegar a Santiago en tres semanas y que hoy abandonará porque no puede seguir el ritmo de Jordi con los pies llenos de ampollas; una chica suiza muy elegante y muy sonriente; otro catalán que ya lleva nosecuantos caminos; la parejita y yo. Jordi se empeña en hacer fotos y apuntar direcciones de e-mail y yo echo de menos comer con Félix y David en las puertas de los supermercados. No volveré a ver a nadie de este grupo en lo que me queda de camino.

Día 59 de peregrinaje: Oviedo (Asturias), 9 de agosto de 2013

P1010554Lo primero que hice al llegar a Oviedo, o su área metropolitana, fue comer Falafel. Si en Kébec no hay Kébab, en Francia no hay Falafel. M’enfin…

Lo segundo, claro, es ir a la catedral de San Salvador, donde guardan el santo sudario. O sea, que le da mil vueltas a la de Santiago, donde solo guardan los huesos de un apóstol.

“El que va a Santiago y no va al Salvador visita al criado y deja al Señor”

Al final, todas las catedrales son más o menos lo mismo, y no tengo tiempo, ni ganas de pagar. Sello mi credencial por cumplir y voy de pet a la oficina de turismo. Me recomiendan ir corriendo al albergue, que ya debe estar lleno y visitar la ciudad con tranquilidad. Santa María del Naranco está un poco lejos, pero la visita vale la pena.

Al salir vuelvo a encontrar por última vez a los peregrinos. Cada vez parecen más hechos polvo y más desunidos. No vas al albergue? Antonello, enséñale dónde está en el plano. Antonello mira al “jefe” con ganas de matar. Euh, no, voy a hacer un poco de turismo… Agur!

Oviedo es una ciudad muy bonita (cien mil veces más bonita que Santander) y no se merece una visita relámpago como la que yo hice. Recuerdo que el centro histórico, con sus plazas y calles irregulares, me recordó un poco al de Barcelona, solo que limpio, amplio y bien cuidado. Saliendo de la ciudad, cerca de la estación, me encontré a unas señoras suizas que había visto antes. Se habían cansado del otro camino y habían optado por el primitivo. La que hablaba francés aprovechó la despedida para desearme suerte y confesarme que me habían puesto un mote. Jésus. Vaya sorpresa. Greñas y barba. Jesús era negro, lo dijo Kevin Smith en Dogma y lo dirá Marie en Tineo.

Salir de Oviedo, como pasa con todas las grandes ciudades, es complicado para el peregrino. Cada persona a la que pregunto me indica un camino diferente, y acabo delante de una casa aislada y un laberinto de verjas y zarzas. Intento atravesarlo, vuelvo a la casa y llamo a la puerta para preguntar al dueño y casi morir devorado por sus perros. Vuelvo a intentarlo y vuelvo a perderme. Al final se cruza conmigo un ciclista (“el ciclista noble”) que me explica claramente lo que es camino privado, público y carretera. Consigo atravesar el laberinto y, al otro lado, encontrar de nuevo al ciclista noble, que había dado un rodeo por la carretera para esperarme. Muchas gracias a él y a tantas personas que me ayudaron a atravesar laberintos físicos y mentales para seguir adelante.

Está anocheciendo y aun falta mucho para Escamplero, el próximo sitio con albergue según la guía. Yo no puedo caminar mucho más rápido: mi cuerpo se ha acostumbrado a un ritmo que puedo seguir durante horas, pero romper ese ritmo me agotaría. Cuando paso cerca de una ermita un señor mayor se pone a gritarme. Oye! Mira! Allá! Agua! Beber! Le miro confundido, hasta que caigo. Gracias, pero hablo español… Sí. Hablas. Muy. Bien. Allá! Agua! Esto acaba de convencerme de que, entre tantas cosas, también he perdido mi nacionalidad, mi idioma y no sé qué más. Lleno la botella de agua para tranquilizar al buen señor y subo la escalinata de la ermita para leer un papel que hay pegado en la entrada.

Resulta ser un pasaje de un libro (un cuento, una novela, un ensayo) de Herman Hesse. Habla, precisamente, de una pequeña capilla y de su relación con las gentes y la historia. No he conseguido encontrar la fuente de ese texto pero, no sé por qué, era lo que me faltaba para rematarme y rematar el día.

Seguí caminando y vacíandome mientras el día se terminaba, en dirección a Escamplero, sin saber lo que encontraría. El camino se dividía, las flechas y las distancias se contradecían. Al final del camino esperaba encontrar, no sé por qué, otro monasterio, pero en su lugar había un restaurante. Allá estaba cenando Dennis, nuestro toulousain favorito. Para entrar en el albergue, hay que registrarse en el restaurante, pero no hay plazas.

Que no hay plazas? Cabrón! El albergue era una especie de centro social, y sí que había plazas, en el sótano, en unos colchones hinchables. Uno de mis compañeros de cuarto es un señor que huele a rayos y me dice que ha venido desde Strasbourg. Pero el mérito no es suyo, sinó de su amigo, que está pastando fuera: un pobre burrito que carga con más cosas de las que pueda recoger alguien con síndrome de Diógenes. Ceno algo rápido y ni los ronquidos, el perfume y el tacto raro de mi colchón de aire consiguen que me duerma en cuestión de segundos.

Día 59 de peregrinaje: La Vega (Asturias), 9 de agosto de 2013

9.8

A veces merece la pena madrugar para ver cosas así. Y dicen que hay un amanecer nuevo cada día.

Antes de que amanezca, como un ladrón, como un fugitivo, tardo dos segundos en recoger mis cosas y comer algo, sin hacer ningún ruido. Ayer estudié como abrir la puerta del albergue y la verja del convento sin necesidad del luz. Los días se hacen más cortos y cada vez cuesta más coincidir con las estrellas. Subir, subir, lejos del mar. (Subir se dice salir en italiano).

La mañana es realmente fría, y mi chaqueta se quedó colgada en unas zarzas en medio del GR de Donosti. Lo único que puedo hacer para abrigarme, es ponerme el poncho impermeable. Parezco un fantasma vestido con una bolsa de basura, pero funciona. Enseguida llego a la Vega. En la entrada del pueblo están abriendo la única tienda, esperando que se despierten los peregrinos del albergue de al lado. Desayuno otra vez y hablo un rato con los de la tienda.

Hoy me siento bien conmigo mismo, caminando solo. Prometí al “hospitalero alemán loco” que no haría noche en Oviedo, pero cumplirlo va a ser duro. Atravieso aldeas abandonadas. Muchas casas están protegidas por perros, también abandonados a su manera, que ladran como psicópatas. A uno le devuelvo el ladrido y el pobre se acojona.

Cerca de Pola de Siero me vuelvo a encontrar con el grupo de ayer. Las chicas les han abandonado para coger un tren, o un coche, e ir a casa de alguien. O algo. Al veterano se le ve un poco triste. Camino un rato con ellos, hablando con el italiano, Antonello, que resulta ser vegano. “Bueno, lo intento”, dice. Está harto de comer bocadillos de tortilla y de la idea que tienen los españoles de los bocadillos vegetales. Siempre lleva suplementos porque no se fía del origen vegetal de las vitaminas de los alimentos enriquecidos. Llegamos a Pola y los hispanos enseguida entran en un bar como héroes peregrinos. Yo no tengo ganas, así que voy directamente al súper. Allí me vuelvo a encontrar a Antonello. Un vegano lleva siempre su propia comida.

Después del frío de la mañana, calor, mucho calor, siempre cuesta arriba. En Colloto (sin Correcaminos) me paro en un bar a llenar la botella y al salir encuentro otra vez al grupo. Siguen sin decidir si descansarán en Oviedo o cogerán un tren en busca de mujeres. A Antonello se le ve muy aguantado. Me piden que les acompañe a Oviedo, pero les digo que no sé si voy a parar allá. Cómo que no? Al final, el jefe me dice “Eso es por qué has encontrado tu camino. Te envidio”. Y con su envidia me acercaba a Oviedo, con la catedral en el horizonte.

Día 58 de peregrinaje: Monasterio de Santa María de Valdediós (Asturias) 8 de agosto 2013

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le-has-dao-callo-ehAcabar una etapa en un monasterio siempre es bonito, y más éste, que es una especie de enlace entre el camino del norte y el primitivo. Pero la llegada fue bastante dura. Antes de llegar, encontré a la parejita de Castro Urdiales y Liendo. No sé en qué punto habían decidido coger un tren para cambiar de camino. Me dijeron que solo quedaban unos pocos kilómetros, que el albergue estaba vacío pero abierto. Esos kilómetros se me hicieron eternos, con dolores de pies y rodillas. Al cruzar la puerta del recinto del monasterio, escuché, una vez más la mecánica voz de un guía: “Y como pueden ver, aun hoy el monasterio sigue acogiendo a los peregrinos del camino de Santiago”. En fin…El sitio es una especie de complejo turístico, con el monasterio en sí, el albergue, y una iglesia apartada. Para visitar cualquier cosas, hay que pagar a un guía. Excepto el albergue, que está abierto para que los turistas curioseen y hagan fotos a tus palos y botas (en fin). Yo fui corriendo a ducharme, mientras me seguían con la mirada curiosa. Cerré con cerrojo. Cuando salí, ya había llegado el hospitalero, Herminio. Yo diría que hay tres tipos de hospitaleros: los bordes que solo quieren cobrar, los que buscan una experiencia mística/humanitaria, y los hospitaleros estrella que están en su casa y no paran de bromear y explicar batallitas. Herminio es de éstos últimos. Por suerte, la experiencia también les dice a qué peregrinos hay que contar batallitas y a cuáles es mejor dejar tranquilos. Por suerte, un grupo de jóvenes de la primera categoría llegó enseguida.

Los chicos (italianos y españoles) se pusieron a hablar enseguida con el hospitalero y yo les dejé colarse en el check-in, mientras miraba a las chicas realizar sus ejercicios de estiramiento-kamasutra (intentando no sangrar por la nariz). Parecía un grupo majo, pero me cortaron el rollo cuando les dije que había empezado a caminar en Ginebra. Non, je suis pas Suisse. El grupo tenía una especie de líder, el veterano, que me admiraba mucho y me invitaba a ir con ellos a tomar algo. No sorry, gracias. Pero sí, ven y nos explicas tu aventura, si es por dinero, ya pago yo. Yo me sentí tan ofendido como un testigo de Jehová al que le invitan a una fiesta. El peor talibán es el recién convertido.

Es curioso como cada persona se enfrenta al camino. Antes de llegar aquí, caminé un rato con Ángel, un basco de los de los chistes, con un tobillo del tamaño de un jamón que tenía la teoría de que sí corría mucho le dolería menos. Me lo encontré en una fuente poco después del albergue sin agua, con otra pareja de bascos. Ninguno de los tres tenía mapa y no sabían por dónde continuar. La pareja no quería ir al albergue de Valdediós, porque suponía desviarse 5 kilómetros del camino del norte. Preferían jugársela y continuar hasta que se hiciera de noche, ya dormirían en la calle o en el campo. Los dos estaban en paro y, cuando les dije que yo había dejado el trabajo para hacer “esto”, casi me matan. En serio. Ángel parecía buen tío, caminé un poco con él, pero cojeaba realmente rápido, así que le dejé que me pasara. Le volvería a cruzar dos veces más con él, y estuve esperándole un rato donde los caminos se bifurcan. Los de mi albergue le conocían y me preguntaron por él. Se sintieron traicionados cuando les dije que seguramente había tirado para Oviedo.

Así que me quedé en el albergue, calentando sopas mágicas hechas de sobre, pan de molde y hierbas. Mientras me la comía junto a la iglesia, que estaba cerrada pero desde fuera podía escuchar como alguien ensayaba con el órgano, seguían llegado peregrinos, sobretodo italianos en bici, que me preguntaban si podían meterla adentro. Nessuna idea.

Día 58 de peregrinaje: Sebrayu (Asturias) 8 de agosto 2013

Ayer fue jornada de reflexión. Hoy es el día, el día cambiar de camino y de manera de caminar. De dejar la costa y los eucaliptus, y tirar hacia el interior siguiendo los mojones cascados de Asturias.

El albergue de San Esteban de Leces está apartado del pueblo, un pueblo que parece que ni existe, así que salir de noche es una gozada. Caminar bajo todas las estrellas del universo. Reconocer el suelo, apenas una sombra blanca, más por el tacto que por la vista. Camino muy despacio, hoy el día será largo…
A la salida de Bones, el pueblo de los murales, me pilla el amanecer y el grupo de la catalana de Aldeadávila. Es la tercera vez que la veo, y hoy parece que me tiene más manía que nunca. “Yo habría salido antes, pero como voy con éstas. Yo iría más rápido, pero como voy con éstas. Yo también puedo caminar durante meses, pero tengo responsabilidades, y además voy con éstas.”

Si ella no hubiera ido con éstas, la habría dejado adelantarme. Pero, para no escucharla, acelero hasta Vega. Allí, el sol pegado al mar me golpea definitivamente. Me tengo que sentar, sentarme, meditar… Tengo que asimilar tantas cosas. Nunca he creído en nada, pero… Las de Aldeadávila pasan a mi lado y se ríen de mí. Ommm. No las volveré a ver más.

El camino no se aleja mucho de la costa, pero empieza a ser más duro, lleno de barro. El sol no deja de lucir, pero llueve cada dos por tres. Estoy escribiendo esto siguiendo mis notas-telegráficas, y no entiendo por qué era tan feliz. “Encontré una iglesia abierta en Colunga”. “Compra Zen”. “El momento en que experimenté el clic”.

Sí que recuerdo llegar al albergue de Sebrayu, teóricamente el final de etapa y liarme a hablar en alemán y catalán con la gente que estaba esperando que abrieran. Gente muy buena y muy guapa, de todas las edades y nacionalidades, a las que el sol había cambiado el color de la piel y las camisetas. Estuve bastante rato comiendo y hablando hasta que una chica, la hospitalera supongo, salió del albergue para decir a los guiris que no había agua-agua. Agua potable, supongo. Todos correron a hacer cola, volviendo a los puestos que les habían guardado sus mochilas, pero yo me despedí. Hacer etapas tan largas y huír de la gente quizá no sea la mejor manera de disfrutar del camino. Pero mi tiempo se acababa y quería usarlo a mi manera.

Día 43 de peregrinaje: Pasaia (Gipuzkoa) 25 de julio 2013

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Post tocho.

Irún-Pasajes de San Juan (o San Pedro) es una etapa muy corta. La mayoría de peregrinos, recién estrenados, eligen San Sebastián y la concha como primer destino. Pero yo llegué bastante desconcertado (y agotado) a una España que ya no era mi país. Los euskaldunak me miraban con mala cara cuando los saludaba con un “Bonjour”, y yo miraba con la misma cara a la cola de peregrinos que se paraban cada dos pasos a hacer fotos y luego corrían para volver a adelantarme. Como no quería darme de donostias por una plaza en el albergue, me pararía en el primero que encontrara. Según la fotocopia que me habían dado, además del desayuno, en Irún, éste estaba en Pasaia.

El camino del norte en Euskadi (Done Jakue Bidea) está señalizado con unos hitos de piedra muy chulos, bien grandes y bien vascos. También están las flechas amarillas, a veces demasiadas, a veces contradictorias. Habrá que olvidarse de las marcas del GR. Muchísima gente en todos los puntos de interés: las primeras iglesias, monaterios y ermitas: siempre cerradas, marca España. Yo, cabezón, en lugar de ir por el camino normal, seguí las antiguas marcas a través de los eucaliptus de los que me había hablado un peregrino hardcore francés en Saint-Palais. En realidad son una plaga que se extiende por toda la costa cantábrica. Entré en Pasaia por el lado feo, industrial, atravesando antes un pueblo pequeño, Lezo, donde pude comprar algo para comer. Suerte que la buena mujer del albergue nos dio algo para desayunar. Supongo que quedé como un egoísta, o como un muerto de hambre.

Cuando llegué al pueblo, me encontré con que la iglesia, bastante chula, estaba cerrada. Unas señoras me explicaron que la misa se daba en el albergue. Éste también estaba cerrado hasta las tres. No contaba con los horarios españoles. “Es por la siesta, no?” dirían los guiris. Una de ellas se ofreció a guardarme la mochila en su casa. Que no, que es igual. Que sí. Posvale. Como no tengo nada que hacer, subo al albergue, donde me encuentro con una peregrina inglesa bastante acabada. Una periodista que está harta de escribir para otros. Mola! Al rato viene una chica alemana que nos pide que le vigilemos la mochila. Typisch. No le aseguramos nada: un peregrino debe cuidar sus cosas y/o confiar en la gente.

Me aburro, y bajo otra vez al pueblo, a comer algo. Estamos de fiestas, todo está cerrado*, y en los dos lados de la ría los balcones exhiben sus banderas. Parece que hay una gran rivalidad entre las dos aldeas, San Juan y San Pedro, unidas por una barca (txalupa). Vuelvo a buscar mi mochila y me encuentro al hospitalero, que dice que enseguida subirá. Mientras busco la rampa que lleva al albergue, me encuentro con una chica que pasea con su hija. Ésta sí que es muy *ejem* amable. Mientras charlamos, la pequeña va cantando: “el número de teléfono de mi madre es el seis, cero…”. La chica se ríe y, al despedirnos, me dice que está segura de que nos volveremos a ver por la noche.

Cuando vuelvo a subir al albergue, ya van llegando el resto de caminantes y el hospitalero. El único español es un chico madrileño que está haciendo el camino en monopatín, así que tengo que hacer de traductor inglés francés. Es un grupo bastante chulo: un matrimonio francés, unos polacos algo bordes, el skater y su hermano de tatuajes gemelos italiano. El hospitalero es simpático, aunque pertenece a la cofradía fundamentalista vizcaína: no deja pasar ni una. Él hizo el camino con su mujer desde Bélgica y creo que me dio muy buenos consejos, aunque creo que no me acuerdo de ninguno. Psí, sellar dos veces en los últimos 100 kilómetros de camino. Nos dice que hoy es el día del patrón y, aunque ha habido un accidente ferroviario en Compostela, vamos a celebrarlo cenando juntos, con su familia.

Su mujer ha traído marmitako, así que tengo que soportar las puyas vegetófobas. Por suerte también han traído queso y en el albergue hay algo con lo que apañar una ensalada. Además de la mujer del hospitalero, también han venido sus hijos y nietos, que viven en Badalona (Les hice algo de propaganda de un buen restaurante de allí). También han venido un par de cajas de sidra. Al final, no volví a ver a aquella chica. Y no apunté el número.

* Un peregrino yanqui del futuro diría que en España, todos los pueblos están siempre de fiesta por algo y no se puede comprar nada. No le falta razón.

Día 53 de peregrinaje: Santander (Cantabria) 3 de agosto de 2013

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El peregrino típico. Flaco, barbudo y despeinado. No demasiado limpio, pero siempre sonriente. Te dan ganas de llevártelo a casa y darle un plato de sopa de pan y ajo.

Además, como buen peregrino, siempre está dispuesto a ayudar a los demás. Sin ir más lejos, Jean, el belga que ha tirado la foto en el claustro de la catedral de Santander dirá que es algo quejica, pero gracias a él ha conseguido un cargador universal para su cámara, y encima con un descuento por ser “del camino”. A los peregrinos se les dan bien esta clase de milagros baratos.

Pero este peregrino lleva dos días intentando caminar solo. Está harto de que pongan en duda sus motivos y su lugar de partida. De que le den y de que le pidan consejos. De que le admiren o lo tomen por loco. O por santo. O por francés, alemán, salvaje, beduíno (tengo una lista bastante larga). De que le digan que se parece a Jesucristo. Desde que llegó a España, siente que su camino, el ya tan gastado “espíritu del camino”, se está diluyendo en las playas, los pinchos y las plazas de toros. Las rutas alternativas, las oficiales, las antiguas y los atajos. Los mapas y las guías, las pensiones/albergue. La gente que se queja de las ampollas y los que compiten, como coleccionistas obsesionados, intentando demostrar quién ha hecho más caminos, o más difíciles.

Mientras entraba el transbordador (un barco!) entraba en el puerto de Santander, yo solo podía pensar que había algo que estaba haciendo mal. El camino del Norte en Cantabria es, como me dijeron, muy creativo: hay carreteras, barcos, trenes y un camino que siempre se me escapaba, a veces porque me sabía mal abandonar a la gente, a veces porque sencillamente me perdía. Pero, cuando al final de la playa de Somo me encontré con el barco (il traghetto) decidí que hablaría con los compañeros y a partir de Santander haría el camino solo. Creo que algunos se ofendieron, pues volví a encontrar a algunos de ellos más adelante.

Santander no me gustó demasiado, quizá porque la moral no acompañaba y la visité en un suspiro. Los bloques de edificios demsiado grandes y las calles llenas de coches no hacían agradable el callejeo típico de las ciudades antiguas. Además, de la catedral solamente pude visitar el claustro, pues la capilla estaba ocupada por una boda.