Día 5 de peregrinaje: Yenne (Savoie), 16 de junio de 2013

Algo tan tonto como una piedra me hizo recuperar la fe en el camino. Lo más difícil no es caminar cada día, sinó dejar de preguntarte por qué narices haces esto y por qué no te vuelves a casa o coges un tren y visitas los Alpes. Pero ahí está, una piedra normal, bueno, bastante grande, con un cartel. Hay gente que aconseja abrazar un árbol para reconcialiarse con la tierra. Yo abracé a esta piedra. Y la dibujé. (Y lloré un poco, claro)

El tramo entre Yenne y Saint-Génix es bastante bonito además de agreste. Una subida muy pronunciada plagada de miradores, para volver a bajar entre los ciclistas btteros que se lanzan cuesta abajo como lemmings, con los ojos muy abiertos, mirándote con cara de “qué coño haces aquí?”. Eso estuve preguntando a la piedra mientras la dibujaba, mientras un puñado de peregrinos alemanes iban pasando de largo.

Después de quitarme la tontería (y petar las ampollas), volví a adelantar a todos los alemanes y sus mochilas enormes hasta encontrar a un pequeño (y anciano) peregrino del sur de Francia que no hacía el camino de Santiago, sinó el de Francisco (de Asís). Éste casi no llevaba equipaje, pero sí llevaba una tienda pequeña para poder acampar al lado de las iglesias. Un tío de conversación fácil y agradable. “À Barcelonne et à Marseille il y a les plus réputées voleurs du monde”. Se empeñó en invitarme a una cerveza en Saint-Maurice, donde nuestros caminos se separaban, pero allá no había ningún bar. Eso ya lo sabía yo nada más entrar en el pueblo. Los pueblos pequeños de montaña no tienen bares ni tiendas y a veces ni calles. Cada casa tiene su camino privado (cómo los odio!) con su Renault de l’any de la picor para ir a comprar y trabajar.

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Site de pierre vire: Les pierres qui virent, o sea, las piedras que giran dan una vuelta sobre si mismas en un momento del año. Verídico. No pongáis en duda a la piedra.

Día 4 de peregrinaje: Yenne (Savoie), 15 de junio de 2013

Yennes. Oficina de turismo. Pocos minutos antes de la hora cerrar. Un peregrino greñudo y mal afeitado, lleno de barro, abre la puerta, intentando decir algo a la joven (y guapísima) encargada, en un idioma que intenta ser francés. Busca algún sitio para dormir. La empleada le pregunta si no tiene la guía amarilla, casi indispensable para hacer la Via Gebennensis.  El peregrino (miente) dice que la ha perdido. Es tarde, pero vamos a probar un “aubergement jacquaire”, es decir, una familia que acoge a los peregrinos en su caso, cenando, desayunando y charlando con ellos, a cambio de la voluntad. Ella coge el teléfono y el peregrino ya tiene una “reserva” en casa del matrimonio Grout. En el mapa está un poco lejos, pero date prisa, que es muy tarde para cenar. Eh… un momento, cuánto debería pagar a esta buena gente?

La acogida fue muy calurosa, en especial por parte del marido, muy simpático. Primer ritual: el sirope. Menta, limón, granadina? Ei, no te lo bebas, hay que añadir agua. Le sirop es la bebida oficial para recibir peregrinos en Francia, un concentrado con el que puedes hacer litros de refresco. Si quieres puedes dejar aquí las botas, si quieres puedes bañrte…A la mujer se la veía un poco cohibida, quizá porque eran las siete, cuando la hora normal para cenar aquí es a partir de las seis. A medida que avanzamos hacia el sur, las horas de las comidas se irán haciendo más tardías. Cuando le dije que era vegetariano, a la buena señora se le iluminó la cara: pasta, ensalada, fruta y arreando.

Una cena “normal” en Francia puede durar varias horas. Agua, vino? Este vino es del tipo tal y cual, pero tenemos otro que… Ensalada: quieres vinagreta? De ésta o de esta otra. Los carrefures españoles deberían vender sirope y vinagreta. Y taboulé. Después de la ensalada y el plato principal viene el melón. Melón pequeño, amarillo y redondo. Es un honor que te pidan cortarlo. Y luego la ruleta rusa de los quesos, con sus nombres tan pintorescos que te recitarán, aunque no tengas ni idea de qué quieren decir. Y, finalmente, el postre. Aunque para mí lo mejor fue el desayuno con un universo de confituras, de colacaos raros de la marca Poulain y la mejor mantequilla que he probado en mi vida.

Realmente fueron muy amables. Tenían un hijo que trabajaba en Madrid, y la señora intentó hablar conmigo en español. No he encontrado a ningún francés que lo consiguiera. El señor me dio varios consejos sobre las rutas a seguir y me dijo que, si necesitaba agua, entrara siempre en los cementerios. También me explicó que los domingos (ese día era sábado) estaba todo abierto hasta el mediodía. El lunes, en cambio, los comercios tenían fiesta.

Mi habitación era la de los niños. Siete camas pequeñitas: Blancanieves total. Después de conectarme un rato a internet, dormí como hasta entonces no había dormido en el camino. La propina que les dejé también fue la más generosa de todo el peregrinaje. Porque fue la primera y porque hasta entonces me había estado dejando una pasta en campings y tables d’hôtes.

**Cómo comportarse en la mesa (francesa):
http://www.madmoizelle.com/bonnes-manieres-a-table-147480

Día 1 de peregrinaje: Bardonnex (Genève), 12 de junio de 2013

Rien à déclarer?

El paso de la frontera franco-suiza no es demasiado emocionante. En el lado del paraíso (fiscal) suizo dejamos Bardonnex, municipalidad o comuna de Ginebra. Hasta llegar a su iglesia, solo hemos caminado por la calle, por los arrabales de la ciudad, bastante bonitos y con personalidad. En Bardonnex solo hay cuatro casas, la iglesia donde sellé mi credencial y cogí una fotocopia de la guía amarilla del camino y una especie de castillo. No pude investigar mucho porque me salió al paso una mujer bastante borde para explicarme (u ordenarme) cómo seguir el camino. Ahora veo que se trata del castillo de Compesières, perteneciente a los caballeros hospitalarios de la orden de Malta, que ahora hace de ayuntamiento. O algo así. Cerca de la barrera hay un buzón con el mismo sello de la parroquia y la misma fotocopia. Cero Pilgrim Spirit.

Y al otro lado de la barrera la cosa no mejora. Campos y urbanizaciones, ni una sola concha que marque el terreno, ni un solo alma a quien preguntar hasta llegar a Neydens. Y un circo, o algo así, en las más afueras. En el pueblo solamente encontré a un señor mayor y a un niño que no sabían nada del pueblo (ni el nombre). Por suerte yo sabía que allá había un camping, y por suerte pude encontrarlo, en las afueras, al lado de un campamento de circo. La patrona del camping se ofreció a llevarme a la gîte con su “voiture électrique”. Empezamos mal si el primer día ya cojo un coche. M’enfin… En la cabaña solo había otro tío viendo la tele en el ordenador que ni devolvió el saludo. Fui a conectarme a internet un rato y me pasée por el pueblo en busca de algo para comer. Nada. Cené las pocas reservas suizas y me fui a dormir. Por suerte el compañero no estaba. Pilgrim Spirit negativo.

**1.865 kilómetros. Mmm… Siempre he dicho que he caminado unos 2.000 kilómetros. Sé que he caminado mucho más de lo que dicen las señales pero no recordaba que Ginebra estaba tan cerca de Compostela.

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Día 62 de peregrinaje: Ruta de los Hospitales (Asturias), 12 de agosto 2013

P1010589Esto es un antiguo hospital, es decir, un albergue de peregrinos dónde estos dormían apiñados, compartiendo comida, fluidos corporales y enfermedades. Es realmente pequeño y la altura de la puerta es ideal para un niño de nueve años. Todo lo demás es niebla y marcas amarillas en la hierba.

La ruta de los hospitales es, según los expertos, una de las más bellas del camino. También dicen que es de las más duras, no por su desnivel, sinó porque en sus más de 20 kilómetros no hay rastro de vida humana. Hay que comprar provisiones, llevar agua, no hacer esta parte solo. Ja! 20 km son poco más de cuatro horas…

Salí de Tineo muy temprano con la idea de hacer “lo de los hospitales”. El día era muy feo, niebla y lluvia, y todos todos decían que seguir esa ruta era de locos. La alternativa era ir por Pola de Allende y dormir allí. Cuando llegué a Borres, final de etapa para las personas sensatas, una mujer a la que pregunté dónde estaba la bifurcación me dijo que ni loco fuera por los hospitales, que la niebla no iba a amainar. Le dije que tenía razón, que para qué iba a seguir ese camino si no iba a ver nada con la niebla. Sí, soy un mentiroso.

Seguí adelante y me senté a llenar la botella. La misma mujer vino a verme, a repetirme que ni loco fuera a Hospitales. No soy un buen mentiroso. Cuando llegué al cruce, me encontré con Cristian, un peregrino con paraguas y que habla como una enciclopedia, mirando con ansia la señal que divide el camino. Yo voy a ser conservador, dijo él. Yo tengo que seguir mis propias decisiones, aunque sean estúpidas, dije yo.

Mi paso por los hospitales fue una especie de trance. Frío, viento, lluvia y niebla. Solo se veía el suelo verde y blando que pisaba y la siguiente piedra amarilla, a unos diez metros. Parecía estar en otro planeta, en un videojuego, Silent Hill total. No sabía cuánto había caminado ni cuánto me faltaba. Seis horas así, empapado y congelado. Encontrar un hospital era una alegría, una oportunidad de escurrir los calcetines, descansar y comer algo. En uno de ellos un ratón se quedó un buen rato mirándome: qué c*** hace aquí este loco.

P1010588Al final de la ruta, el final de la niebla. Me esperaba el paisaje, la carretera y la civilización. En el pueblo de Lago entré en un bar, me quité las botas y pedí papel de diario para rellenarlas y que se secaran un poco. Me tomé un colacao y me puse a mirar con cara de marciano a una familia normal que merendaba allá. Al poco de salir del bar, un señor me dijo que su perro se había perdido por mi culpa, que me había seguido antes por la montaña y no había vuelto. Yo no sabía nada del perro, espero que lo haya encontrado. Yo había perdido una bota.

Día 15 de peregrinaje: Saugues (Haute Loire), 26 de junio de 2013

Espero no tener problemas con los padres o tutores legales de estos críos por culpa de esta foto. Es la legendaria bestia de Gévaudan, que atacaba (y mataba) a los habitantes de la región en el siglo XVIII. El bicho dio lugar a toda una leyenda de lobos monstruosos y hombres lobo (loups-garous). Yo me acuerdo de su nombre porque es uno de los personajes que podías elegir en el juego de mesa (con video) Atmosfear.

El bicho está a la entrada de Saugues, fin de la segunda etapa de la voie du Puy. Es una etapa un poco más corta que la primera y muchos de los que han empezado y se ven bien físicamente, se flipan y doublent l’étape. Yo llegué aquí con Nikolaus, un señor de Nuremberg de casi 70 años, que empezó a caminar en su casa hace dos o tres años, un trozo cada año. Yo salí un poco tocado de la catedral de Puy y este día abandoné a mis compañeros de camino, Félix y Théo y al ver el monstruo me lié a hablar con un grupo de franceses no-peregrinos y no me supo mal que Nikolaus continuara solo.

En Saugues me compré un par de calcetines de randonneur (bastante caros y no muy buenos), saqué dinero, saludé a un peregrino que conocí en Saint-Privat-d’Allier (Matias o algo así, uno que iba con una chica que estaba buenísima) y decidí continuar. Había un albergue a media etapa.

Enseguida volví a encontrar a Nikolaus, que tenía muchas ganas de hablar en su idioma, aunque yo utilizara el dialecto indio. El tío caminaba casi más rápido que yo, con sus dos bastones, y no dejaba de hablar de su antiguo trabajo, su familia…  además, estaba obsesionado con los tractores, marcas modelos.  Cuando paramos a comer algo, sacó una petaca y me invitó a un tapón de schnapps de albaricoque, alcohol puro, que había destilado él mismo. Esto nos da fuerzas para llegar a La Clauze, un pueblo que no está en la wikipedia pero que tiene una torre bastante imponente que no tengo ni idea para qué sirve. Aquí hay un albergue, pero la gente que vamos encontrando mientras nos acercamos (desde que se ve la torre hasta llegar al pueblo hay un trozo) nos dicen que no va a haber sitio.

Efectivamente, el albergue está lleno. Al bueno de Nikolaus le da igual. Yo, como traductor, también soy responsable de encontrar “algo” y él solo tiene que invitarme a una copa de vino en el albergue. Es un cuchitril, pero la gente es maja. Enseguida vienen dos señoras y, como no hay sitio, se ponen a reservar por teléfono en la aldea siguiente, Villeret d’Apchier. Les pido que reserven para nosotros también. Dicen que vale, pero que el hospitalero vendrá a buscarnos en coche. Nos negamos en redondo. Son 4 kilómetros, vamos andando. Pues no, es muy tarde y vamos a cenar todos juntos. Nikolaus y yo decidimos que al día siguiente volveremos hasta aquí andando y caminaremos los 4 km como Dios manda.

En fin, el buen señor (cabrón!) llega enseguida y nos mete a nosotros y a nuestras mochilas en su coche. No mola nada, ver el paisaje desde el coche le quita el sentido a todo lo que he andado. Y en el albergue todo son prisas, ducharse rápido porque antes de cenar hay que sentarse juntos, charlar, convivialité y eso. Nikolaus y yo somos bichos raros, pero al menos él no tiene que contestar a la habitual lista de pourquois y combiens de los cartesianos fraceses. Me alegro de que haya una chica noruega, para poder hablar un poco inglés y cambiar el chip. Pero no podemos charlar mucho, porque el hospitalero trae una guitarra y unas partituras y hay que cantar “le chant des pèlerins”. Ultreïa y todo eso.

Después de la cena el buen hombre nos lleva de excursión, de noche, para visitar la béate, la casa donde una mujer religiosa pero laica se encargaba de enseñar a los niños del pueblo y más cosas. También nos enseña, con una linterna, una zona de un muro que tiene una historia tan rara que yo entendí tan bien como pudo entenderla la chica noruega.

Antes de dormir, Nikolaus me pide permiso para usar mi teléfono, porque el suyo no tiene cobertura. La cobertura de los teléfonos extranjeros en Francia es una lotería. La llamada a su mujer, para tranquilizarla, dura cinco segundos, literalmente.

Día 18 de peregrinaje: Aubrac (Lozère), 29 de junio de 2013

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Yo he jugado a aventuras gráficas. Francesas. Y esta foto me parece sacada del juego Syberia.

Aubrac es, página de desambiguación de la wiki mediante, una meseta, una raza de vacas y una pequeña comuna de Saint-Chély-d’Aubrac. Y, hasta llegar a este pueblo, vacas, niebla y lluvia es todo lo que me ofreció l’Aubrac, una de las etapas más bellas de la voie du Puy.

Abandono el feo gîte d’étape del soso pueblo de Nasbinals cojeando un poco. Aun no lo sabía, pero estaba criando una tendinitis. Antes de salir, aprovecho el aceite de girasol para suavizar mis brazos resecos. Eau de fritanga, pero funciona. Empieza a llover mientras busco las primeras balisses de GR y Nasbinals se funde en blanco a mis espaldas.

Nadie en el camino. A veces van apareciendo cabañas abandonadas y vallas (clôtures), que son las puertas de los prados-cárceles de vacas. Las vacas, sobretodo los toros, impresionan. Reinas del camino, saben que están en su dominio y que son más fuertes que tú, pobre peregrino mojado y renqueante que no es capaz de distinguir su ruta a través de la bruma y los cristales mojados de tus gafas. Resbalé un par de veces y el tobillo me dolía cada vez más. Cuando dejé a las vacas atrás, la abadía de Aubrac se empezó a dibujar entre la niebla.

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Esta abadía, y la orden de hospitaleros fueron creados por un peregrino flamenco. Hay un mural bastante chulo en la iglesia de la abadía que explica la historia de este señor, Adalard d’Eyne. Y en la torre (des anglais) siguen ofreciendo hospitalidad cristiana.

P1000996El antiguo hospital de peregrinos ahora es un hotel-restaurante. Cuando llegué, necesitaba urgentemente tomar algo caliente y secar mis calcetines así que fui directo al restaurante (no había muchos más edificios). No había nadie en la recepción, así que lo rodée, hasta entrar directamente en las cocinas. El hotel estaba cerrado pero la chica se apiadó del pobre peregrino y aceptó prepararme un chocolate y dejarme descansar en el salón.

El salón del hotel me impresionó muchísimo. Yo me instalé en un rincón oscuro, en un sofá viejísimo, con el respaldo (y mi cabeza) apoyados en un retrato enorme de una monja. Mientras, en una mesa también en la penumbra de un flexo, un grupo de gente bastante elegante, de todas las edades, discutían cifras delante de ordenadores portátiles y montones de dosieres. Si se dieron cuenta de que yo estaba a su lado, lo disimularon muy bien.

Estuve bastante rato debajo de la mirada de la monja, descansando y escurriendo en el suelo del hotel mis calcetines, haciendo que mi chocolate durara el máximo posible, mientras el club Bildelberg buscaba la manera más rentable de vender la comuna. No tengo muy claro de qué hablaban, pero daba bastante grima. Cuando volví a la cocina a devolver la taza y pagar el chocolate, se disculparon por estar en medio y siguieron con lo suyo.

Cuando fui a pagar el chocolate, la tercera chica más guapa del camino (según una de tantas listas absurdas que me dedicaba a llevar) ya se había olvidado de mí y de mi taza. No hay muchos peregrinos que se pasen por aquí. ¿No querrás alguna pasta? Me dio algunos crêpes que estaba haciendo y un regalo: una bolsa con un cuarto de kilo de brownie. Cuando salí del hotel en busca de las marcas rojas y blancas el sol ya aparecía entre la niebla. Me comí el brownie como un niño, en dos bocados, llenándome la cara de chocolate.

Día 8 de peregrinaje: Château de Bresson, Moissieu-sur-Dolon (Isère), 19 de junio de 2013

El día no pintaba muy bien. Salí muy pero muy temprano de mi carísima habitación de hotel en La Côte de Saint-André, huyendo del suelo urbano e industrial de la ciudad donde me quedé atrapado. Era muy temprano, pero el día ya amenazaba con mucho calor.

Y claro, se cumplió. Cuando me di cuenta de que mis pies se pegaban al suelo, me asusté. Se estarán fundiendo las suelas de mis bambas? Por suerte, lo que se derretía era el asfalto. Je, como en las películas y los anuncios de refrescos. Acababa de pasar la ciudad medieval de Revel-Tourdan, parada recomendada según mis notas. Pero el alojamiento allá era bastante caro y la villa no era para tanto. Además, mi idea era “doubler l’étape”. Pero después de descansar media hora en cada sombra que encontraba, decidí salirme del camino en el primer pueblo que encontré, Moissieu.

Antes de llegar al pueblo-pueblo, puede que crucemos urbanizaciones bastante alejadas, que son hameaux o comunes que pertenecen al ayuntamiento del mismo. Urbanizaciones que solamente son una calle larguísima llena de caminos privados y cerrados que no dejan atajar. En una de éstas pregunté a una señora que estaba con una amiga en su jardín, si en Moissieu había hébergement. Y, la buena mujer, después de hacer callar a los perros cien veces y buscar sus gafas de leer, y después de tres llamadas de teléfono, me encontró casa en “le chateau”. Estaba un poco lejos, pero bueno.

Estaba muy lejos y, para mi sorpresa, era un castillo de verdad. El castillo de Bresson que no es un hotel sinó que ofrece accueil jacquaire. Es decir, se trata de particulares que ofrecen un sitio donde dormir (y ducharse!), una cena y un desayuno, y algo de conversación y compañía. Todo esto, a cambio de lo que puedas pagar.

No sé si la señora que me acogió con los brazos abiertos es la condesa de Lucy de Pellissac, como dice el internet. Era una señora mayor, contenta de encontrar a alguien con quien pudiera hablar francés. “Es ustede alemán? No? Mejor, porque no hablo alemán?”. Me enseñó el laberinto que era la mansión y dónde estaba mi cuarto. Un caserón antiguo, lleno de habitaciones y retratos de todos los condes y condesas, y trastos venidos del atrezzo de una película: telescopios, globos terráqueos, jarrones enormes… Una casa que cuesta mucho dinero y trabajo mantener, aunque seas condesa. Yo salí a jugar con el perro, Comme o Com o algo así. (Me mordió un tobillo por jugar a lo bestia). Mientras, ella preparaba la comida, lo cual es una faena, teniendo en cuenta que no la avisé con tiempo y era tarde (para Francia del este). Después de comer, había sorpresa, pastel!

Después de ayudarle a fregar los platos, me fui al salón a escribir una carta a mi hermana, mientras veía dibujos animados en la tele con un niño (su nieto, supongo). Es extraño, pensar lo nervioso que me ponen las visitas (mías y de los demás) normalmente, y lo cómodo que me sentía sentado en un sofá viejo de siglos junto a un niño embobado tirao por el suelo y un perro que venía cada dos por tres.

Al día siguiente, tocaba desayunar como si no fuera a comer nada más en todo el día y volver al camino. Para ello, la señora, muy acertadamente, me dibujó un plano a prueba de tontos.

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Merci beaucoup pour tout! Si alguien decide seguir la Via Gebennensis, el castillo de Bresson es arrêt obligé.

Se me olvidaba mencionar la segunda aparición de “la chica alemana del perro”. Allí estaba, en el libro de oro, la dedicatoria de Eva, rodeada de las huellas de su perra.  Después de cenar, la señora del castillo me mencionó que hacía dos días también vino una peregrina que caminaba sola hasta el final, hasta Compostela. Una chica alemana que había comenzado a caminar con su perra en Múnic. Si corres, a lo mejor te la encuentras. Habla español y francés… Peron no, tardaría semanas en volver a tener noticias de ella.