Un año como vegano

Tal día como hoy, bueno, era jueves pero, tal día como hoy, hace un año me levanté, muy temprano y con mucho sueño, de mi cama en el albergue “juvenil” de Stuttgart. No había dormido bien, porque un viejo, compañero de habitación, me había pegado una bronca tremenda en medio de la noche por no cerrar del todo la puerta del lavabo. El sitio no me gustaba mucho: era muy caro, poco acogedor, sin cocina y los compañeros de albergue eran normalmente gente mayor y borde. Lo único bueno era el buffet de desayunos donde, por última vez, me hinché de müsli, mermeladas raras, yogur y, cual Heidi, un montón de panecillos que pude esconder en mi equipaje: mi mochila de peregrino y una bolsa grande y azul que se estaba descomponiendo.

Tal día como hoy salí del trabajo con todas mis posesiones hacia mi nuevo hogar. Una casa con fecha de caducidad, ya que a final de año teníamos que abandonarla. “The building will be destroyed”, me dijo Selina. Palabra nueva: zerstören. Le había dicho que les confirmaría si me quedaba con la habitación el viernes, pero el día anterior, “celebrando” la diada en el albergue mientras cenaba raviolis fríos, le llamé para preguntar si me podía trasladar el día siguiente. Tal día como hoy.

Tal día como hoy descargaba mis trastos en una habitación que había sido parte de la cocina, extendía mi saco de dormir sobre el colchón de Lukas, el antiguo Mitbewohner (otra palabra nueva) y ayudaba a Selina a montar muebles con cinta adhesiva. Leonie, mi otra compañera de piso llego al rato, con cara de asustada. No hablé mucho con ella al principio, parecía tan tímida como yo, y Selina hablaba todo el rato. Al final se hizo tarde y, mientras Leonie se preparaba algo para cenar, le pregunté dónde había una tienda cerca. Me lo explicó, más o menos, pero me dijo que estaba cocinando Spätzle y que podía cenar con ella. Le dije que era vegetariano y ella me contestó que no había problema, que lo haría con verduras. Su hermano era vegano y ella intentaba no comer mucha carne.

Mientras cenábamos, Leonie se puso a echar queso rallado a su plato y me ofreció el paquete. Entonces, tal día como hoy, le dije que mejor no. Pero, no eres vegano, no? Eh…, no, pero creo que voy a hacer un Praktikum como vegano. Aquí no me conoce nadie y puedo ser otra persona, puedo probar cosas nuevas, puedo equivocarme y no tengo que dar explicaciones. Ese día mi vida cambió bastante, tendría que hacer la compra con un diccionario (“Eiweiss” significa tanto proteína com clara de huevo) y me daría cuenta de hasta qué punto son adictivos los lácteos. Tardé un tiempo en entender que tendría que comer más cantidades de comida para conseguir la misma energía que me hubiera dado el queso rallado.

Leonie, por ese día tal día como hoy y por muchos otros días es y seguirá siendo la persona más importante de Alemania y una de las personas a las que más he querido. Quizá porque nos parecíamos mucho o quizá porque yo no tenía a nadie más. Alguien esperará que diga que, desde ese día, no he consumido, vestido, utilizado ningún producto animal. Pues, para empezar, el Spätzle lleva huevo y el edredón que compré en el Ikea la semana siguiente tenía relleno de plumas…

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Corazón de mudanza

Estos días de cursillos están siendo bastante duros. Por suerte hoy era último. El profesor es bastante bueno y mi compañera muy aplicada. De mí no se podría decir tanto. La teoría la asimilo bastante bien, hago preguntas, guai. Pero para la práctica, mi incapacidad de seguir instrucciones y el ordenador que se niega a responderme hacen que vaya muy lento. Tengo ganas de tener trabajo real, en la oficina parece que nadie tiene nada que hacer e intenta disimular.

Estos días no ando muy fino. El tiempo está cambiando, las horas de sol son muy poquitas y llueve cada dos por tres, a veces tormentas violentas con mucho viento, a veces una llovizna que dura todo el día. Tampoco duermo demasiado bien. En la habitación del albergue solo tengo tres compañeros, nunca los mismos. He intentado hablar con ellos, pero la mayoría ni siquiera devuelven el saludo. (Hecho de menos a mi amigo de Facebook Shuji, aunque me despertara para preguntarme si sabía dónde estaba el Hotel Nosequé de Munic). Todos nos acostamos y nos levantamos a horas diferentes. No me siento cómodo aquí. Así que, como hoy es el último día que he pagado, he decidido llamar a la casa que vi el lunes, para decirles que me quedo con ellas y que me traslado mañana. Aunque nos tiren la casa. Paso al loco de la calle!

Mañana había quedado con otra chica. Ei, no es que solo busque chicas; son las únicas que me responden, incluyendo las que viven en Nigeria y han heredado una casa de su abuela de Stuttgart y no me pueden abrir la puerta pero, si les ingreso algo de dinero… en fin, hay muchos anuncios de éstos. Pues eso, que había quedado con una chica, pero el piso cuesta casi el doble, no está muy bien comunicado y he visto (no me había dado cuenta) que “se puede fumar en toda la casa”. Pos nada, mañana nostrasladamus y a ver qué pasa. Necesito un poco de estabilidad en el trabajo y tener una casa o algo que se le parezca.

Ayer, como tenía el día una mica girat, hice otra expedición después del trabajo. Había visto que había un castillo en medio del bosque no muy lejos (poco más de 10km) de mi empresa, Schloss Solitude. El camino es bastante chulo, atravesando bosques, riachuelos, lagos y carreteras regionales. Una manera como cualquier otra de llenar de barro tus únicos pantalones “limpios”. (Todas mis camisas es la segunda vez que me las pongo. Llevo una diferente cada día, pero eso no quiere decir que las lave. Yo confieso. Cuando llegue a mi nueva casa, voy a poner la segunda lavadora más feliz de mi vida, después de la del camino). Eehh, pues eso, que Stuttgart no será la leche como ciudad, pero está rodeado de bosque, a la vez protegido que cuidado y accesible.

El castillo en cuestión ahora está literalmente vacío y un poco desangelado. Las vistas a la ciudad tampoco son tan bonitas. Desde el albergue también se ve Stuttgart desde el otro lado y, así como en conjunto, es muy fea. Antiguamente, en tiempos del rey (o kaiser, o algo) Ludwig, el castillo debía ser una residencia de verano, con un jardín-laberinto que te cagas para celebrar fiestas y juegos erótico-festivos. Pero parece que la cosa no triunfó mucho…

Fotacas:

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Y yo sigo con mi particular odisea en plan Amélie Poulain para devolver la vida y la humanidad a los cajeros de los supermercados. ANÉCDOTA ESTÚPIDO-ABURRIDA. El otro día se me olvidó poner el trocito de plástico que separa mi compra de la de los otros clientes. Hay que decir que las cajas son larguísimas, con una cinta transportadora que parece una cadena de montaje, y los plastiquillos van montados en un riel, como trenecitos, que el cajero lanza a la otra punta de la caja. Bué, se me olvidó, o pasé un poco, porque los tres compradores solamente teníamos dos cosas cada uno. Psí, super interesante. En fin, que el tío que está delante mío ve que sus dos cosos se acercan a su destino final y, ágil, coloca un palito para separar sus cosas de mis cosas. Pos muy bien. Cuando está pagando, eh… también hay que decir que la zona donde se paga está ya fuera de la caja, para que ela cajer@ pueda escanera los cosos del siguiente cliente. Y date prisa en pagar, y recoger el cambio y meter las cosas donde puedas, mientras se mezclan con las del siguiente cliente que también quiere pagar. En fin, que cuando tocaba escanear mis cosas, mi yogur y mi lata de ravioli se juntaron con los dos paquetes de café del chico que tenía detrás. Y eso que estaban separados como a dos metros. Qué pasa?, es mi blog y escribo lo que quiero. El chico dijo, ¡no! La pobre cajera autómata tuvo que apartar la mirada de su metro cuadrado de caja donde escanea cosas, recoge dinero y busca cambio y recibos y hacer saltar la alarma. Tuvo que venir otra chica de otra caja y reiniciar la máquina. En fin, que si hubiera habido más gente en el súper, me hubieran linchado. FIN DE LA ANÉCDOTA.

Bona diada.

A place to call home

Al final, el chico de ayer, Shuji era muy majo. Es un japonés que está visitando Europa, ciudad por día, empezando en Copenhage. Me dio una tarjeta con su mail y su facebook y su bandera. Hello, I’m from Japan, dice la tarjeta. Qué mono. Le he envíado una solicitud de amistad. No sé, a lo mejor quería eso.

Los compañeros de hoy no han hablado conmigo. Uno intentaba dormir a las 8 de la tarde y el otro, al menos me ha saludado. Yo le he dicho “hola” porque tiene toda la pinta de ser de mi barrio. O sea, boliviano. Pero creo que solo habla alemán. Es tán fácil ser prejuicioso y de ahí al racismo hay un paso. Al final he salido de la habitación a montar el chiringuito de bloguero a la recepción del hotel/albergue.

Hoy ha venido al trabajo un señor a darnos clases de “la herramienta”. Solo a la venezolana y a mí. Todos le llaman Vincent, pero se llama Vicenç y habla español con acento gironí. La clase ha estado bien y me ha aclarado muchas cosas, pero yo no estaba muy cómodo y no era capaz de seguir las instrucciones. Parece que tanto tiempo sin tocar “eso de los ordenadores” me ha oxidado. O liberado. A veces parece que son los ordenadores los que programan a la gente, obligándoles a actuar siguiendo unos pasos que dictan ellos. En fin, tengo que centrarme. La vena antisistema…

En realidad no estaba nervioso por no entender el ordenador, ni por el teclado alemán, ni por no ver un pijo en la sala del proyector. Hoy he tenido mi primera visita a mi posible futura casa con mis posibles compañeros de piso y casi llego tarde por culpa del Vicenç. El piso es más o menos céntrico (en realidad muy céntrico, teniendo en cuenta cómo es Stuttgart) y está a cinco minutos de la estación del S-Bahn (el tren urbano, una especie de Ferrocates). Aunque la zona no es muy bonita, hay un montón de tiendas, supermercados y restaurantes baratos alrededor y la situación es muy buena, sea dónde sea que me acaben mandando a trabajar, que debería ser Winnenden, aunque ahora voy cada día a Vaihingen. Y el alquiler es baratísimo.

Pero hay peros. Cuando la chica me abre la puerta, ya se ve que la casa es un poco desastre. Y, en mi habitación, por ahora solo hay un colchón. Se puede arreglar, podemos buscar algún mueble o algo, ei! En teoría compartiría piso con dos estudiantas, pero la que lleva los asuntos del piso es la otra, porque ella solo lleva aquí desde agosto. Y, al tantu, que es una pena porque el piso lo van a tirar en noviembre. They’re gonna destroy the building. Y, en ese momento, se me giran los cables y me monto la película de mi vida en esta casa. Me quedo aquí, que quieran destruir la casa donde vives es lo más alucinante que te puede pasar, en la guía del autoestopista galáctico! Para acabar de convencerme, la chica dice que, cuantos más vecinos seamos, más posibilidades tenemos de salvar el piso. Yo le digo que tengo que ver otro piso el jueves (es verdad) pero que no me importa que la estancia sea temporal. Solo podemos vivir la vida de manera provisional. Y lo de la colchón en el suelo… El colchón parecía bueno, y en peores sitios he dormido como peregrino. En fin, que ya veremos.

Stuttgart – día… paso de contar días!

Bueno, hoy no escribiré gran cosa, porque ya no estoy solo en mi habitación. He perdido mi intimidad y la conexión a internet. Espero que no me digan nada por compartir la banda ancha del móvil con el ordenador.

Tampoco hay gran cosa que contar. Hoy me he mudado del gran hotel al International Jugendherberge. El sitio, si no hacemos caso a google maps y subimos un montón de escaleras, está a un cuarto de hora de la estación. Eso sí, hay que pasar por dos túneles y, lo dicho, subir un montón de escaleras. El hostal, sobretodo su recepción y su restaurante se da aires de gran hotel. Y como buen hotel, las duchas están en las habitaciones y NO se puede usar la cocina. Ni siquiera hay microondas. El recepcionista me ha dicho que puedo preguntar al cocinero del restaurante. En fin, creo que seguiré mi dieta de legumbres frías, porque estoy gastando un montón de pasta y no encuentro la estabilidad que necesito para vivir al día. El hostal es bastante caro y he tenido que hacerme la tarjeta de la asociación (18 euros, en Catalunya eran 10 hace dos años). Y el transporte sale a 25 euros la semana.

Hoy no he hecho gran cosa. He roneado en el hotel hasta casi las 11 y he venido al albergue en plan expedición, intentando aprender el camino. Luego he ido a Bad Cannstatt, el barrio (o comuna) donde se supone que debería vivir, porque es barato y más o menos céntrico y bonito. No está mal. Tiene sitios como tantos hay por aquí que, si les haces una foto, la gente diría “ualah!, dónde está eso”. Es lo que tiene cuidar los edificios y lo que se construye a su lado. La semana que viene hay un festival o algo así, donde la gente se viste con el traje típico suabo, que es un poquito más discreto que el bávaro.

Ahora, a mi lado hay un asiático que no habla inglés ni alemán, que no para de removerse en la cama. Acabaré el post diciendo que Bad Cannstatt es célebre por sus aguas minerales (baden es bañarse). Hay algunas fuentes donde se pueden probar, aunque yo solo he visto una, bastante rara, donde he bebido bastante agua, que sabe a tubería oxidada. Después he visto en un cartel que los médicos dicen no es bueno beber mucho de ese agua pero, coi, yo tenía sed.

Stuttgart – día 6. Sábado

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Es ver la conchiglia y empezar a soltar el alma por los poros y agarrarse al suelo para no seguirla. La primera es un aviso un poco tonto: el puente está cortado y los peregrinos tienen que pasar por debajo. La otra ya es definitiva, una señal bien puesta con los rayos apuntando al campo de estrellas.

En fin, esto es Esslingen, un sitio muy turístico que he oencontrado en foros de por ahí. Hoy me he puesto los zapatos de andar y he seguido la ruta que me iba indicando google maps en mi smartphone (los smartphones te vuelven tonto o, al menos, te hacen sentirte así). El camino (13 km creo recordar) no era muy bonito. Subir y bajar escaleras, bloques de casas interminables (caminos privados, grr!) hasta llegar al río Neckar. Cuesta un poco porque todo lo que se sale del centro de Stuttgart no está hecho para los peatones. Carreteras, túneles y vías de tren y tranvía te cortan el paso a cada momento y tienes que buscarte la vida para cruzarlos. Algunas de estas carreteras son verdaderas fronteras entre barrios. En fin, el río… el río una… El río está bien, puedes pasear un poco junto a la fábrica de Mercedes (o algo así). Luego carreteraza (mucho calor) hasta llegar a una zona de viñas bestial, montones de montículos llenos de vides todas muy bien ordenaditas, copy & paste. Y muchos carteles de campaña electoral. Aquí no sé si hay bipartidismo, pero a juzgar por los carteles, está todo muy repartido, y ganarían los Piratas. Un señor del partido de la Merkel me da su propaganda y un boli, aunque yo le digo que no soy de aquí.

Y llegamos a Esslingen, ciudad llena de iglesias y tiendas, con pocos sitios para sentarse y ninguna fuente para beber. Sí, soy un quejica, pero esto es muy importante para los peregrinos. La verdad es que la visita vale la pena, sobretodo en plan turista que quiera jalar, beber y comprar. Sobretodo jalar, se puede ver gente andando y comiendo salchichas a cualquier hora del día. Hablando de comida, en la iglesia que hay debajo del puente de la foto, estaban repartiendo comida a saco, pero a mí no me dieron: había una boda con montones y montones de invitados, africanos francófonos. Yo me siento un poco francés y un poco negro en alemania, pero no, no me invitaron.

Y en fin, a las cinco de la tarde el día ya anuncia su fin, y toca largarse, que el camino es largo. Esta vez voy por el otro lado del Neckar y el camino es casi peor, pero más rápido. Lo más guay que encuentro es el museo del cerdo con su Biergarten (los Biergarten y Weingarten son terrazas de bar normales). No entré, pero lo que encuentro fuera es lo más grotesco que he visto nunca en un museo. Irónicamente, el museo del cerdo está en un barrio musulmán lleno de mujeres con niqab.

Fin del episodio. Hoy es mi último día en el hotel. Mañana toca mudarse al youth hostel carero, espero que no sea por mucho tiempo.

Stuttgart – Día 5

Hoy es viernes y los sueños brillan más. Pero aquí estoy, sin nada que hacer más que seguir con mi catarsis particular de escribir lo irrelevante que es cada día como si fuera noticia de primera plana.

Hoy hemos tenido otra reunión de equipo para ver cómo va todo. Creo que los informáticos somos una especie aparte, lejos de nacionalidades y tradiciones. Una reunión significa que cada uno hable de algo que a lo mejor solo conoce y entiende él y un par de colegas, mientras los demás juegan con el móvil o miran con mucha atención cómo el orador mueve la boca. Los nuevos también explicamos qué estamos haciendo. Poca cosa.

Hoy quería aprovechar el día e ir a un sitio que se llama “Schloss Solitude”, que está a solo 10 km del trabajo. Un bonito paseo para un bonito día, pero en cuestión de segundos se puso a llover “a la Dominicana”, como si se fuera a acabar el mundo. Nunca había visto tan claramente (ni tantas veces) caer rayos sobre pararrayos, a pocos metros. Cuando parecía que amainaba, saí del trabajo para, al menos, dar una vuelta. Se pueden hacer excursiones muy guapas desde Österfeld.

Pero empezó a llover otra vez, así que volví al centro, con la intención descansar un rato. después de a hacer mi compra diaria. Pero me acordé de la biblioteca, un edificio enorme con forma de templo que he visto varias veces al otro lado de la carretera que divide Stuttgart centro de los barrios del norte y el este. Hoy he cruzado para ver qué hay allí. Desde el otro lado siempre he visto gente leyendo o bebiendo en tumbonas. Cuando llego a la entrada, escucho música chill-out y veo que están sirviendo copas. Algunos leen. Dentro, la biblioteca tiene toda la pinta de una sala de conciertos. Pregunto a la chica, que tiene toda la pinta de relaciones públicas de discoteca sí ESTO es una biblioteca. Euh…, pues no. Aquí hoy habrá un concierto. Si quieres te busco la biblioteca en mi móvil, pero está a kilómetros de aquí. No, no cal, keine Sorge. La tía no tiene cobertura. ¿Solamente hay una biblioteca en esta ciudad, y tan lejos del centro?

Pero, saliendo y caminando un poco, encuentro otra biblioteca, la Würtembergische Landesbibliothek, que tiene una exposición sobre el euro bastante ¿graciosa? y una sala llena de gente conectada a internet, pero parece que libros en préstamo no hay. Debe ser un archivo. Tampoco iba a coger ninguno prestado, solo quería saber qué hay que hacer para tener un carnet.

Ha sido una semana agotadora. Mañana, si hace bueno, saldré a caminar. Hay pueblos bastante chulos a menos de 20 km. y con GPS incorporado es fácil ir a cualquier lado sin miedo.

Stuttgart – día 4

O sea, ayer. Es increíble la necesidad que tenemos de establecer rutinas, o de convertir en ellas lo que nos sucede cada día. Mi rutina es, más o menos, levantarme con tiempo de sobra, ca*ar, bañarme, peinarme, desayunar yogur (mi yoguríada: kéfir, leche con mantequilla agria rara, ¿quark?, de soja) mezclado con musli, recoger todo y meterlo en el armario, descansar/pensar/meditar un rato y largarme. Súper interesante. Vivir en un hotel me recuerda a una peli que vi antes de venir aquí: “Dans la ville blanche”. Y vagabundear en una gran ciudad sin conocer a nadie, al libro “Les Derniers Jours”.

También es súper interesante que hoy compré el billete de 4 viajes. Es un trozo de papel normal que hay que doblar por la mitad para poder sellarlo cuatro veces, metiéndolo por una ranura. No todo es tan moderno. Por ahora nunca me han pedido el billete.

El trabajo es bastante llevadero. Me sigue dando la impresión de que nadie tiene nada que hacer. Yo sigo con el DotNetNuke, modificando páginas y probando cosas raras, intentando refrescar la memoria. También he hecho una prueba de alemán. Por teléfono, algo bastante incómodo. Al menos la tía fue muy simpática, a veces creo que demasiado. Las preguntas eran bastante indiscretas, pero quedó bastante contenta (y sorprendida). Dice que tengo un nivel de B1.2. Supongo que sí, si en tercero te dan un B1, lo de cuarto debe ser eso. Comer con los compañeros es bastante agradable y estos días hace mucho sol y apetece salir un rato.

Y sigo mirando habitaciones. Un colega me ha pasado una lista de sitios que ha encontrado en internet. Vale, buscar por internet ya lo sé hacer yo, pero la lista está bien porque hay algunas webs que no conocía. También se ha ofrecido a corregir el mensaje que envío a la gente, a ver si me hacen más caso. De todas formas, la semana que viene tengo dos pisos que visitar. Algo es algo. He rechazado algunas ofertas, porque eran claramente un timo (he heredado un piso de mi abuela, pero ahora vivo en Inglaterra), o porque no merecían la pena (cocinas y lavabos compartidos entre 10 micropisos y cosas así). Hasta tengo a un señor que se ha ofrecido a alojarme gratis en couchsurfing. De todas formas, a la salida he ido al albergue Stuttgart International. No es nada barato (27 euros la noche), pero está cerca del centro, el sitio es chulo e incluye desayuno. O sea, que toca atiborrarse por la mañana para aguantar todo el día. Pilgrim spirit!

Después de la visita al Rewe (amo este supermercado, aunque siga teniendo problemas para pagar con targeta), decido salir a correr por el parque. El parque es la hostia, larguísimo, y con paisaje siempre diferente, lleno de animales y gente haciendo cosas. Hay una pista de mountain bike, una especie de terraza-discoteca, barbacoas, las pistas de petanca y ajedrez gigante, lagos. Y hay liebres y ardillas por ahí sueltos. Y montón de gente practicando deportes raros y los amigos ciclistas siempre dispuestos a atropellarte si no te mueves de la manera que esperan.

Porque esto es quizá lo que más me ha chocado. Todo el mundo sigue una ruta (en el tren, el supermercado, paseando) y esperan que tú también lo hagas. Si te paras o te desvías de esa ruta, se chocarán contigo (o te empujarán) y te mirarán con odio. Y esta gente luego serán esos turistas adorables que no se quejan jamás y aceptan cualquier costumbre distinta a las suyas!